Rrrr, rrrr. Sonaba el maldito frigerador constantemente. Gritamos y gritamos pero nada, aquellas paredes metálicas estaban hechas para que no pudiéramos pedir auxilio. —j***r Giselle, ¡¿quién te manda tropezar?! —¿Perdona? Ahh, así que yo soy la culpable —zarandeé los brazos incrédula a tal absurda hipótesis. —Tú misma lo has dicho. Enfadada comencé a buscar algo de comida que se pudiera consumir congelada. Por supuesto que descarté de inmediato las Coca-colas. No había más que marisco, carne o verduras. —¿Quieres quedarte quieta? Me estás estresando. Frunci la mirada declarando el buen humor que tenía. —¿Es que no lo entiendes pedazo de idiota? Si me quedo quieta me congelare de frío. Logan se sacó un mechero de la chaqueta y se encendió un cigarro. ¡Estupendo! Lo que me faltaba,

