La sonrisa del profesor
El reloj de la pared mostraba las dos de la tarde. Hilal estaba en su colegio, en un aula amplia con grandes ventanales. Se encontraba sentado en su asiento que daba con la ventana a su izquierda, el lugar era el que nadie quería, puesto que quedaba inmediatamente frente al escritorio del profesor; sin embargo, no le molestaba, de hecho, prefería siempre estar cerca de los maestros para que sus compañeros no lo distrajeran en clases. Hilal era del tipo que con solo poner atención sacaba buenas notas, era raro cuando necesitaba estudiar para algún examen.
En ese momento tenía las piernas estiradas hacia el frente, quedando sus pies debajo del escritorio del profesor, se había cruzado de brazos y tenía la cabeza tirada hacia atrás, el profesor todavía no había llegado al aula y era la última clase del día. Para su sorpresa, todos sus compañeros se mantenían dentro del salón haciendo mucho bullicio y muchos se encontraban parados platicando o jugando con los que se mantenían en su asiento.
En un día normal, cuando el profesor tardaba en llegar a la clase, todos pasaban el rato afuera en las bancas jugando y comportándose como animales. Salvo ese día en particular que hacía demasiado frío al punto que parecía que nevaría en cualquier momento, aunque eso nunca sucedía en esa ciudad.
Hilal suspiró y por un momento cerró los ojos deseando estar en su cálida cama sin ser molestado; sonrió internamente porque sabía que esto sería posible ya que solo vivía con su madre en una casa pequeña. Su padre los abandonó hace mucho tiempo con la excusa de: “nunca haber querido formar una familia”.
Para su fortuna, su madre era doctora de un reconocido hospital de la ciudad, nunca había permitido que Hilal sufriera de estragos económicos. Lo malo era que casi no pasaba tiempo en casa debido a su trabajo.
La madre de Hilal siempre consideró que a pesar de su trabajo extenuante tenían muy buena comunicación entre madre e hijo y no podía estar más equivocada. La realidad era que le ocultaba muchas cosas para no preocuparla y así no tener discusiones largas con ella, la principal, que no estaba seguro de su orientación s****l.
En el último año de secundaria un chico lo había estado acosando, le parecía curioso como Hilal, un chico tan lindo, fuera tan serio y puritano. En un viaje escolar durante el trayecto, el chico logró quedar a un lado de él en los asientos del autobús y cuando la mayoría se quedaron dormidos, él lo había besado y manoseado, dejándolo muy confundido; siempre esperó que algo más sucediera entre ellos, por lo contrario, el chico solo lo ignoraba cuando se lo encontraba en la escuela. Hilal por mucho tiempo se preguntó si esos besos por parte de un hombre habían significado algo.
En los siguientes años había tenido unas cuantas novias, inclusive en el último año se había acostado con dos chicas, lo que fue un fracaso total. En ambas situaciones le había costado mucho trabajo excitarse a pesar de que las chicas eran muy bonitas.
Intentó concentrarse en los cálidos y suaves cuerpos que tenía a su disposición, siendo un esfuerzo inútil pues al parecer la suavidad no era algo que lograra atraerlo lo suficiente por lo que se las había arreglado para apenas correrse. Después de lo sucedido se sentía muy preocupado de dejar insatisfechas a las chicas, aunque al parecer ellas quedaron lo suficientemente felices como para no soltar rumores sobre él, eso le ayudó a tranquilizarse, aun así, nunca volvió a intentarlo.
A veces, intentaba enfocar su atención en las personas de su alrededor buscando alguien que le gustara, ya sean chicos o chicas y nadie parecía ser tan atractivo o interesante como para acercarse a conocerlos.
Al contrario de lo que él pensaba de las personas de su entorno, había chicas que le coqueteaban de vez en cuando, aunque al verlo tan serio y cortante se marchaban perdiendo el interés.
De pronto, sintió un pinchazo en su brazo que lo sacó de sus cavilaciones. Emitió un quejido, entreabrió los ojos y ladeó su cabeza hacia su lado derecho todavía tumbado en esa posición.
—No te duermas —susurró su amigo Alejandro con una sonrisa torcida.
Alejandro era su mejor amigo, lo había conocido cuando ingresó al colegio y desde el primer momento se hicieron muy cercanos. Él sabía todos sus secretos y era el único que era consciente de que se sentía atraído hacia los chicos, a pesar de que su amigo era heterosexual, intentaba entenderlo y lo aceptaba tal como era.
Todos pensaban que Hilal era un chico calmado y serio, lo contrario ocurría dentro de él, ya que estaba lleno de inseguridades y de un nerviosismo que lo reprimía, siendo su amigo el único con quien se desahogara.
—Enderézate o los chicos pensarán que ya no eres bonito —lo desafió Alejandro dándole otro pinchazo con su afilado lápiz en el brazo.
Alejandro opinaba que era demasiado bonito. Hilal a sus 17 años tenía una complexión delgada, aunque también resaltaban algunos músculos. Su cabello n***o siempre alborotado no hacía juego con sus ojos serios marrones y su piel ligeramente bronceada lo hacía parecer un caramelo andante.
Su amigo siempre le insistía que la razón principal para llamarlo chico bonito era debido a su expresivo rostro cuando alguna situación se le salía de las manos y sus nervios lo traicionaban convirtiendo su cara en la de un cachorrito indefenso con sus enormes ojos marrones y sus labios rosados haciendo pucheros. Siempre que sucedía esto Alejandro reía a carcajadas y Hilal luchaba contra él mismo intentando recobrar la compostura y colocar su cara seria de nuevo.
Si bien, Hilal era atractivo, Alejandro no se quedaba atrás. Su amigo tenía la misma constitución atlética y la misma altura que él. Sin embargo, hasta ahí llegaban las similitudes. Alejandro tenía la piel más clara, los ojos color verde y una mirada pícara que derretía a cualquiera. Su sonrisa era natural y hacía un gran contraste con la seria expresión de Hilal.
Otra de las grandes diferencias entre ellos era que Alejandro siempre estaba sonriente, era travieso y gritón, su risa contagiaba a todos los que estuvieran alrededor, a veces parecía menor de los 18 años que ya había cumplido a principio de año. Y a pesar de que ambos eran atractivos, no eran demasiado populares en su escuela y se debía más que nada al carácter serio de Hilal que hacía retroceder a las chicas.
Alejandro siempre se quejaba de esto, aunque nunca hacía nada por intentar atraerlas de nuevo a sus encantos, ambos solo pasaban el rato platicando de sus gustos musicales, animaciones japonesas favoritas, series y cosas interesantes que se encontraban en internet.
Hilal mantuvo los ojos abiertos sin enderezarse mientras Alejandro intentaba pincharlo de nuevo con el lápiz, Hilal movía la mano para atraparlo sin mucho entusiasmo ni éxito.
De pronto vio cómo su amigo fue empujado hacia él, por poco se cae de su asiento si no lo sujeta del brazo y así pudo evitar su caída. Tenía muy buenos reflejos a pesar de que estaba medio adormilado.
Vio cómo uno de sus compañeros de clase se encontraba del lado opuesto riendo a carcajadas con las manos en el estómago.
—Dejen de ser tan gais —se burló Badir con tono ronco a sus amigos, tomó a Alejandro por la espalda y lo jaló de nuevo para que ocupara su asiento.
—Y es muy lógico que tú lo digas —bufó Hilal quien se recostó en su asiento y cerró los ojos de nuevo.
Badir Fermonset, era el clásico chico malo del salón, siempre se metía en problemas y lo veían muy poco en sus clases por estar siempre castigado o suspendido de la escuela.
Y a pesar de que no asistía mucho a clases y siempre estaba castigado, alcanzaba a pasar sus materias muy cerca de la calificación reprobatoria. Pese a su comportamiento destructivo, todo mundo sabía que era gay, aunque nadie se metía con él por el miedo de ser agredido por este enorme muchacho. En cuanto a su complexión física, era unos centímetros más alto que los chicos y su cuerpo era un poco más musculoso.
Badir normalmente andaba pegado a Alejandro cuando Hilal no estaba con él, no era que lo despreciara, solo prefería tener toda la atención de su amigo y cuando estaban juntos, él se iba a molestar a otras personas.
Esto nunca molestó a Hilal y a pesar de que Badir y él no se veían mucho, habían cruzado palabras en algunos momentos y habían sido agradables el uno con el otro.
Los chicos del salón siempre se preguntaban la razón del por qué Badir seguía a un par de cerebritos cuando él mismo era un bravucón. Lo que no sabían era que Hilal y Alejandro nunca lo juzgaban, nunca lo reprendían, solo se reían de las maldades que hacía Badir y seguían con sus vidas, eso lo hacía sentir cómodo.
Hilal vio como Alejandro volvió a levantar su filoso lápiz del suelo ignorando por completo la broma de Badir. Él ya estaba acostumbrado a ese comportamiento, por eso, comenzó de nuevo a pincharlo en el brazo.
— ¿Sabes? Parezco Aralé de la caricatura, picoteando un pequeño trozo de mierda —se burló sonriente Alejandro.
— ¿Acaso me estás llamando trozo de mierda? —Espetó abriendo un ojo en su dirección.
—Una mierdita bonita —respondió su amigo con una de sus mejores sonrisas.
El barullo de pronto cesó y todos empezaron a sentarse en sus lugares. Una figura alta y fornida entró al salón con unos libros bajo el brazo, se acercó a la mesa del profesor, dejó sus pertenencias sobre él y se quedó parado observando con frialdad a los alumnos.
Hilal se enderezó de inmediato y colocó su mejor cara seria para observar al profesor que tenía al frente.
Después de un breve recorrido con la mirada sobre sus estudiantes, el maestro clavó su vista sobre él, lo observó por un momento y le dedicó una media sonrisa torcida. La expresión del profesor lo tomó por sorpresa por lo cual se sonrojó violentamente y agachó la mirada hacia sus apuntes. Por unos momentos el único sonido que pudo escuchar era el de su corazón martillando agitado.
¿Qué tenía el señor Priego que siempre lo hacía sentir tan intimidado?