La puerta de la habitación de Camila crujió al abrirse y entró Ricardo. Ella iba a clase de gimnasia los sábados por la mañana y él decidió despertarla un poco antes para ver cómo estaba. No habían hablado desde que le azotó la noche anterior. Inusualmente para ella, Camila llevaba bragas y un camisón ligero en la cama. Se le había subido, dejando al descubierto su ropa interior: un par blanco con un bonito lazo de lunares por encima del monte. Eran como los que sus padres habían intentado que se pusiera cuando era pequeña y que encontraban por la casa cuando ella se negaba en ponérselos. Ricardo no pudo resistirse a intentar despertarla acariciando suavemente su cálido coño con el dedo corazón, jugueteando alrededor de su clítoris. Ella se revolvió con un gemido gutural. Sería muy fáci

