—Espera —ordenó él, su voz cargada de una autoridad sensual que me hizo humedecer aún más—. Quiero que esto dure. Quiero que cada segundo de esta semana de espera valga la pena. Se inclinó y comenzó a lamer el agua de mi espalda, trazando el camino de mi columna con su lengua, deteniéndose en la base de mi nuca para darme un mordisco juguetón que me hizo arquear la espalda. Sus manos bajaron de nuevo, separando mis piernas, y sentí la punta de su virilidad rozando mi entrada, preparándome, atormentándome. —Dime que me quieres, Elena —murmuró, su aliento caliente en mi oído—. Dime que no quieres estar en ningún otro lugar del mundo que no sea aquí, conmigo. —Te odio tanto como te deseo —respondí, girando la cabeza para verlo sobre mi hombro—. Pero sí, soy tuya. Solo tuya. Dante me tomó

