Dante Valente estaba de pie frente a la mesa de cristal, respirando con una dificultad que delataba su agotamiento físico y mental. El sobre con el código y los papeles del divorcio estaban a escasos centímetros de su mano, pero entregarlos significaba admitir que el "Emperador" francés le había arrebatado no solo su empresa, sino también a la mujer que se había convertido en su obsesión. Miró a Victoria. Ella estaba allí, impasible, con la mano de Julian descansando sobre su hombro en un gesto de posesión tranquila que a Dante le quemaba las entrañas. Entonces, una chispa de malicia volvió a sus ojos gris tormenta. Si iba a caer, no lo haría sin antes intentar incendiar el paraíso de Julian. —¿De verdad crees que él es diferente a mí, Victoria? —soltó Dante, ignorando los papeles por un

