Capitulo 2

1800 Palabras
Dos semanas después, el avión descendió entre las nubes mientras el Mediterráneo aparecía lentamente bajo la ventanilla. Bianca Leruzzo apenas levantó la vista de la carpeta que sostenía entre las manos. Había dedicado el vuelo entero a revisar por tercera vez el cronograma de apertura de la nueva sede de Lusso Milano Group en Barcelona. Fechas. Proveedores. Contratos. Reuniones. Todo estaba perfectamente organizado. Todo, excepto ella. Una suave vibración anunció el inicio del descenso. La azafata pidió a los pasajeros que permanecieran sentados con los cinturones abrochados. Bianca cerró la carpeta con cuidado y giró apenas el rostro hacia la ventana. El mar seguía siendo del mismo azul profundo. Las montañas continuaban abrazando el horizonte. Y, aun así, todo parecía distinto o quizá era ella quien había cambiado. El avión tocó tierra con suavidad. Bianca dirigió la mirada hacia el reloj de su muñeca. Frunció ligeramente el ceño. No dijo nada. Esperó. Los segundos comenzaron a correr. Uno. Dos. Cinco. Diez. Quince minutos. Solo entonces el comandante habló por los altavoces. —Les pedimos disculpas por la demora. Debido a la congestión en la plataforma hemos tenido que esperar autorización para aproximarnos a la puerta de desembarque. La mayoría de los pasajeros apenas pareció notarlo. Algunos aprovecharon para responder mensajes, otros comenzaron a levantarse antes de que el avión se detuviera por completo. Bianca dejó escapar un suspiro apenas perceptible. Quince minutos. Para muchas personas aquello no significaba nada. Para ella significaba llegar quince minutos tarde. Cuando por fin las puertas se abrieron, permaneció sentada hasta que el pasillo quedó despejado. Tomó su bolso de mano y salió del avión con la misma serenidad con la que dirigía reuniones internacionales. La azafata le sonrió al despedirse. —Esperamos verla pronto otra vez. Bianca inclinó apenas la cabeza a modo despedida antes de continuar caminando. Odiaba la tardanza, pero era una mujer lo suficiente coherente y madura como para entender de que no había sido culpa del equipo de servicio de ese avión en ese momento. Mientras avanzaba por la pasarela de cristal, una mezcla de recuerdos comenzó a abrirse paso en su memoria. La primera vez que llegó a Barcelona tenía apenas dieciocho años. Llevaba una maleta enorme, una beca universitaria y un miedo imposible de ocultar. No conocía absolutamente a nadie y solo tenia unas enormes ganas de comerse el mundo. El aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat seguía tan vivo como siempre. El aroma a café recién hecho. Las conversaciones mezcladas en distintos idiomas. Los turistas consultando mapas. Las familias esperando detrás de las vallas. Bianca caminó con paso firme hasta la cinta de equipajes. Su maleta apareció casi de inmediato, la tomó sin esfuerzo y se dirigió hacia la salida. Su plan era sencillo. Encontrarse con Laura. Instalarse en el penthouse. Revisar la agenda del día siguiente. Y mantener la mente ocupada. Siempre funcionaba. Al menos hasta entonces. Las puertas automáticas se abrieron. Una corriente de aire cálido le acarició el rostro. Y, casi al mismo tiempo, una voz atravesó el bullicio del aeropuerto. —¡¡¡Biancaaaa!!! Varias personas giraron la cabeza. Bianca también. A unos metros de distancia, una mujer rubia agitaba ambos brazos con una sonrisa imposible de ignorar. Laura Moreno. Exactamente igual que en la universidad, solo un poco más adulta, pero con la misma energía inagotable. Bianca sintió cómo una sonrisa aparecía en sus labios antes incluso de darse cuenta. Pequeña. Discreta. Completamente sincera. Laura prácticamente corrió hasta ella y la abrazó con tanta fuerza que Bianca perdió ligeramente el equilibrio. —Laura… —No. Déjame abrazarte otro poquito. Bianca soltó una pequeña risa. —Sigues siendo igual de exagerada. —Y tú igual de seria. Se apartó apenas unos centímetros para observarla de arriba abajo. —Madre mía…Estás guapísima. Bianca arqueó una ceja. —Eso ha sonado muy superficial. —replico. —Todavía no he terminado. Estás más elegante. Más segura. Más… —Laura guardó silencio un instante. —Más cansada. La sonrisa de Bianca perdió un poco de fuerza. Laura se arrepintió inmediatamente. —Perdón. Bianca negó con suavidad. —No pasa nada. Simplemente… trabajo demasiado. Laura la miró como solo podía hacerlo alguien que conocía cada una de sus mentiras. No insistió. En lugar de eso tomó el asa de la maleta. —Vamos. He dejado el coche en el aparcamiento. —Puedo llevarla. —Lo sé. Pero soy una anfitriona excelente. —También bastante cabezota. Laura sonrió. —Algo se me habrá pegado de ti. Las dos comenzaron a caminar hacia la salida del aeropuerto. Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas. Del tráfico. Del clima. De Milán. De la panadería de los padres de Bianca. De Daniel. Temas seguros. Temas que no hacían daño. Cuando llegaron al aparcamiento, Laura abrió el maletero de un pequeño SUV color blanco. —Bienvenida otra vez a Barcelona. Bianca observó el cielo despejado antes de subir al coche. No respondió. Porque todavía no sabía si aquello era realmente una bienvenida o la oportunidad que la vida le estaba dando para dejar de huir. El tráfico de media tarde avanzaba con la tranquilidad habitual de un viernes. Laura conducía tarareando una canción que sonaba bajito en la radio mientras una mano descansaba sobre el volante y la otra gesticulaba cada vez que comenzaba una nueva anécdota. Bianca sonrió para sí. Algunas personas cambiaban con los años. Laura, en cambio, seguía teniendo la extraordinaria capacidad de llenar cualquier silencio. Bianca desvió la mirada hacia la ventanilla. Las calles de Barcelona desfilaban lentamente ante sus ojos. Muchos edificios habían cambiado. Habían abierto cafeterías nuevas. Algunas fachadas estaban restauradas. Pero el aroma del mar seguía siendo exactamente el mismo. Y eso hizo que un recuerdo intentara abrirse paso en su memoria. Lo empujó de nuevo hacia el fondo. No había vuelto para recordar. Había vuelto para trabajar. —¿Me estás escuchando? —preguntó Laura de repente. Bianca parpadeó. —Claro. —Mentira. Sonrió. —Solo un poco. —Lo sabía. Siempre pones esa cara cuando tu cabeza está a kilómetros de distancia. Bianca bajó la vista unos segundos. —Supongo que todavía estoy aterrizando. Laura decidió cambiar de tema. —Daniel está deseando conocerte.Dice que la famosa Bianca Leruzzo le da un poco de miedo. Las dos rieron. El ambiente comenzó a relajarse. Laura aprovechó aquel momento. —¿Tus padres cómo están? El gesto de Bianca se suavizó inmediatamente. —Muy bien. Mi padre sigue convencido de que nadie en toda Italia sabe hacer pan como él. —¿Y tu madre? —Sigue llenando la panadería de flores frescas cada lunes. Laura sonrió. Todavía podía recordar el aroma del pan recién horneado mezclándose con la vainilla y el café. Recordaba a Arienne saludando a cada cliente y a Alessandro amasando desde la madrugada. Ella había ido a Italia de visita en mas de una ocasión y apreciaba mucho a los padres de Bianca. —¿Siguen negándose a jubilarse? —Completamente. Dice mi padre que retirarse sería aburridísimo. —Tiene razón. Guardaron silencio unos segundos. Después Laura habló con una sonrisa traviesa. —¿Y tú? Bianca la miró de reojo. —¿Yo qué? —¿Has conocido a alguien? La respuesta llegó demasiado deprisa. —No. —Qué rapidez. —Porque no hace falta pensarla. —¿Ni una cita? —No. —¿Ni un café? —Laura… —¿Ni un número de teléfono? Bianca negó con la cabeza. —Trabajo. Laura soltó un largo suspiro. —Sabía que ibas a responder eso. —Porque es la verdad. —No. Es una excusa. Bianca apoyó un codo sobre la puerta. —Las dos cosas pueden ser ciertas. Laura comprendió inmediatamente que aquel tema seguía siendo delicado. No insistió. Un semáforo en rojo las obligó a detenerse. A unos metros había una pequeña cafetería con varias mesas en la terraza. Laura sonrió. —Tengo una idea. Bianca la miró desconfiada. —Eso nunca termina bien. —Cinco minutos, nos detendremos aquí, necesito un café para sobrevivir al resto del día. Bianca fingió pensarlo. —Supongo que cinco minutos no arruinarán mi agenda. —¡Ese es el espíritu! Aparcaron justo enfrente. La cafetería conservaba ese encanto de los pequeños negocios familiares. Las mesas de hierro forjado ocupaban parte de la acera. En el interior, una vitrina exhibía cruasanes recién hechos, tartas de frutas y pequeñas piezas de bollería que desprendían un aroma irresistible. Nada más entrar, Bianca respiró profundamente. Mantequilla. Canela. Café recién molido. Aquellos olores tenían la extraña capacidad de hacerla sentir cerca de casa. —¿Qué vas a pedir? —preguntó Laura. —Un té rojo. Sin azúcar. Laura sonrió. —Sigues siendo incapaz de cambiar. —No todo necesita cambiar. Tomaron asiento junto al ventanal. Desde allí podían observar el ir y venir de la gente por la calle. Laura pidió un café con leche y una enorme porción de tarta de queso. Bianca, como siempre, apenas tocó el cruasán que acompañaba su té. Laura la observó durante unos segundos. —Sigues comiendo igual de poco. Bianca levantó la taza. —Como lo que mi cuerpo necesita. —No. Comes lo justo para seguir funcionando. Hubo un breve silencio. Bianca no respondió. No porque estuviera molesta. Sino porque sabía que Laura tenía razón. Trabajar le había enseñado a sobrevivir con horarios imposibles. Desayunaba deprisa. Almorzaba entre reuniones. Y muchas noches cenaba delante del portátil. La comida había dejado de ser un momento del día. Se había convertido en una pausa obligatoria. Laura decidió cambiar nuevamente de tema. —¿Sabes qué es lo mejor de que estés aquí un año? —Dime. —Que no vas a poder inventarte reuniones para escaparte de mí. Bianca sonrió. —Eso suena a amenaza. —Lo es. Tengo una lista enorme de sitios a los que vamos a ir y no acepto un “no” como respuesta. —No prometo nada. —Lo imaginaba. Bianca dio un pequeño sorbo a su té. Estaba perfecto. Cerró los ojos apenas un instante. Por primera vez desde que aterrizó, sintió que podía respirar sin pensar en la reunión del lunes, en los planos de la nueva sede o en los informes pendientes. Solo unos segundos. Pero fueron suficientes. Laura la observó en silencio. Hacía mucho tiempo que no veía aquella expresión tranquila en el rostro de su mejor amiga. Y se prometió a sí misma que, antes de que Bianca regresara a Milán, volvería a verla sonreír de verdad. Aunque ninguna de las dos podía imaginar que aquella promesa comenzaría a cumplirse esa misma noche. En un restaurante llamado L’Arrel. Y gracias a un chef que todavía no sabía que el destino estaba a punto de sentar frente a él a la mujer que cambiaría su vida para siempre.
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