Una semana y media duré encerrada en esa habitación. Me cansé de llorar al segundo día, las cosas fueron sacadas la primera noche. Ahora no tenía mi bolso a la mano, y sólo me podía conformar con susurrar a los lugares en donde sabía estaban los micrófonos en la habitación. Me estaba volviendo loca, y aunque contaba con mis tres comidas al día, la verdad quedaban intactas, nada me apetecía. Tenía que salir de ahí a como diera lugar. Tragué grueso al pensar en el arma que llevaba en mi cartera y que ahora seguramente ellos sabrían de ella. Aunque Vito no había ido a verme de nuevo, eso me aterraba, me desquiciaba el saber cuánto de mi estaría averiguando. Al noveno día tomé la decisión más prudente y fue aprovechar el momento en el que se me autorizaba ir al baño con vigilancia para tomar l

