Capítulo 4 - Creando curiosidad

1708 Palabras
—Abuela, Catalina es muy comprensiva, si a ella se le explica el motivo lo comprende. El problema es esa posición que optó de encerrarse y apenas escucha mi nombre, se pone como una cacatúa. —También se transforma en tigresa, cocodrilo y tiburón. —sonreí. —¿Se puede? —Megan ingresaba con dos tazas de café. —Los dejo. —comentó mi abuela. —¿Arreglaste la maleta? —me preguntó. Debía asistir a varias presentaciones, estaré unos seis días por fuera, viajando y viajando. —Sí, tengo vuelo al mediodía a Bogotá y de ahí a Estados Unidos. —Mi tío te acompañará a todos lados, mientras yo me quedo toreando a Catalina, ¡Ha sido imposible! —Trata que vea mis entrevistas. —No escucha la radio, eliminó su perfil de todas las r************* , el televisor de su habitación tanto en Las Reinas como en la Sabanera los sacó y solo me acepta si no hablo de ti. Samanta estuvo a punto de decirlo todo ayer, cuando llevé el material de la decoración. —Has que vea las diferentes entrevistas. —¿Y cómo? Mira, vete, produce el dinero para que me pagues el sueldo con un gran bono extra por el estrés ocasionado, estoy perdiendo mi cordura. —sonreí—. Rafael nos dijo que no le dijéramos nada, nos pidió aplicarles a medias la ley del hielo, ella se va a sentir mal y va a querer averiguar lo que pasará en doce días. —Como lo diría mi mujer, le van a voltear el tarro. Sonreí, no había nada más que la indigne, que ser ignorada o no la tengan en cuenta para organizar eventos importantes de sus amigas. » Me gusta la idea. Bueno, debo arreglarme, ¿te puedo pedir un favor? —Me convertí en tu lámpara de Aladino, pero no doy deseos, sino que obro milagros. —Tan sufrida la niña. —Entrégale esto a Catalina. En el centro comercial a donde llevé a Cadie estos días para entretenerla, no podía ver a su mamá le compré un perfume. —Parece una misión fácil. —Ahora sí, sal que voy a desnudarme. —Ni que me muriera por ver tu pene. —Jamás lo verás, ese es solo de Catalina. —Megan sonrió—. ¿Qué? —Siempre pensé que eso del amor para toda la vida no existía, te veo a ti y rompes cualquier esquema, Ricky, Lucas, Lucían todos enamorados desde hace tiempo y ahora… —¿Ahora tú? —No estoy enamorada. —Se levantó de la cama. —Que no te escuche Sofía. —Se puso roja. —Lárgate que te va a dejar el avión. —Voy a bañarme. ¡Megan! —Se detuvo—. Gracias, detrás de esa coraza de mujer sin sentimientos se esconde alguien con mucho corazón. —Cállate. Me arreglé, desayuné, Lucían y Lucas se habían quedado en La Arbolada, ellos me llevaron al aeropuerto. Por unos seis o máximo ocho días estaré por fuera. Sin ver a mi Bodoque. ¿Qué podría pasar? …***… Ayer llegaron un montón de cajas a la finca de mis abuelos, todos andan con el afán de que me vaya a la finca de mamá y esa insistidera ya me tenía jorra, algo pasaba y no querían decirme. Al llegar a la cocina Chila terminaba de sacar la yuca cocida. —Buenos días, Chila, ¿yuca con qué? —Conqué lo quiere la niña, o más bien. Acarició mi barriga, desde el día en que me dijeron del embarazo no volví a ponerme ropa apretada, y mi barriguita se explayó a sus anchas. » ¿Qué quiere la bebé, para que esta vieja le prepare? —Yuca con huevos revueltos con salchicha y queso. —No puedes comer tanto huevo, Catalina. —comentó la abuela al ingresar a la cocina. —¿Por qué? —No es bueno para las mujeres embarazadas por el alza de la presión. —Ya empezaron con los cuentos de los viejos. —Erdaaaa, ya empezaron, ahora no me pueden privar nada porque tengo que comer por dos, después me sale la niña escuálida y esmolongaita. —Catalina. —La abuela estaba con ganas de reírse. —Solo hoy, tengo antojos de eso abuelita. —puse mi mejor carita de gatico a punto de llorar. —Así vas a pasar siempre. Henrry, después de desayuno, te llevará a La Sabanera. —¿Por qué siento que me quieres echar? —¡Para nada hija!, quédate eso sí, Dylan va a venir a cada rato. No sé por qué su nombre me generaba un zaperoco en el estómago, iba a estrilar y alzó la barba al igual que su dedo índice. » Él también es mi nieto, el que tú no lo quieras escuchar es tu problema, yo no te diré nada. Miré a Chila y ella pasó su mano por la boca como cerrando una cremallera y luego se metió la mano entre sus tetas. —Yo sí que menos le voy a decir. —Desayuno y me largo. —¡Deja la grosería! —bajé la mirada, mi abuela pocas veces me gritaba. —Lo siento abuela. Ya me voy. Mientras servían el desayuno fui para la hamaca del kiosco, al rato llegó Megan. —Hola, Cata. Me saludó de beso en la mejilla. Casi que al instante vi a muchos obreros que se bajaban de la camioneta de mi abuelo. —Hola, Megan, ¿y esa gente? —Van a trabajar para mí, en doce días grabaremos un video para el nuevo álbum de Dylan, ese proyecto me tiene corriendo con Solo Nosotros. No tenía idea lo que pasó dentro de mí. Algo maluco se fue armando y las ganas de llorar sin saber la razón quería ganarme. —Por eso mi abuela me dijo que debía irme a La Sabanera. —En parte, la razón verdadera es como no puedes ver a un personaje, y él debe venir a diario a ver cómo van las cosas, no queremos verte transformarte en la nueva r**a de cocodrilo, tigre y pantera, aunque también te dicen tiburón. Me dio rabia, ¿cuándo en la vida Catalina Suárez le ha gustado que la vieran de esa manera? ¡Jamás! Pero pensar en él… —Después del desayuno me voy. —Porque quieres. Por cierto, ayer le compré un perfume a Sofía… Es tan sincera que me dijo que esa fragancia no era su estilo. —sacó el perfume de su bolso—. A ti te gustan, ¿vas a rechazarlo? —¡YO! Jamás, a lo regalado no se le mira el diente. Ven pa’ ve. Me apliqué en las muñecas, las moví para que se le pasara el aroma un poco y al aspirarlo fue delicioso, no olía a fruta, ni a flores como acostumbro a usar, este era más fino. Pero el aroma era exquisito. » ¡Ombe! Esto huele a sabroso. —Me alegra que te guste. —A Sofía le gustan más los aromas maderados, suaves. —Gracias por el dato, lo tendré presente. —¡Niña Cata!, ¡señorita Megan! ¡A comer! —desde la entrada nos gritaba Chila. —Yo ya desayuné. —dijo. —Díselo a ella. —¿Para qué me regañe? Desde mi llegada a esta ciudad he subido como tres kilos. Desayunamos, mi abuelo me llevaba a La Sabanera, la finca de mi mamá era inmensa. Estaba sumergida en mis pensamientos, todos ellos actuaban muy raros, se miraban, me podían decir lo que sea, pero ellos escondían algo y… —El corazón se me añuñó—. Y si ese evento era la celebración del matrimonio de Dylan con Danna… ¿Mi familia sería capaz de traicionarme de esta manera? —Desembucha. —Dijo el abuelo—. Parece que te atragantas con lo que tienes entre pecho y espalda, habla bolita de azúcar. —No me pasa na’. —¿Seguro? —¿Para qué era ese batallón de hombres que llegaron contigo? —Me pidieron el favor de prestar un pedazo de tierra, quieren hacer un video. Vamos a ver cómo es que hacen esa vaina. —habíamos llegado. —Abuelo, ustedes jamás me traicionarían, ¿cierto? —¿A qué viene eso, Cata? —No dije nada, lo miré y él apartó la mirada. —Apartaste la mirada. —Me bajé. —Pues hija, averígualo, ojalá lo hagas antes de su boda en doce días, sería bonito aclarar todo antes de ese día. Así dejas la cara de estreñida que pones en los últimos días al verlo y cuando él está distraído pones cara de ternera degollada. —¡Él me traicionó! Y a ustedes no les importa. —¿Y por qué debemos mezclar los sentimientos?, una cosa es Dylan y la otra tú. Créeme, aquí la que está intransigente eres tú, bolita de azúcar, yo extraño a mi pelaíta, esa que siempre veía la verdad a pesar de las circunstancias. —No soporto, verlo. —Es el padre de tu hija. —Mi hija me tiene solo a mí, su padre ya espera otro hijo. —La soberbia ciega. —¿Qué quieres que hable con él? —Deben hacer las pases, saca esa rabia la cual guardas por dentro, a mi bisnieta le estás inculcando el resentimiento, tú eres más que eso mija, tú eres la luz de todos nosotros. —El tarugo se me formó en la garganta—. Aprovecha estos días y saca ese odio sin fundamento. —¿Sin fundamentos? —comencé a respirar más fuerte. —Respira Cata, no me asustes, mija —Mi abuelo se bajó y llegó a mi lado—. Hija, yo no soy Rafa, piensa en la bebé, ella depende de ti, en ese milagro de vida, la bebita vendrá a llenarte el alma. —Poco a poco fui calmándome—. Eso mi amor. Ya mismo le digo a Samanta que se venga, no puedes quedarte sola. —¿Por qué están de su parte si me hizo tanto daño? —Eso deberías averiguarlo, ¿acaso no conoces a tu familia? —otro que dice lo mismo.
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