Máximo no pudo ocultar su sorpresa cuando la vio y frunció el ceño. —¡Señora Mirella, bienvenida! Pase, por favor —dijo él, intentando mantener la compostura. —Usted... este lugar... —comenzó a decir ella, pero las dudas se reflejaron en su rostro antes de poder terminar la frase. Él se apresuró a aclarar: —Sí, esta es mi casa. Esmeralda es mi madre. —¡Me sorprende, para ser honesta! —respondió ella, levantando una ceja. —¡Vaya, qué casualidad! —comentó Máximo con una sonrisa. —Mi madre la está esperando dentro. Pase, por favor —añadió él, cediendo el paso. Mirella dejó su sorpresa a un lado y caminó por el pasillo. Al entrar en el salón, sus ojos se dirigieron hacia una mujer sentada en un rincón. La reconoció de inmediato: era la señora Esmeralda, elegantemente vestida, de median

