un año después. La primavera había estallado en Buenos Aires con una violencia floral que parecía querer compensar el gris del año anterior. Los jardines de la Mansión Gordon, que alguna vez fueron un escenario de tormentas y huidas, ahora eran un mar de jazmines, glicinas y rosas blancas. Estaba de pie frente al espejo de mi vestidor, el mismo espejo donde un año atrás me había mirado vestida de luto riguroso. Hoy, el reflejo me devolvía una imagen que apenas reconocía, pero que amaba profundamente. Llevaba un vestido sencillo de seda color marfil, de corte lencero, que caía sobre mis curvas con suavidad. No había velos, ni colas kilométricas, ni joyas de la corona. Solo yo. Con el pelo suelto cayendo en ondas sobre mis hombros y una corona de flores naturales entrelazada en él. —Estás

