+ El vapor residual aún flotaba en el dormitorio mientras comenzábamos el ritual de vestirnos. Observé a Dante en silencio, fascinada por la dicotomía de su cuerpo. Era un mapa de violencia y poder: las cicatrices de bala en su hombro izquierdo y la marca larga y pálida en su costado contrastaban con la elegancia con la que se deslizaba dentro de su camisa de lino n***o. Sus movimientos eran precisos, casi militares. Verlo abotonarse los puños, con esa concentración férrea, me recordaba que este hombre, que hace minutos se desmoronaba entre mis piernas, era el mismo que sostenía las riendas de un imperio criminal. Yo elegí un vestido de punto de seda en color marfil, de cuello alto y mangas largas, que se ceñía a mi figura pero mantenía esa sobriedad que la nueva Elena exigía. Me puse un

