Capítulo 3

1966 Palabras
Capítulo 3 Cuando abandonaron la cafetería, el sol comenzaba a descender lentamente sobre Barcelona. La ciudad adquiría ese tono dorado que parecía suavizar cada edificio, cada calle y cada balcón repleto de flores. Laura volvió a ponerse al volante. —Ahora sí —dijo mientras arrancaba el coche—. Te llevare a tu nueva residencia, envíame la dirección para ponerla en el mapa. Bianca acomodó el cinturón de seguridad luego de enviarsela y el trayecto apenas duró unos minutos. A medida que avanzaban por el Passeig de Gràcia, Bianca reconocía algunos lugares que permanecían intactos desde sus años universitarios. Otros habían cambiado. Nuevas boutiques ocupaban antiguas librerías y eso le dio nostalgia. Algunos cafés habían desaparecido. Otros seguían resistiendo el paso del tiempo. Era extraño, la ciudad parecía haber seguido adelante mientras ella permanecía detenida en un recuerdo. Laura estacionó frente a un edificio de arquitectura contemporánea, revestido de piedra clara y enormes ventanales. —Hemos llegado. Bianca levantó la vista. El edificio desprendía una elegancia discreta. No necesitaba llamar la atención. Simplemente imponía respeto. Un conserje abrió la puerta con una sonrisa amable y a su lado se encontraba otro hombre vestido muy formal que fue el primero en dirigirse a Bianca. —Buenas tardes. La señorita Leruzzo, supongo. Bianca asintió. —Bienvenida, mi nombre es Joel, sere su asistente personal durante su estadía aquí en Barcelona, el señor Moretti dejó todo preparado para su llegada. — El señor Joel le dio todas las indicaciones necesarias a Bianca antes de retirarse. Laura no pudo evitar silbar por lo bajo. —Vaya… Esto sí es otro nivel. Subieron hasta la última planta. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, un amplio recibidor privado las condujo directamente al interior del penthouse. Durante unos segundos ninguna de las dos habló. El apartamento era espectacular. Grandes ventanales recorrían todo el salón, permitiendo que la luz inundara cada rincón. Desde la terraza podía contemplarse buena parte de la ciudad, con la Sagrada Familia recortándose en el horizonte y las montañas abrazando el perfil de Barcelona. El mobiliario seguía una línea minimalista. Madera clara, mármol, cristal, todo respiraba calma, nada sobraba. Bianca recorrió el espacio lentamente. No era ostentoso. Era elegante. Exactamente el tipo de lugar que ella habría elegido. La cocina se integraba con el salón mediante una gran isla de piedra natural. El despacho disponía de una biblioteca empotrada y una mesa de trabajo orientada hacia los ventanales. El dormitorio principal estaba decorado en tonos arena y blanco roto, con una cama de líneas sencillas y un vestidor que ocupaba una habitación completa. Laura abrió las puertas de la terraza. Una ligera brisa mediterránea entró inmediatamente en el apartamento. —Creo que voy a mudarme contigo. Bianca sonrió. —No exageres. —¿Exagerar? Mira esto. Se acercó a la barandilla. —Tienes vistas a media Barcelona. Bianca permaneció observando la ciudad. Aquella panorámica era preciosa y sin embargo, no pudo evitar pensar que ninguna vista era capaz de llenar una casa vacía. Las dos contemplaron el horizonte durante unos segundos en total silencio. Finalmente, Laura rodeó los hombros de su amiga con un brazo. —No tienes que enfrentarte a todo esto sola. Bianca sonrió con gratitud. —Lo sé. Y, por primera vez desde que aterrizó, comprendió que era verdad. Laura estaba allí. Y eso hacía que Barcelona resultara un poco menos intimidante. Después de recorrer el apartamento, Bianca abrió la maleta con la misma precisión con la que organizaba cualquier proyecto, el resto de sus pertenencias estaban en cajas perfectamente apiladas en una escina del despacho. En menos de media hora toda su ropa ocupaba el vestidor. Los artículos de aseo estaban perfectamente alineados en el baño. El portátil descansaba sobre el escritorio. La agenda de cuero ocupaba el centro de la mesa. No quedó una sola prenda sobre la cama. Ni una caja sin abrir. Laura la observaba desde la puerta con los brazos cruzados. —Eso ha sido… inquietante. Bianca levantó la vista. —¿Qué? —Has deshecho una maleta para un año en menos tiempo del que yo tardo en decidir qué ponerme para salir. —Se llama organización. —Se llama obsesión. Bianca negó con una sonrisa. —Probablemente. Laura caminó hasta la cocina y abrió el frigorífico. Silbó con sorpresa. —Han llenado la nevera. — le informo a su amiga. —Alessandro no deja ningún detalle al azar —comentó Bianca. Mientras hablaban, Bianca colocó sobre la encimera una pequeña fotografía enmarcada. Laura la reconoció enseguida. Alessandro y Arienne Leruzzo, sonrientes, delante de Il Forno Leruzzo, cubiertos de harina hasta los codos. Era la única fotografía que Bianca había llevado consigo. Laura sonrió con ternura y luego rompió el silencio que se había formado. —Bueno. Es hora de que vayas a darte una ducha. Bianca levantó una ceja. —¿Ya? —Sí. Hemos quedado a las ocho. Esta noche quiero que conozcas oficialmente a Daniel y él está deseando presentarte a alguien más. Bianca dejó el marco sobre la estantería. —¿A quien? —Su mejor amigo. Enzo Capdevila, es el dueño del restaurante al que iremos y tiene dos estrellas Michelin, así que espero que este a la altura de la estricta Leruzzo —No empieces, no he venido a Barcelona a enamorarme de nadie. Laura la observó desaparecer por el pasillo rumbo al dormitorio. Esperó unos segundos. Y, cuando estuvo completamente sola en el salón, murmuró con una sonrisa imposible de borrar. —No, has venido a trabajar. Una hora más tarde, mientras las luces de Barcelona comenzaban a reflejarse sobre el asfalto húmedo, las chicas abandonaban el edificio rumbo al restaurante L’Arrel A pocas calles de allí, un chef terminaba de emplatar el último servicio de degustación sin sospechar que, en apenas unos minutos, conocería a la única mujer capaz de hacerle olvidar incluso el sonido de su propia cocina. Barcelona parecía transformarse al caer la noche. Las fachadas iluminadas, el murmullo de las terrazas y el aroma a pan recién horneado que escapaba de algunas cafeterías componían una ciudad completamente distinta a la que Bianca había recorrido aquella tarde. Laura conducía con una sonrisa imposible de disimular. —Te advierto una cosa. —¿Qué ocurre ahora? —Daniel y Enzo llevan siendo mejores amigos desde que eran adolescentes. Así que probablemente parezca que hablan otro idioma. Bianca sonrió. —Mientras ese idioma no sea gritando, sobreviviré. —Eso nunca, los dos son incapaces de discutir más de cinco minutos. Bianca volvió la mirada hacia la ventanilla. Aquella sencillez le resultaba extraña. En Milán, la mayoría de las conversaciones giraban alrededor de cifras, inversiones o estrategias. Allí, en cambio, parecía que la gente todavía encontraba tiempo para disfrutar de una cena entre amigos. Cinco minutos después, Laura disminuyó la velocidad. Frente a ellas apareció un edificio de piedra restaurada cuyas grandes cristaleras dejaban entrever un ambiente cálido y elegante. Sobre la fachada destacaba un discreto letrero de hierro n***o. L’Arrel No había luces llamativas. Ni carteles ostentosos. Solo un pequeño olivo junto a la entrada y una frase grabada sobre la piedra. “La mejor cocina comienza respetando el origen.” Bianca permaneció observándola unos segundos. Había algo profundamente honesto en aquel lugar. —¿Qué te parece? —preguntó Laura. —Tiene personalidad. —Eso mismo pensé la primera vez que vine. Un joven vestido de n***o abrió la puerta con una sonrisa amable. —Buenas noches. Bienvenidas a L’Arrel. Laura respondió con familiaridad. —Tenemos una mesa reservada a nombre de Daniel Girona. El anfitrión sonrió inmediatamente. —Claro, el señor Girona ya ha llegado. Síganme, por favor. El restaurante era incluso más impresionante por dentro. La iluminación era tenue y cálida. La madera oscura contrastaba con los detalles en piedra natural y los arreglos florales blancos distribuidos con absoluta delicadeza. No había música alta. Solo el suave sonido de conversaciones tranquilas, copas que chocaban discretamente y el movimiento perfectamente coordinado del personal. Todo transmitía lujo. Pero un lujo acogedor. Nada resultaba pretencioso. Era el tipo de lugar donde uno deseaba quedarse más tiempo del previsto. El maître las condujo hasta una mesa situada cerca de la cocina abierta. Desde allí podía verse a varios cocineros trabajando con una precisión admirable. —Laura. Un hombre alto, de cabello oscuro y expresión afable se levantó inmediatamente para abrazarla. —Hola, amor. Bianca sonrió sin darse cuenta. La manera en que Daniel la miraba bastaba para comprender cuánto la quería. Laura se volvió hacia ella. —Bianca… Él es Daniel. Daniel extendió la mano. —Por fin nos conocemos. He oído hablar tanto de ti que tenía la sensación de conocerte desde hace años. Bianca estrechó su mano con una sonrisa elegante. —Espero que solo hayas escuchado cosas buenas. —La mayoría. Laura le dio un pequeño codazo. —No le hagas caso. — Laura me ha advertido que eres bastante intimidante. Bianca arqueó una ceja. —¿Y ya has cambiado de opinión? Daniel fingió pensarlo. —Todavía estoy decidiéndolo. Los tres rieron. El ambiente resultaba sorprendentemente natural. Mientras tomaban asiento, un camarero apareció con una pequeña bandeja. —El chef les envía este aperitivo de bienvenida. Frente a cada uno colocó una delicada cucharilla de porcelana con una crema de parmesano, miel de romero y una diminuta lámina de trufa negra. Bianca observó el bocado con curiosidad. La presentación era impecable. Laura fue la primera en probarlo. Cerró los ojos. —Increíble. Daniel sonrió. —Espera a que llegue el resto. Bianca llevó la cucharilla a los labios. El sabor llenó su boca con una armonía que no esperaba, cada ingrediente parecía existir únicamente para resaltar al otro. Durante unos segundos olvidó completamente dónde estaba. Cuando terminó, dejó lentamente la cucharilla sobre el plato. —Está perfecto. Lo dijo sin levantar la vista. Como si fuera una observación más. Sin imaginar que alguien la había escuchado. Una voz masculina respondió a su espalda. Grave. Cálida. Serena. —Gracias. Bianca giró lentamente la cabeza. A pocos pasos de la mesa había un hombre alto, vestido con una impecable chaqueta blanca de chef cuyas mangas estaban remangadas hasta los antebrazos. El cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado, parecía haberse desordenado por el ritmo de la cocina. Llevaba una barba corta perfectamente cuidada. Sus ojos verdes, con destellos color miel bajo la luz del restaurante, transmitían una tranquilidad difícil de explicar. Sonreía. No con la sonrisa ensayada de quien dirige un negocio. Sino con la de alguien que acababa de recibir el mejor cumplido posible. Daniel se puso de pie inmediatamente. —Enzo. Justo a tiempo. El chef se acercó hasta la mesa. —Perdonad la demora, me hubiese gustado salir a saludar antes, pero los viernes la cocina siempre intenta ponerme a prueba. Laura se levantó para abrazarlo. —Sabía que saldrías un momento. Enzo le devolvió el abrazo con naturalidad antes de mirar a Daniel. —Ella es Bianca, la mejor amiga de Laura. Enzo volvió la vista hacia ella nuevamente. —Un placer, espero que estes disfrutando de Barcelona. —Gracias, un placer. — Bianca se levantó acomodando su vestido y estiro su mano con educación. Durante un instante el ruido del restaurante pareció desvanecerse, justo en el momento que ambas manos se tocaron. Sus miradas se encontraron y aunque eran solo dos desconocidos observándose por primera vez, había algo curioso, algo que ninguno podía describir. —Enzo Capdevila. —Bianca Leruzzo. Él sonrió ligeramente. —Espero estar a la altura de ese “está perfecto”. Por primera vez en toda la noche, Bianca sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña. Casi imperceptible. Pero completamente auténtica. Y, sin saberlo, aquel fue el primer deshielo de un corazón que llevaba cinco inviernos esperando la llegada de la primavera.
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