Escuela

2170 Palabras
El agua cae y cae en mi cabeza, tan fría que cala mis huesos como cuchillos cayendo desde arriba, pero lo prefiero. Prefiero sentir ese frío profundo y desgarrante que entumece mi piel, poder concentrarme en el, y no en las pesadillas de gritos y dolor que me trajeron aquí en primer lugar, huyendo, siempre huyendo. Puedo sentir a mamá en la cocina, sus pasos apresurados, ya preparando el desayuno. Esa es su defensa, la acción, siempre en movimiento, nunca parar, si lo hace, estoy segura que la atacarán los recuerdo y las pesadillas como lo hacen conmigo cada día, cada noche. Por eso no se detiene, por eso no puede detenerse. Aunque en cierto modo, la envidio, su forma de defensa es mucho más sana que la mía. Termino de cerrar la ducha y, sin molestarme en envolverme en una toalla, salgo de ella, parandome frente al espejo y simplemente mirándome, mirando sus rasgos en mi. El cabello oscuro como el carbón, está demasiado largo ahora para mi gusto, pero es perfecto para ocultarme, algo que frecuentemente necesito. Mis ojos, del ambar más extraño, casi parecen rojos bajo ciertos tonos de luz, o oscuridad. Y por supuesto el lunar, en un perfecto círculo oscuro bajo mi ojo izquierdo, exactamente en el mismo lugar que el suyo, haciendo imposible no verlo cuando lo miro. Por lo que parecen horas solo me quedo ahí, completamente desnuda, calada hasta los huesos, viendo el agua helada abandonar lentamente mi cuerpo gota tras gota, muriendo de frío pero sin buscar algo para calentarme, solo mirando esas marcas. Esas que antes tanto honor y alegría me producían, pero que ahora se sienten solo como otro estigma con el que cargar, otro recordatorio constante, como si no hubiesen tantos ya. Cuando logro apartar la mirada de mi reflejo, que cada día se siente menos mío, cojo una toalla y me seco con rápidos movimientos bruscos. Como siempre intentando inconscientemente borrar de mi piel lo que no puede ser borrado por nada ni por nadie. Su sangre. Para cuando termino, mi piel se siente en carne viva, pero solo eso, ese pequeño sacrificio diario, me permite seguir cada día. La mera ilusión de purgar su esencia de mi de alguna forma haciendome posible el respirar mejor, solo un poco al menos. Rápidamente me visto, unos viejos jens desgastados, una blusa gris azulada de mangas largas con sudadera oscura con capucha y unas botas bajas de cuero n***o. Me dejo el pelo suelto y sin secar, damasiado desesperada por alejarme cuanto antes de ese espejo que me devuelve la mirada con burla hiriente. Salgo a paso rápido de mi habitación hacia la cocina. Nada más bajar el último escalon escucho el suave tarareo de mi mamá. Efectivamente está preparando el desayuno. Sus pasos una rapida sucesión hiendo de un lado para el otro en el pequeño espacio. La madera vieja cruje ante mis pasos, lo que avisa de mi presencia a mi enajenada madre, que detiene sus movimientos bruscamente. Como un coche de la fórmula 1 ante una anciana con muletas en medio de la pista. - Buenos días cariño ¿que tal dormiste? - murmura con una sonrisa tensa mientras continúa sus rápidos movimientos con la espátula. No paso por alto la tensión en sus hombros y voz, ni la forma en que disimuladamente no mira mis ojos cuando me habla. Pero tristemente ya es una costumbre en nuestra relación, y como ninguna quiere hablar del motivo, simplemente seguimos así. Murmuro una respuesta mientras arrastro mis pies hacia mi asiento habitual en la vieja mesa de madera en el centro, observando lo que la llena hasta los bordes. Quien lo viera pensaría que aquí desayuna una gran y numerosa familia, cuando en realidad sólo somos mamá y yo. Sin contar a Mufasa claro, nuestro pastor alemán que ahora mismo se está dando un festín afuera en el jardín trasero, las sobras de ayer en la noche, a las que pronto se les unirán éstas. Aparto la mirada rápidamente de su peludo cuerpo, empujando hacia abajo las emociones que despierta su precencia en mí cada vez que me descuido. Usualmente no lo miro mucho, siempre intento mirarlo poco pues trae demasiados recuerdos del pasado, cosas que yo no debo recordar. Siempre que sea posible no hacerlo, o evitarlo lo más posible al menos, lo hago. Esa es parte de mi defensa autodestructiva, e irónicamente, es la más sana. En cuanto pone el plato frente a mi comienzo a devorar mi desayuno, tortitas y huevos revueltos, en el protocolario silencio de cada día. Siento y escucho su suspiro desde mi lugar, pero como de costumbre no actuó en consecuencia. Antes solíamos ser muy unidas, pero supongo que las cosas sin decir día tras día pesan más de lo que imaginamos, y han creado este enorme espacio, este enorme vacío inexpugnable entre las dos, que ninguna tiene fuerzas suficientes para superar, ni tiempo tampoco en realidad. Mamá trabaja casi las mismas horas que yo estudio, y probablemente este sea el único momento del día que en realidad estamos juntas en una habitación. Dado que cuando llega es demasiado tarde para encontrarme despierta, o más bien, no intentando dormir mientras me acosan las pesadillas. Asi que seguimos así, atrapadas en el tiempo y sus fantasma, sin poder escapar de los recuerdos que nos asolan con solo mirarnos a los ojos. Disimuladamente la miro por sobre mis pestañas. Para mi es especialmente doloroso hacerlo pues no hay un solo rasgo en mi que le pertenezca. Su cabello no es oscuro como cuervos góticos, sino de un rubio claro tan radiante como el sol al que ni siquiera las canas que empiezan a llenarlo quitan belleza y luz. Su piel es impoluta, blanca y sin manchas, al menos ninguna visible. Pero lo más doloroso son sus ojos, esos que no se hace cuanto no me devuelven la mirada. Mientras los míos parecen salidos del infierno, con ese tono rojizo casi demoníaco. Los suyos rebosan luz incluso bañados de tristeza, con el azul más claro que he visto jamás. Es triste pensar que esa luz tan única y especial, esa belleza tan llamativa y singular, fue lo que la condenó, a ambas. Me concentro en terminar lo que queda de mi desayuno rápidamente para alejar mi mente de ese carril de pensamiento tan peligroso para mi. Termino en un tiempo record y me apresuro a salir, despidiendome de ella con un gesto de la mano, que devuelve de igual forma, aún con la boca llena. Entonces me encamino hacia mi camino a la escuela, mejor conocida como el purgatorio de mi existencia. Solo he dado unos pasos cuando siento unos pasos suaves y danzarines tras de mi, lo que me anuncia la llegada de Jules. No lo planeamos pero siempre nos vamos juntos a la escuela, desde que éramos niños. Jules se molesta cuando digo que somo amigos por conveniencia de las circunstancias, pero es cierto. Despues de todo éramos los dos bichos raros de la clase, los parias, y lo seguimos siendo. Él por su sexualidad, que desde muy joven descubrió, acepto y defendió contra todos, incluyendo a sus padres. Cosa que obiamente le gano muchos problemas, siendo este un pueblo tan chico. Y yo pues... yo por ser yo, supongo. - ¿Sabías que Jonah me pidió salir? Hago una mueca ante su tono acaramelado y feliz, se bien como termina cada vez que escucho eso, y no es bonito precisamente, nada en este lugar lo es, excepcion de Jules probablemente. - ¿Jonah, el mismo chico que está saliendo con Sharon Madds? Jules es un chico muy enamoradizo e inocentemente ingenuo desde que le conozco. Incluso toda la mierda que le ha tocado no ha logrado endurecer su corazón, que estoy casi 100% segura esta hecho de azúcar y miel. Siendo de los pocos gays declarados abiertamente en este pueblo, no solo es bastante juzgado y maltratado por todos los idiotas homofobos y machistas del lugar. Sino que además algunos cobardes lo usan como su juguetito s****l secreto, demasiado asustados por las terribles consecuencias que trae en un lugar tan pequeño como este hacer algo asi en la palestra pública. Parecido a lo que ocurre con mi madre, Jude es mi reflejo contrario total. Donde yo soy colores neutros, ropa sencilla, y alma melancolicamente oscura, llena de traumas la mayor parte del tiempo. Jules es todo sonrisas, luces y colores brillantes. Con su pelo a lo BTS decolorado de todo tipo de colores chillones, ropa llamativa y a la moda llena de colores brillantes, y una aptitud siempre positiva y alegre ante los golpes más duros de la vida, que son muchos, sobre todo para personas como nosotros. Es sin duda alguien admirable, aunque no es como si se lo dijera mucho. - Dice que es por las apariencias, pero en verdad quiere estar conmigo Ali - frunce los labios de la forma más tierna con fingido enfado. Resoplo - Claro, como eso no es lo que todos te dicen. Jules sige sonriendo ante mis palabras secas y sarcásticas, mi lenguaje del amor según él. Nunca se toma a mal nada de lo que le digo. Él siempre dice que el destino nos unió para ser la fuerza del otro, y complementarnos mutuamente. Asi como para protegernos las espaldas, y yo le creo. Al menos en esos pocos momentos en los que me permito creerlo, esos momentos donde necesito pensar que no estoy sola en el mundo. Esos momentos donde me es necesario creerlo para poder sobrevivir un día más sin derrumbarme por completo. Pronto estamos frente a la gran puerta enrrejada del colegio, que con su estilo gótico y aura de ultratumba más da la impresión de ser una prisión de alta seguridad que un centro estudiantil. Aún más para Jules y para mi. - Y llegamos al infierno - suspira Jules dramáticamente - siempre fresco en verano y en invierno. Casi logro sonreír ante la broma de Jules, tan ingeniosa como siempre. Pero el peso oscuro en mis hombros me lo impide antes de que siquiera pueda levantar las comisuras de los labios, quedando solo en un ligero temblor, una mueca como mucho. Si Jules se percata de mí pequeño momento depresivo no dice nada, nunca lo hace. Como todos en este maldito pueblo conoce la historia, mi historia. Pero a diferencia de todos los demás, excepto mamá, nunca ha parecido juzgarme por eso. Ni recordarlo cada vez que me mira a la cara, y mucho menos cuchichear a mis espaldas cosas que no entiende, que nadie entiende, ni entenderan jamás. Quizá por eso aún lo conservo cerca, quizá por eso, en contra de mis propias reservas, incluso lo aprecio. Nos separamos en la entrada con un ligero apretón de manos, un ligero confort antes de la tortura. Y cada uno nos vamos por nuestro lado. Antes estábamos en la misma clase, pero recientemente en la última reorganización de alumnos nos pusieron en clases separadas. Algo que realmente me golpeó la verdad. No había notado cuanto me ayudaba su precencia a superar el día a día aquí hasta que ya no lo tuve conmigo, hasta que tuve que resistir a las malditas hienas que reinan aquí completamente sola. La culpa es un sentimiento horrible y consumidor que desgarra tu vida de a poco cada día. Pero que la gente te culpe, te juzgue y recrimine constantemente por lo que ya te autocastigas tú mismo, es un infierno aparte muy especial. Y ese es mi infierno personal. Como cada día Sharon Madds me ve nada más acercarme al aula, es casi como si tuviese un GPS diseñado especialmente para encontrarme nada más pisar el instituto. Desde lejos puedo ver con una claridad escalofriante su odio sin filtros hacia mi reflejado en sus rasgos de reina del insti polioperada. Con su cabello rubio extra cuidado, los ojos azules que probablemente son lo único natural en ella, y el uniforme de las porristas que parece estar cosido a su cuerpo. Sharon es el estereotipo más cliche que puede existir y lo muestra con orgullo. Su rencor y su desprecio se sienten siempre tan viscerales que parecen cortar con su sola mirada en mi piel. Se que ya esta pensando en sus planes de tortura para hoy por el brillo sádico que ilumina sus ojos al pasar junto a ella para entrar en el aula. Lo cual nunca deja de ser irónico, dada la razón por la que me tortura desde que la conozco. Otros en mi lugar quizá sintieran la necesidad de golpear en respuesta a las burlas y acoso odioso constante. Por ejemplo usando la información de que a su chico le interesa más mi amigo que su estúpido culo arrogante. Pero nunca golpeó en respuesta, nunca me defiendo de nada, porque en el fondo siento que me lo merezco, en el fondo se que me lo merezco. Nadie es capaz de castigarme más de lo que yo mismo lo hago.
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