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UN CONTRATO CON EL CEO

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matrimonio bajo contrato
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de amigos a amantes
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Descripción

Amelia Vance está desesperada. Su hermano menor necesita un trasplante urgente y las deudas médicas están destruyendo a su familia. Cuando el frío y poderoso CEO Ethan Blackwood le ofrece un matrimonio por contrato a cambio de salvarlo, Amelia acepta entrar en un mundo donde el lujo, los secretos y el peligro caminan de la mano.

Las reglas son simples:

No enamorarse.

No romper el acuerdo.

No olvidar que todo es una mentira.

Pero vivir bajo el mismo techo con el hombre más temido de Manhattan resulta mucho más peligroso de lo que Amelia imaginaba. Especialmente cuando descubre que la familia Blackwood oculta un heredero ilegítimo capaz de destruir el imperio entero… y cuando la tensión entre ella y Ethan comienza a convertirse en algo imposible de controlar.

Entre celos, traiciones, escándalos y deseo prohibido, Amelia deberá decidir qué es más arriesgado:

perder el contrato…

o entregar su corazón.

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La Oferta del Diablo
La lluvia golpeaba los ventanales del hospital como si quisiera arrancarlos de cuajo. Un ruido seco, insistente. Manhattan parecía hundirse bajo esa tormenta. Amelia Vance estaba quieta al final del pasillo. No se movía. Apenas respiraba. Tenía un montón de facturas médicas apretadas contra el pecho, como si eso pudiera detener el temblor de sus manos. Setenta y ocho mil dólares. Lo leyó otra vez. Y otra. Como si repetirlo pudiera cambiar algo. Pero no. Ahí seguía. Frío. Cruel. Imposible. —Señorita Vance… Ella levantó la mirada despacio, como si le pesara. El doctor Harrison estaba frente a ella con esa expresión que ya conocía demasiado bien. Una mezcla rara entre compasión y derrota. Y cada vez que la veía, sabía que venía algo malo. —El estado de Noah empeoró esta semana —dijo él, midiendo cada palabra—. La diálisis ya no está funcionando como esperábamos. El corazón de Amelia se encogió. Literalmente. Como si alguien lo apretara con la mano. Noah. Su hermano pequeño. Dieciséis años. Un niño todavía. Demasiado joven para saber lo que era vivir en un hospital. Demasiado joven para entender lo injusto que podía ser el mundo. Amelia tragó saliva. Le raspó la garganta. —¿Qué significa eso? El doctor dudó. Solo un segundo. Pero ese segundo bastó para helarle la sangre. —Necesitamos acelerar el trasplante. La palabra le cayó encima como un ladrillo. Trasplante. Urgente. Dinero. Tiempo. Todo mezclado. Todo encima. Todo aplastándola. —¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó, aunque ya sabía que no quería escuchar la respuesta. El silencio del doctor fue una sentencia. —No demasiado. Amelia bajó la mirada hacia las facturas. Esos papeles miserables. Qué absurdo que la vida de alguien pudiera depender de números impresos en hojas baratas. Números que ella no podía pagar. Ni aunque trabajara tres vidas seguidas. Había dormido sobre mesas de cafeterías. Había aceptado turnos dobles. Había vendido las joyas de su madre. Había pedido préstamos que ahora la ahogaban. Y aun así… No alcanzaba. Nunca alcanzaba. —Estoy intentando conseguir el dinero —susurró, sin fuerza. El doctor soltó un suspiro cansado. —Lo sé. Pero no lo sabía. No tenía idea. Nadie tenía idea de lo que era despertarse cada mañana con ese miedo pegado al pecho. Ese miedo que no te suelta. Ese miedo a perder a la única persona que te queda en el mundo. Nadie sabía lo cansada que estaba. Lo rota. Lo asustada. —Voy a encontrar una solución —murmuró Amelia, aunque su voz sonó hueca, como si viniera de alguien más. Ni ella se creía ya esas palabras. El doctor la miró con esa tristeza que ella odiaba. —Lo siento mucho. Amelia asintió rápido, casi con violencia, y salió antes de que él pudiera verla quebrarse. El pasillo olía a desinfectante y a días sin dormir. Las luces blancas le taladraban la cabeza. Se detuvo frente a la habitación de Noah. Respiró hondo. Una vez. Dos. Obligó a sus labios a formar una sonrisa que no sentía. Tenía que hacerlo. Tenía que parecer fuerte. Porque Noah no necesitaba verla hecha pedazos. Necesitaba verla firme. Siempre firme. Abrió la puerta. Ahí estaba él, sentado en la cama, con esa consola vieja que ya casi ni funcionaba. Levantó la vista y le sonrió. Una sonrisa chiquita, cansada. Y el corazón de Amelia se rompió un poco más. Cada semana estaba más delgado. Más pálido. Más frágil. —Tienes cara de que el café te abandonó —bromeó Noah. Ella rodó los ojos exageradamente. —El café me abandonó desde que empezaron tus cuentas médicas. Noah soltó una risa suave. Ese sonido la atravesó. Le dolió porque sabía que él estaba fingiendo fuerza igual que ella. Amelia se sentó a su lado. —¿Qué dijo el doctor? —preguntó él. Ella sonrió al instante. Una sonrisa falsa. Perfecta. Ensayada. —Que eres demasiado terco para morirte. Noah sonrió también. —Eso ya lo sabíamos. El silencio cayó entre ellos. Un silencio tranquilo. De esos que solo existen entre personas que han sobrevivido demasiadas cosas juntas. Noah bajó la mirada hacia sus manos. —No tienes que mentirme, Amy. El pecho de Amelia se tensó como si alguien lo apretara. —No estoy mintiendo. —Sí lo estás. Su voz era tan suave que dolía. —Escucho las llamadas cuando crees que estoy dormido —confesó—. Sé que las cuentas siguen llegando. Amelia apartó la mirada de inmediato. Odiaba eso. Odiaba que él entendiera tanto. Odiaba que él la viera luchar. —Voy a solucionarlo. —¿Cómo? Esa palabra la partió por dentro. Porque no tenía cómo. No tenía nada. Ya había intentado todo. Préstamos. Horas extras. Campañas online. Bancos. Todo. Nada servía. Noah tomó su mano con cuidado, como si temiera romperla. —Prométeme algo. Ella lo miró. —No hagas algo peligroso por mi culpa. Amelia sintió un nudo enorme en la garganta. —No vas a morir. Pero ninguno dijo nada más. Porque los dos sabían la verdad. Y la verdad daba miedo. Tres horas después, Amelia salió del hospital y la lluvia le cayó encima como si el cielo quisiera borrarla del mapa. Su paraguas era una broma. Sus zapatos hacían splash a cada paso. El frío le atravesaba el abrigo barato como agujas. La ciudad seguía viva a su alrededor: luces, bocinas, gente corriendo sin mirar a nadie. Pero para Amelia… todo se había detenido. Como si el mundo siguiera y ella no. Sacó el teléfono. Lo desbloqueó con manos heladas. Revisó su cuenta bancaria. Ochenta y tres dólares. Ochenta y tres. Una risa amarga le subió por la garganta. Casi salió. Casi. El teléfono vibró. Número desconocido. Dudó. Un segundo. Dos. Contestó. —¿Hola? —¿Amelia Vance? La voz era masculina. Elegante. Demasiado elegante para estar llamándola a ella. —Sí… ¿quién habla? —Harrison Cole. Blackwood Holdings. Amelia frunció el ceño. Ese nombre lo conocía todo el mundo. Hoteles. Tecnología. Medios. Rascacielos. Dinero viejo. Poder que aplastaba. —Creo que se equivocó —murmuró. —No me equivoco, señorita Vance. Hubo una pausa. Pequeña. Tensa. —El señor Ethan Blackwood quiere reunirse con usted esta noche. Amelia soltó una risa nerviosa. Una risa que no sonó a risa. —¿Ethan Blackwood? ¿El CEO? —Correcto. Ridículo. Los hombres como Ethan Blackwood no sabían que mujeres como ella existían. —No estoy interesada. La voz del hombre cambió apenas. Un matiz distinto. —La reunión está relacionada con la situación médica de su hermano. Amelia se quedó quieta. Completamente quieta. La lluvia seguía cayendo, pero ya no la sentía. El corazón empezó a golpearle el pecho. —¿Cómo sabe eso? Pero la llamada murió. Cortada. Ella bajó el teléfono lentamente. Algo en todo eso olía mal. Muy mal. Y aun así… treinta minutos después estaba subiendo a un auto n***o de lujo frente al hospital. Porque cuando estás desesperada, haces cosas que jamás imaginaste. El trayecto fue silencioso. Ella miraba las luces de Manhattan deformarse en las ventanas mojadas. Intentaba entender qué demonios estaba pasando. Cuando el auto se detuvo frente a Blackwood Tower, Amelia dejó de respirar un segundo. El edificio era enorme. Oscuro. Frío. Imponente. No parecía un rascacielos. Parecía una advertencia. Un asistente la recibió. Traje perfecto. Sonrisa inexistente. Todo ahí dentro gritaba poder. Mármol n***o. Luces doradas. Silencio que pesaba. Hasta el aire olía caro. Amelia bajó la mirada a su abrigo mojado, a sus zapatos baratos. No pertenecía ahí. Ni un poco. El ascensor subió hasta el último piso. Su corazón subía con él, golpeando más fuerte. Las puertas se abrieron. Y lo vio. Ethan Blackwood, de pie frente a los ventanales, mirando la ciudad bajo la tormenta. Inmóvil. Silencioso. Como si el mundo le obedeciera. No habló. No se movió. Y eso la puso peor. Era alto. Perfectamente vestido. Tranquilo de una forma que daba miedo. El poder parecía salirle de la piel. Cuando se giró hacia ella, Amelia entendió por qué todos hablaban de él. Era atractivo. Ridículamente atractivo. Pero sus ojos… Sus ojos eran otra cosa. Grises. Fríos. Duros. Ojos que podían hacer sentir pequeña a cualquiera. La recorrió con la mirada. Lenta. Analítica. —Amelia Vance —dijo al fin, con esa voz grave que parecía llenar la habitación—. Veintitrés años. Dos empleos. Sin antecedentes. Deudas importantes. Ella frunció el ceño. —¿Me investigó? —Me gusta saber con quién estoy tratando. La forma en que lo dijo le provocó un escalofrío. Ese hombre estaba acostumbrado a controlar todo. A todos. —¿Qué quiere de mí? Ethan caminó hacia ella. Despacio. Seguro. Como alguien que ya sabía el final de la historia. —Tu hermano necesita un trasplante urgente. Amelia apretó la mandíbula. —No use a Noah para manipularme. Por primera vez, algo parecido a interés cruzó sus ojos. —Tienes más carácter del que esperaba. —Le pregunté qué quiere —repitió ella. El silencio se estiró entre los dos. Ethan tomó una carpeta negra del escritorio. —Necesito una esposa. Amelia parpadeó. Una. Dos veces. —¿Perdón? —Un matrimonio por contrato. Un año. Ella soltó una risa incrédula. Una risa rota. —Está loco. —Mi abuelo dejó condiciones en su testamento —dijo él, sin inmutarse—. Si no me caso antes de cumplir treinta y dos, parte de Blackwood Holdings caerá en manos equivocadas. Algo oscuro pasó por su rostro. Rápido. Pero estaba ahí. —¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Ethan sostuvo su mirada. Firme. Inquebrantable. —Las mujeres de mi mundo vienen con complicaciones. Su voz seguía siendo fría. Cortante. —Manipulación. Interés. Expectativas. Luego la miró otra vez. Como si la estuviera midiendo. —Tú, en cambio, eres invisible para ese mundo. La palabra le dolió. Más de lo que debería. Invisible. Ethan dio un paso más. Demasiado cerca. Lo suficiente para que Amelia sintiera el perfume caro que llevaba. Ese aroma que no pertenecía a su mundo. —Necesito a alguien discreto —murmuró—. Temporal. Alguien que pueda seguir reglas. Ella lo miró como si él acabara de perder la cabeza. —¿Y cree que voy a aceptar esto? —Creo que no tienes muchas opciones. Y dolió. Porque era verdad. Porque él lo sabía. Y ella también. Ethan abrió la carpeta con una calma que la irritó. Deslizó un contrato hacia ella. Frío. Perfecto. Impersonal. Como él. Amelia lo miró sin tocarlo. Ni un dedo. Entonces él lanzó el golpe que la dejó sin aire. —Cubriré absolutamente todos los gastos médicos de tu hermano. El mundo se detuvo. Literalmente. Su respiración también. Todo. Cirugía. Medicinas. Hospital. Recuperación. Todo. Su cabeza gritaba corre. Ese hombre era peligroso. Lo sentía en la piel. En los huesos. Pero Noah… Noah se estaba muriendo. Y la desesperación no dejaba espacio para el orgullo. —¿Cuál es la trampa? —susurró. Ethan no parpadeó. —Te convertirás en mi esposa durante un año. La lluvia golpeó los ventanales como si quisiera entrar. Manhattan brillaba bajo la tormenta, enorme y ajena. Y Amelia entendió, con un miedo frío que le subió por la columna, que su vida acababa de romperse en dos. Entonces Ethan la miró directo a los ojos. Sin suavidad. Sin dudas. Y dijo las palabras que terminaron de destruirla: —Cásate conmigo, Amelia… y salvaré a tu hermano.

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