-¿Cómo? ¿Cómo dices? -tartamudeó Sandra, completamente aturdida. -Es tu casa, tu familia... o él -replicó Esta, sin mirarla a los ojos. Aquella siempre había sido su casa. Tenía un nudo en la garganta tal que no pudo articular palabra. Al día siguiente, podría hacerlo. Aquello era absurdo y sabía que tenía que quedarse a solas. Si subía a su dormitorio, su madre la seguiría. Por ello, era mejor que se marchara de la casa. -De acuerdo, me marcho. -Vete entonces. Fuera -le espetó su madre. Sandra tenía su propia casa, el molino. Se podría quedar allí aquella noche. Se montó en la furgoneta y se dirigió hasta allí, sin poder creer lo que le había pasado. Al acercarse al molino, oyó que Bruno empezaba a ladrar. Antonio abrió la puerta incluso antes de que ella se bajara del coche

