+*+*+*+*+*+*+*+*+* Me senté frente al espejo de vanidad, sintiéndome como una muñeca o un lienzo. Una mujer se encargó del cabello, otra del maquillaje, y Sofía supervisaba el proceso con la mirada crítica de un director de orquesta. —El cabello —indicó Sofía—. Suelto. Es demasiado hermoso para un moño de bailarina. Queremos un toque de salvaje, pero elegante. La estilista trabajó con mis largos mechones negros azabache. Normalmente, lo llevaba recogido en ese moño desordenado, mi armadura de instructora. Pero ella lo desenredó, lo secó con aire caliente y luego le dio ondas amplias y voluminosas, cayendo como una cascada oscura sobre mis hombros desnudos. Me miré. Me veía más joven, más vulnerable, y al mismo tiempo, más seductora. Luego vino el maquillaje. Yo nunca usaba mucho. Un po

