Guillermo había estado observando a Alicia desde el primer momento en el que apareció en la terraza. Su primera impresión fue de molestia, él prefería la soledad. Estar todo el tiempo rodeado de gente le abrumaba. Tal vez era la edad. No es que se consideraba un viejo, pero a sus cuarenta y cinco años, había vivido lo suficiente como para apreciar un momento de soledad y de paz.
Ahora aparecía esa mujer, con su cuerpo delgado y cabello suelto. Parecía un ángel o quizá un demonio invocado de su infierno personal para robar la poca paz que había encontrado allí.
Él sonrió. ¿Cómo podía juzgarla tan a la ligera? Tal vez por la botella de ron en su mano. ¿No era demasiado joven para beber sola? Guillermo dejó de hacerse preguntas tontas. No era asunto suyo si esa chica se bebía una botella o una bodega entera. ¿En qué le afectaba?
Si lo miraba desde el punto de vista empresarial, saldría beneficiado. Había divisado su marca en la botella de ron. ¿No debería sentirse orgulloso de sus logros?
Guillermo se acomodó mejor bajo la protección de la oscuridad y continuó espiando en secreto. La vio beber el primer vaso y hasta que la botella se quedó vacía. ¿Quién había sido tan tonto como para romperle el corazón? ¿Quién se atrevía a hacerle daño a esa criatura tan perfecta?
Guillermo sonrió de nuevo. Era un idiota por preocuparse. Lo mejor que podía hacer era salir de su escondite y volver al apartamento en el que se estaba quedando. Las negociaciones con La agencia Torres estaban concluidas, ahora podía volver a Quetzaltenango y sentarse a esperar a tener noticias de las grabaciones.
Sin embargo, en lugar de huir, corrió en dirección de Alicia. Guillermo no podía creer que esa muchacha quisiera atentar contra su vida. El corazón casi se le paralizó al verla acercarse al precipicio. ¿Cuánto dolor debía de estar pasando para tomar una decisión tan abrupta?
Ni siquiera podía imaginarlo.
El tropiezo de Alicia le hizo lanzarse sin pensarlo dos veces. La sostuvo del brazo en el momento exacto en que el cuerpo femenino se apresuró al vacío. Envolvió su otro brazo alrededor de la cintura de la mujer y la atrajo a su cuerpo.
—Te tengo —gruñó. Sintiéndose por primera vez en toda su vida como un maldito héroe y no como el demonio que muchos aseguraban que era.
Guillermo bajó la mirada, encontrándose con los ojos más hermosos que jamás había visto. Eran verdes como las esmeraldas, y las facciones de ese rostro eran tan perfectas que parecían las de un ángel caído del cielo. Y sus labios, eran como dos cerezos, rojos y carnosos, que pedían a gritos ser besados. Guillermo no se consideraba un santo. Inclinó el rostro con toda la intención de probar ese dulce pecado, pero entonces ella abrió la boca y escuchó su melodiosa voz.
—¿Es así como se siente la muerte? Quizá es un ángel o, mejor aún, un demonio —balbuceó atontada por el alcohol.
El eco de la puerta al cerrarse sacó a Guillermo de sus recuerdos. Giró la silla en la presidencia de la licorera para encontrarse con Jonathan, su amigo y abogado.
—¿Es que nadie te enseñó a tocar la puerta? —preguntó al verlo.
Jonathan ignoró la pregunta y se sentó en la silla frente al escritorio.
—Creí que era de carácter nacional darte información sobre esa chica que salvaste de morir hace unas semanas —respondió—; pero dado tu buen ánimo, tal vez deba esperar algunos meses para darte mi reporte.
Guillermo se acomodó en el sillón de piel de color caramelo y observó fijamente a Jonathan.
—¿La encontraste? —preguntó.
—Con lo específico que fuiste, ha sido como buscar una aguja en un pajar, pero sí. Efectivamente, he encontrado a la chica que te ha robado la tranquilidad durante las últimas semanas.
—Dime, ¿dónde puedo encontrarla? —Guillermo se mostró impaciente. Lo había dicho antes, no era un santo y esos labios, tenía que volver a probarlos de nuevo. Un beso no había sido suficiente.
Jonathan elevó las cejas y sonrió.
—¿Tanto te ha impactado?
—Termina de darme la información —le urgió.
—Bien, bien. Su nombre es Alicia Vidal Altamirano y es prima nada más y nada menos que de Gabriela Torres, la propietaria de la agencia con la que estamos trabajando.
Los ojos de Guillermo brillaron como los ojos de un depredador.
—Alicia Vidal —murmuró, como si pronunciar aquel nombre fuera lo mismo que saborear un buen trago de ron centenario.
—Sí, pero no creo que lo demás vaya a gustarte —habló Jonathan captando la atención de Guillermo.
—¿Qué más descubriste?
—Tiene una hija de casi nueve años y está separada. Ha entablado una demanda de divorcio, así que, no creo que esté interesada en que la persigas —respondió el abogado. Fue contundente.
—La hija no es un problema y el marido menos —respondió Guillermo.
Jonathan negó.
—¿De verdad quieres buscarte problemas? —cuestionó, dejando de lado la carpeta—. No te veo correteando detrás de una madre casi soltera.
Guillermo no respondió. Su regla número uno, después de su esposa, era no salir con mujeres divorciadas, mucho menos con hijos; sin embargo, no había podido olvidarse de Alicia Vidal.
Llevaba semanas soñando con ella hasta podía jurar que esa mujer se había convertido en una obsesión para él.
—¿Cuándo dijiste que iniciaban las grabaciones con la agencia? —preguntó Guillermo ignorando a su amigo.
—Dentro de dos semanas.
—Perfecto, creo que tendré muchos motivos para visitar la agencia y, con suerte, cruzarme en el camino de Alicia.
—¡Por Dios, solo tiene veinticuatro años! ¡Podría ser tu hija! —gritó Jonathan como si tuviera la misión de hacerlo desistir de su locura.
—Tengo la suerte de no ser su padre —respondió con una sonrisa.
—Como quieras, luego no digas que no te lo he advertido —dijo Jonathan, levantándose de la silla.
—Te agradezco la preocupación, amigo, pero necesito volver a verla. Quizá solo así pase esta obsesión que siento por ella —respondió.
Jonathan no dijo más, caminó hacia la puerta, pero se detuvo con la mano sobre el pomo.
—No te olvides que Isaac llega esta tarde —avisó, abriendo y cerrando la puerta con un golpe seco.
Guillermo cerró los ojos con frustración, se había olvidado que su hijo de quince años llegaba justamente hoy para vivir con él.
⤝⤞
Alicia observó a Diana montada sobre el lomo de una preciosa yegua de color chocolate mientras entrenaba en la arena de Miramar. Se veía tan feliz, nadie podría imaginar lo difícil que habían sido las últimas semanas. Tener que darle la noticia de su divorcio no había sido fácil; de no haber sido por Lorena, no tenía ni idea de lo que hubiera pasado.
Aunque Diana no lo decía en voz alta, estaba segura de que la culpaba por la separación. Sobre todo, porque Simón no la había llamado una sola vez en todo este tiempo.
—¡Mamá! —gritó Diana, cortando el hilo de los pensamientos de Alicia. Ella agitó la mano y le sonrió.
Diana golpeó el costado de la yegua. Con agilidad y velocidad, completó el patrón de trébol alrededor de los tres barriles. Lo hizo en el menor tiempo posible y sin derribar un solo barril.
Alicia le aplaudió y se acercó cuando Diana desmontó del caballo. Se aferró a su cintura y ella le dio un beso.
—¿Cómo estuve, mami? —preguntó mientras Alicia le limpiaba el sudor del rostro.
—Perfecta como siempre, cariño —respondió, sintiendo que el corazón iba a salirse de su pecho.
El nudo en la garganta le impedía respirar; aun así, caminó junto a Diana hasta sentarse en las gradas. Tenía una nueva noticia que darle y temía que eso volviera a separarlas.
—¿Qué pasa, mami? Te ves preocupada —dijo Diana, quitando el guante para tocar la mano de Alicia.
—Diana, cariño, no sé cómo decirte esto —la voz le temblaba—. Gaby me ofreció un trabajo en la ciudad para ser su asistente. No es algo definitivo, pero…
—¿Quieres ir? —preguntó la niña, envolviendo los dedos alrededor de la mano de Alicia.
—Lo necesito, Diana. Quiero retomar mi vida, pero no quiero apartarme de ti. Así que, ¿quieres venir conmigo? —preguntó llena de esperanza.
Diana guardó silencio, la miró por varios segundos antes de soltarle la mano y levantarse. Alicia sintió el aguijonazo en el corazón. Sabía que su decisión iba a lastimar a su hija. Era difícil que se pusiera en su lugar, además, de que no necesitaba hacerlo.
Era una niña y estaba pasando por muchas cosas a la vez.
—Ve, mami, no te preocupes por mí. Yo voy a quedarme con mis abuelos.
—Diana…
La pequeña se giró y le sonrió.
—No puedo dejar la escuela, mamita, y amo el campo tanto como respirar. Adoro salir a montar luego de una tarde lluviosa.
El corazón de Alicia se estremeció al escucharla. Ella tampoco había dejado el campo. Nació y creció en esas vastas tierras. Dio a luz a Diana ahí. Esto era todo el mundo que ella conocía, por eso es que necesitaba poner tierra de por medio.
Había muchas cosas que le recordaban al traidor de Simón y sí, le dolía porque ella lo había amado de verdad. Pero más le dolía haber perdido el tiempo con un hombre de su calaña.
—No quiero irme sin ti, Diana —respondió en un hilo de voz.
—No te preocupes por mí, mami. Yo estaré bien con mis abuelos, además, si papá viene, quiero saludarlo.
Otro traidor aguijonazo le perforó el pecho.
—Te prometo que vendré todos los fines de semana y te llamaré todos los días.
Diana asintió y le regaló una sincera sonrisa.
—¡Te amo, mami, eres la mejor mamá del mundo! ¡La mejor mami que me pudo tocar! —gritó.
Los ojos de Alicia se llenaron de lágrimas. Diana era su única razón para vivir y ser feliz. Todo lo que haría de ahora en adelante sería para ellas. No tenía necesidad de trabajar, en casa y siendo la menor de cuatro hermanos. Tenía la vida resuelta, pero como todos en la familia, quería abrirse camino, ser alguien y no ser conocida únicamente como la nieta de Laura y Andrés Altamirano.
La tarde en que se despidieron fue agridulce. Diana llevó a Alicia a montar y pasaron toda la mañana juntas. La niña cortó varias flores silvestres y las arregló en un precioso ramo.
—Para que no nos eches de menos —le dijo con una sonrisa, pero con los ojos llenos de lágrimas.
Alicia le dio un beso en la frente y le acarició la mejilla con ternura. Aceptó el ramo de flores y se las llevó con ella como amuleto. Lo necesitaría para esa nueva aventura, esa vida que esperaba por ella en la ciudad.
El domingo por la tarde, Alicia viajó a Quetzaltenango para unirse al equipo de Gabriela. Sería su asistente y estaba nerviosa. Era su primer trabajo y esperaba hacerlo bien, no quería desaprovechar la oportunidad que Gaby y Joaquín le brindaban, pero tampoco deseaba estar en el puesto únicamente por influencias.
—¿Todo bien? —preguntó Gabriela mientras acostaba a Rafael. El viaje había agotado al niño.
—Sí, estoy lista para enfrentar todo lo que venga —aseguró y no mentía. Se había mentalizado para dar lo mejor de sí, sin pensar en el pasado. Eso era la clave.
—Me gusta tu actitud, Ali —dijo, girándose para verla—. Santiago y Lorena deben de estar por llegar. Deberíamos bajar al restaurante para esperarlos, ¿no crees?
Alicia asintió. Sería una sorpresa para su hermano verla ahí, solo sus padres y Diana sabían sobre su decisión y no se equivocó. Cuando se reunió con Santiago, él se mostró perplejo.
—¡Sorpresa! —dijo, esbozando una amplia sonrisa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó aún con los ojos muy abiertos. Alicia se encogió de hombros.
—Seré la asistente de Gaby —les comentó. Tanto Santiago como Lorena miraron a Gabriela, ella solo confirmó las palabras de Alicia.
Gaby dio unas cuantas explicaciones sobre la agencia y la poca disponibilidad que tenía Joaquín para quedarse y no necesitó decir más.
Además, Alicia tenía puesta la mirada en el anillo que Lorena llevaba en el dedo. No se lo había visto antes y no necesitaba ser un genio para saber que era un anillo de compromiso.
—¿Qué te parece la idea, cuñada? —preguntó.
Lorena se sonrojó visiblemente y murmuró entre dientes, creyendo que había sido un mero pensamiento, pero Alicia y Gaby no tuvieron ningún problema en responder.
—¡Nada!
Los cinco disfrutaron de un agradable momento entre risas y conversación que llamaban la atención de algunos huéspedes, pero cuando Santiago y Joaquín dejaron la mesa, el ánimo cayó un poco.
Gabriela se disculpó para ir con su hijo, dejando a Lorena y Alicia a solas. Aún era un poco incómodo para las dos debido a la situación de Nadia. Aunque cabía mencionar que no existían rencores. Después de todo, gracias a las fotos de Nadia con Simón, Alicia pudo obtener la custodia total de Diana y su divorcio estaba a nada de concretarse.
—Entonces, ¿todo bien? —preguntó Lorena tras un largo silencio.
Alicia se mordió el interior de la mejilla, pero respondió:
—Sí.
—¿Estás segura? —insistió Lorena.
Alicia suspiró, entendía la preocupación de Lorena, pero lo último que necesitaba era sentarse en un lugar bonito y agradable a charlar sobre cosas indeseables.
—Estoy tratando de superarlo, Lorena. No ha sido fácil, pero no voy a estancarme y mucho menos voy a encerrarme en las cuatro paredes de mi habitación en la Escondida a lamerme las heridas —respondió sin dudar—. Si Simón no ha tenido reparos para engañarme, yo no tendré ninguno para olvidarlo —sentenció.
—Eres joven, ya llegará alguien adecuado para ti.
Alicia ni siquiera tenía interés en volver a conocer a uno y se lo hizo saber a Lorena para no dejarla con dudas. Tomó la copa entre su mano y bebió un sorbo para humedecer su boca.
—No estoy interesada en el amor. Luego de la amarga experiencia con Simón, dudo que pueda confiar en otro hombre —bebió un sorbo más, sintiéndose ligeramente mareada—. Le entregué tantas cosas, Lore, que siento que me ha dejado vacía y arruinada como para pensar en otra relación.
Alicia escuchó las palabras de Lorena, sabía que tenía razón. Que no debía condenar a todos los hombres por uno que le falló; sin embargo, no era el momento para hablar sobre ello. Aún estaba casada, aunque ya fuera un mero trámite.
—Lo sé, Ali, pero… no todos los hombres son como simón —respondió Lorena cuando ella decidió dar por terminada la conversación—. Siempre hay un roto para un descosido, bonita. Y cuando menos te lo esperes…
Alicia apartó la mano, no quería seguir con lo mismo. Se había ido a la ciudad para empezar de nuevo y eso significaba dejar a Simón fuera de las conversaciones y también al resto de los hombres. Se levantó con demasiada brusquedad, pero al girarse, terminó chocando contra otro cuerpo.
El golpe habría sido fatal y Alicia habría terminado de bruces en el piso si esos fuertes brazos no la hubieran sostenido. De repente, hubo un destello de recuerdos, aquella vez en la azotea. Alguien la tomó por la cintura de esa misma manera.
—Lo siento, señorita —dijo Guillermo, sin soltarla. La había estado siguiendo con la mirada, estudiando sus movimientos y entró en acción en el momento exacto, en el que Alicia Vidal no pudiera huir.
El corazón de Alicia se agitó, al recoger el olor a ron, tabaco y menta que no había podido olvidar. ¿Era el mismo hombre que la salvó en la azotea?
—Señor Urrutia —saludó Lorena, ajena a lo que pasaba. Interrumpiendo el duelo de miradas entre la pareja.
Guillermo maldijo, pero se obligó a apartar la mirada del rostro perfecto y sorprendido de Alicia para encontrarse con Lorena, a quien saludó de manera cortés y elegante.
—¿Lo conoces? —preguntó Alicia con voz suave, como si no quisiera que Guillermo escuchara su voz.
—Sí, es el dueño de la licorera para la cual estamos trabajando —respondió Lorena—. Ella es Alicia Vidal, prima y asistente de la señora Torres.
Los ojos de Guillermo se iluminaron al tener la confirmación de que se trataba de la chica que había estado buscando.
—Encantado, señorita Vidal. Soy Guillermo Urrutia —se presentó, tendiéndole la mano para saludarla.
El corazón de Alicia se aceleró, de nuevo esa fragancia de ron, tabaco y menta golpearon su olfato. Ella dudó un segundo en corresponder el saludo. Esperaba que este hombre y aquel de la azotea no fueran el mismo.
—Un placer, señor Urrutia —respondió Alicia. Trató de que su tono fuera formal y profesional, pero no pudo evitar el temblor que atravesó su cuerpo cuando sus manos se tocaron.
Fue como si un rayo le atravesara el cuerpo y la dejara sin aliento. ¿Qué había dicho ella sobre los hombres?
Guillermo le sonrió, como si pudiera leer sus pensamientos.