Una vocecita dentro de su mente le dijo que se detuviese, pero hizo caso omiso. La cabeza le dolía, sentía nauseas y un profundo malestar en su pecho. Todavía no estaba listo para asimilar lo que había escuchado por parte de su asistente. Tampoco le importó salir a trompicones de la sala de juntas, sabiendo que ahora, posiblemente, los miembros de la Junta Directiva estuviesen hablando de él. Necesitaba un poco de espacio. Necesitaba alejarse por un rato. Había sido un golpe férreo el que había recibido y no tenía cabeza para pensar en nada ahora mismo. (…) Colocó el seguro en la puerta y dio los cuatro pasos hasta rodear su escritorio y dejarse caer en la cómoda silla. Sus pensamientos no iban a ninguna dirección y el dolor y el enojo que afloró en su interior no estaba ayudándole en

