mi nombre es Maria Cristina.. esta es mi historia..

674 Palabras
Tengo que decirlo, a mí nunca me la habían aplicado. Esta es la peor ruptura de mi vida. Nunca había sido yo la abandonada, la que se queda ahí llorando desesperanzada. Pero siempre hay una primera vez, aunque suene muy trillado. Lo empecé a dudar cuando dejamos de dormir abrazados; por cuatro años, nuestras noches fueron iguales: acurrucaditos el uno con el otro. Pero cuando eso cambió, sospeché que el final se acercaba. Yo no quería, pero ahora me pregunto cómo estaba dispuesta a seguir al lado de un fantasma. Ahora me doy cuenta de lo poco que me quería a mí misma como para creer que la indiferencia es una forma de amor. En fin, para no hacer el cuento largo, fue en una cervecería donde me salió con algunas frases que reflejaron una notable crisis de edad (él era 10 años mayor, en ese entonces yo tenía 24): “Es que quiero comerme el mundo”, “tú deberías conocer más gente, eres muy joven”, “lo que quiero ahorita puede ser muy egoísta para una pareja”. Y así, cualquier otra frase tipo “no eres tú soy yo” que se puedan imaginar. Por primera vez en mi vida le rogué a alguien, por primera vez le lloré a alguien, por primera vez supe lo que era tener el corazón hecho pedazos. No quería que se fuera, estaba dispuesta a aceptar su condición de abrir la relación, lo cual, en lo personal, nunca ha sido un camino para mí. Estuvimos tres meses en un tortuoso y nocivo estira y afloja. Hasta que no pude más, hice acopio del poco amor propio que me quedaba, le dije que dejara de torturarme así, que si quería irse, que se fuera de una buena vez, y bien. Pero no podía, no podía caminar por las calles en las que él andaba, no soportaba ir a los lugares en los que habíamos estado. Y para acabarla, por esa época vivía con un hombre nefasto, mi trabajo me traía bastante decepcionada y andaba súper alejada de mi familia. Pa’ pronto, no me hallaba. La ciudad empezó a comerme, la cotidianidad, a rebasarme. La verdad es que no le encontraba sentido a nada. “Pus me voy, ya no tengo nada aquí… nicaragua desde niña he querido vivir en nicaragua. Le dije a mi esposo que me largaba, vendí mis cosas, renuncié… y me fui. Había subido de peso, y mi piel expresó todo mi estrés y congoja con una crisis de acné que ni en mi adolescencia tuve. Me sentía fea, sola, perdedora. Pero el calorcito provinciano, las campanadas de la iglesia a las seis de la mañana, el tiempo que no pasaba, y un silencio que jamás había conocido, me dieron el consuelo que necesitaba. Viví en un lugarcito súper acogedor justo en el centro del pueblo. Mi casera fue uno de los tantos angelitos que la vida me ha mandado, nos hicimos grandes amigas. Y empezaron a transcurrir los días, me hice de una rutina de ejercicio, me compré un tratamiento dermatológico, y lloré. Lloré como nunca lo hice, le escribí cartas, largas y dolorosas. Me di la oportunidad de enojarme, de mentarle la madre, de aceptar que me dolía. Para mí, el ejercicio y cuidar mi dieta fueron mi salvación. Desde entonces he conservado hábitos saludables. Y así, poco a poco me di cuenta de que no me iba a morir de amor. Hoy estoy de regreso en república Dominicana, resolviendo pendientes que dejé. Huí, sí, y estuvo bien, porque huí conmigo misma, a rescatarme a mí misma. Tuve que quebrarme para poder sanar, tuve que aceptar mi tristeza, mi rabia, mi decepción. Y hoy ya no me sacude. No tenemos que ser un roble que no se dobla con nada, irónicamente, hablar sobre lo que nos hiere e incomoda, ya sea en nuestras casas, en la escuela, en el trabajo, nos da poder. El poder de manifestarnos, el poder de negociar, el poder de cambiar nuestra realidad.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR