—¡Hola! ¿Está Andrés? —dijo Jesús un poco cortado. —No —contestó ella dejando al muchacho más cortado si cabe—. Pero puedes pasar y esperarlo dentro —añadió tras una incómoda pausa para Jesús. Jesús asintió y entró. Fuera hacía calor, pues era por la tarde y aún el sol brillaba y caía a plomo sobre las cabezas de los mortales que se aventuraban por las calles desiertas del pueblo. Dentro la temperatura era mejor, aunque la penumbra contrastaba con la gran luminosidad del exterior, lo que provocaba una ceguera temporal hasta que el ojo se acostumbraba a las nuevas condiciones de luminosidad. Jesús, cegado a causa de lo anterior, apenas seguía a Franchesca por el pasillo hasta el salón. Allí la tele estaba puesta y uno de los programas de cotilleo se oía de fondo. Ella se sentó en un ex

