La madrugada en París tenía un color azul acero, frío y silencioso. Victoria se movía por la suite con la precisión de un fantasma. No había encendido las luces; la resplandeciente silueta de la Torre Eiffel a lo lejos era suficiente para guiar sus manos mientras guardaba lo esencial en un maletín de mano. La nota de Dante quemaba en su bolsillo, una brasa que amenazaba con incendiar su cordura. 48 horas. El León no solo quería el cuaderno; quería verla volver derrotada, arrastrándose por el perdón que él nunca le daría. Se calzó unos estiletos negros, se puso una gabardina de seda y caminó hacia la puerta principal de la villa, evitando las maderas que crujían. Su plan era simple: un vuelo privado a nombre de una identidad falsa, un encuentro rápido en la Toscana, y recuperar ese código

