Matías

1049 Palabras
No puedo creer que estoy caminando junto a un desconocido, rumbo a recibir su ayuda. He de estar bien loca para caer tan bajo. Mientras me agobian pensamientos de culpa y miedo, el joven me interrumpe para comentar lo que parece una advertencia. —Mi madre es algo… diferente, no se moleste si escucha un comentario extraño. Le dejaremos en la estación de autobús, está de camino a donde vamos —sonriente explica, su advertencia me pone tensa. —Le agradezco mucho, he perdido el tren y estoy algo desesperada por regresar a casa, aunque de no ser por su insistencia no le molestaría —él sonríe. —¡¿Quién es esta señorita, Matías?! —Es una chica que acaba de perder el tren, le dejaremos en la estación de autobús de camino a casa. —¿De dónde se conocen? —pregunta la señora, para ser su madre se ve bastante joven, es notorio que son adinerados por el auto y el estilo que lleva la señora. —Acabamos de conocernos, sólo le ayudaremos a la joven, madre, eso es todo —responde en tono un tanto áspero. —July no estará feliz de que estés codeándote con desconocidos. Estoy segura de que la joven puede esperar a otro caballero sin capa que le ayude, no puedes rescatar a todo mundo Matías, por amor a Dios. —No hay problema, puedo buscar otra manera de irme, agradezco la intención, joven —intento evadir entrar al auto. —¡No! Le llevaremos ¿Cómo dijo que era su nombre? —¡Mónica! Lo siento, no lo mencioné. —Descuide Mónica, vamos a dejarla en la estación de autobús, no se preocupe —el joven insiste, guardo silencio y desisto de devolverme, pues lo cierto es que no tengo muchas opciones ahora mismo y esta gente no parece ser mala. Matías abre la puerta y me ayuda a entrar a la parte trasera del vehículo, su madre no se muestra a gusto con la decisión, me siento algo incómoda, pero él ha insistido y mi necesidad es obvia. En pocos minutos llegamos a la estación de autobús, todo el camino fue en absoluto silencio. La señora respira con claro enojo mientras su hijo pretende calmar el ambiente con música. De vez en cuando noto que usando el espejo retrovisor busca verme. Su mirada es de desprecio, la señora frunce el ceño y arruga los labios demostrando incomodidad. Pocas veces en la vida he sentido tanto miedo como tomar este aventón, a mi madre no le causará gracia saber que me expuse así. Cuento los segundos e intento ver el camino con atención por si se desvía el chofer, pero no reconozco estas calles. —¿Señor, seguro que conoce el camino? —pregunto asustada, soy un manojo de nervios gracias a mi mamá y sus historias trágicas. —He tomado un atajo, estamos a dos minutos de la estación de autobús —responde mientras me recorren los sudores, hay tención en el ambiente y para colmo no tengo idea del lugar en donde nos encontramos. —Hemos llegado Mónica, espero que tenga un buen viaje —justo pasados dos minutos finalmente hemos llegado. —Gracias, joven, es decir, Matías, ha salvado mi día. Si algún día visita La Altagracia quizás nos topemos y le pueda devolver el favor. —¡Voy mucho allá! ¡Espero volver a verle! —Gracias. Y gracias, señora, por la ayuda a usted también. La mujer no me responde, parece que soy muy poca cosa para ella, a lo mejor tanto lujo y dinero no le deja ver y hablar con personas como yo, supongo que hay personas así, pero al menos logré llegar a la estación y podré ir a casa. Esperando unos segundos la respuesta de la señora solo escucho su silencio, pero su hijo intenta arreglarlo. —Mónica —Matías me detiene al instante que pretendo alejarme —¡Si algún día estás por aquí llámame! — me entrega su número telefónico anotado en un papel. Nuestras manos se encuentran por un pequeño instante, siento como se produce electricidad al rozarnos. —¡Si! Gracias, espero no necesitar otro rescate —sonrío tomando el papel y procedo a guardarlo en mi bolso. Nuestras miradas se cruzan, nos encontramos frente a un momento que nos roba el aliento. Para una chica como yo, de piel oscura, cabello rizado, cara redonda, ojos pequeños, alta, no muy delgada ni demasiado robusta, un chico como él sería un sueño, pero para mí que no tengo suerte en el amor, no es más que un amor imposible, además ¿Por qué querría a una pobre como yo? No tengo la menor idea de porqué siquiera pienso en amor justo ahora que estoy pasando por un momento tan difícil, supongo que la necesidad de ser amada no ha muerto en mí, tres años reprimida creyendo y depositando todo en un hombre que finalmente no me quiere ha provocado en mí un replanteamiento de todo. Me siento algo perdida. De regreso a casa, no quiero volver a ver a Ignacio, estoy decidida a jamás dejarlo entrar a mi vida ni siquiera como amigo. No se conmovió ni porque mi madre está enferma, la pobre lucha contra la diabetes y estos días ha sido diagnosticada con cáncer. No hay nada peor que ver a quien más amas lentamente desvanecerse y al mismo tiempo que te rompan el corazón, ya no tengo corazón, así como la felicidad se aleja de mí, también se aleja mi bondad, no puedo seguir siendo una tonta, mi corazón debo endurecer. Si pretende regresar por lo que se pierde conmigo, espero tener suficiente gallardía para rechazarle. Estoy cien por ciento segura de que su propuesta obedece a que quiere estar con otra mujer y sentir que no me hiere. Lo que más deseo es poder ser fuerte, quisiera sacar de mi mente todo recuerdo, pero sobre todo el dolor que cargo en mi alma. Siento que, aunque sea un largo camino por recorrer, me debo a mi misma el regresarme la dignidad, el sacar fuerzas para superar todo el mal que me han hecho. Me siento en deuda por todo el maltrato que he aceptado, me culpo por haber sido más tonta de lo permitido.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR