Se tomó su tiempo para desnudarse por completo, dejando que yo viera cada músculo tensarse bajo la luz lunar. Cuando finalmente se posicionó detrás de mí, sentí que mi cuerpo se abría por sí solo, reclamándolo. Se hundió en mí con una lentitud exasperante, pulgada a pulgada, llenándome de una manera que me hizo sentir que Alexander era solo el principio de lo que nuestras carnes podían crear juntas. Solté un grito ahogado que él acalló con su mano sobre mi boca. Sus embestidas eran profundas, rítmicas, cada golpe resonando en mi núcleo con una intensidad que me hacía ver estrellas. El placer era tan vasto, tan absoluto, que mis piernas flaquearon. Dante me sostuvo con sus brazos fuertes, convirtiéndose en mi único apoyo, en mi mundo entero. —Eres mía —susurró contra mi espalda, su ritmo

