No quería hacerle caso a Regina, sobre irme de la casa, pues también era mía. Entre los dos la habíamos amueblado, decorado, pintado y arreglado cuando se necesitó. Habían pasado horas desde que llegué borracho e hice el desplante en la entrada de la casa, la borrachera se me había bajado hasta solo quedar levemente mareado y mis intentos por comunicarme con ella, habían sido nulos. No contestaba ninguno de mis mensajes, ni llamadas. Me acosté en posición fetal sobre mi cama, mirando las cortinas. La tarde era perfecta, ni mucho sol ni muchas nubes, como para tomar un helado o salir a caminar, en cambio, estaba ahí, tirado, solo y esperando a que ella regresará para hablar. Me giré para ver el techo y pensar de nuevo en todo, desde el principio; forzándome a repasar cada detalle para a

