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Embarazada en apuros

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Descripción

Mirella Cariani, una joven médica atrapada entre las obligaciones familiares y sus propios sueños, asiste a la inauguración de un hotel de su familia. Allí, su prima Bianca, siempre celosa y manipuladora, le da un cóctel que la deja desorientada. Al día siguiente, Mirella despierta en una habitación de hotel junto a Fabrizio Accardi, el hijo de los socios de su familia, sin recordar cómo llegaron ahí. Este incidente cambia sus vidas para siempre.

Mirella descubre que está embarazada, lo que desata un torbellino de conflictos con su familia y la de Fabrizio, quienes insisten en un matrimonio apresurado para proteger su reputación. Aunque ninguno de los dos desea casarse, acceden a un acuerdo: mantener las apariencias y separarse después del nacimiento del bebé. En medio de esta crisis, Mirella lidia con la traición de Bianca, el dolor de perder a su novio Carlo, y la presión de cumplir con las expectativas familiares.

Mientras Mirella y Fabrizio se adaptan a su forzada convivencia en el extranjero, comienzan a surgir tensiones, pero también momentos inesperados de comprensión. A medida que se enfrentan a los retos de su nueva realidad, ambos descubren que, a pesar de las circunstancias, están más conectados de lo que imaginaban.

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Una noche con un extraño
La joven miró el reloj después de despedir a su último paciente y quitarse la camisa del uniforme. Se había hecho tarde, y sabía que a su familia no le iba a gustar. Ese día era muy importante para los Cariani: inauguraban un nuevo hotel. Este evento, de gran relevancia para su carrera, reuniría a los empresarios más influyentes de Nueva York. Tras organizar su ropa y agarrar su bolso, subió al coche y condujo hacia su casa. Al entrar a la sala, todo el mundo estaba en un caos de prisa. Mientras Mirella subía las escaleras, procurando no ser vista, escuchó el grito de su madre. —¡Mirella! ¿Todavía no estás lista? —la voz de su madre sonaba cargada de irritación. —¡Acabo de llegar del hospital, mamá! —respondió con angustia. Estaba agotada y solo quería dormir. La idea de estar horas de pie con esos tacones y ese vestido incómodo la hacía sentir aún más cansada. —¡Bianca salió hacia el hotel hace casi dos horas! —intervino sarcásticamente Nerina, su cuñada. Mirella no pudo evitar replicar: —¡Si estuviera tan desocupada como Bianca, también habría ido hace rato! Pero, gracias a Dios, tengo un trabajo que atender, tía —dijo, y sin más, subió a su habitación. Nerina siempre era igual, buscando cada oportunidad para elogiar a su hija, quien, según Mirella, era tan inútil. Acostumbrada a estos comentarios, Mirella respondió lo necesario y se retiró. Después de una ducha caliente, sacó del armario el vestido que su abuela había elegido para ella y se lo puso. Tras terminar los últimos detalles, bajó las escaleras. Al llegar a la puerta del hotel, el personal los recibió con sonrisas amables. Entraron al lugar, y Mirella, al observar a su alrededor, supo que sería una noche interminablemente aburrida. Hombres en trajes oscuros y mujeres con vestidos elegantes y ostentosos llenaban el salón. No era un ambiente que disfrutara; ella prefería los momentos de diversión y desenfado. Si sus amigos estuvieran allí, tal vez podrían sacarle algo de provecho a la velada, incluso en un lugar así. —¡Señorita Mirella, su mesa está por allá! —anunció un encargado con una sonrisa, guiándola hacia el área destinada a las familias importantes. En esa sección, además de los Cariani, también estaban los Accardi, amigos y socios de la familia. Mirella los saludó brevemente antes de acomodarse en su asiento. Ignorando las miradas curiosas de los demás, dirigió su atención al frente, donde su abuela, la señora Delicia, daba un discurso. Delicia era una mujer de gran inteligencia y experiencia, que manejaba las situaciones con habilidad. Por eso, Mirella siempre había sido comparada con su abuela, quien, además, la tenía como su nieta favorita. Al finalizar el discurso, los aplausos llenaron la sala. En medio de todo, apareció Bianca, su prima, con una actitud que a Mirella le resultaba sospechosa. —¡Oh, mi querida prima también está aquí! —exclamó Bianca con falsa alegría, entregándole una copa de cóctel y plantándole un beso ruidoso en la mejilla. Mirella levantó una ceja, desconfiada. Entre ellas no existía esa supuesta cercanía. De hecho, la mayor parte del tiempo discutían por tonterías. —¿Qué estás tramando ahora? —preguntó Mirella con frialdad. —¡Ay, Mirella, qué mal hablas de mí mientras yo solo intento romper el hielo entre nosotras! —respondió Bianca con fingida indignación. —Justo ayer casi me arrancabas la cabeza por una bolsa. —¡No puedes aferrarte a esas cosas, Mirella! Anda, ¡bébete esto! —insistió, señalando la copa. Mirella la observó con incredulidad, tratando de descifrar sus intenciones. Bianca siempre tenía un motivo oculto detrás de sus acciones. Sin darle importancia, Mirella sostuvo el vaso en alto y lo dejó pasar. * Ya entrada la noche, los invitados comenzaron a retirarse, dejando el salón cada vez más vacío. Sin embargo, Mirella se sentía extraña, atrapada por sensaciones que no lograba comprender. Después de beber el cóctel que Bianca le había dado, algo en su cuerpo no estaba bien. Se sentía mareada, pero al mismo tiempo, eufórica. No tenía ganas de dormir, sino de bailar como si no existiera el mañana. En medio del salón, Mirella comenzó a hacer movimientos torpes, llamando la atención de todos los presentes. Su abuela, la Sra. Delicia, no tardó en notar el espectáculo y frunció el ceño con evidente molestia. —¿Qué le pasa? ¿Qué está haciendo? —preguntó con preocupación. Bianca, siempre rápida para manipular las situaciones, intervino con su habitual teatralidad: —Creo que ha estado bebiendo demasiado. Se lo advertí muchas veces, pero no me hizo caso —dijo, intentando una vez más ensalzar su imagen a costa de hundir a Mirella. Pero en el fondo, todos conocían el carácter real de ambas. La Sra. Delicia no perdió tiempo y dio órdenes claras: —Giada, hay prensa afuera. Lleva a tu hermana a una de las habitaciones de arriba y que descanse ahí un rato. No quiero más escenas. Giada, obediente como siempre, tomó del brazo a Mirella, que apenas podía mantenerse en pie, y la guió hacia el ascensor. —Okay—respondió rápidamente, procurando no atraer más miradas mientras arrastraba a su hermana. Sin embargo, cuando estaban a punto de subir, Bianca apareció para interrumpirlas. —¡Giada, mi tío te está llamando! —dijo con urgencia fingida. —¿Qué pasó? ¿Qué quiere? —preguntó Giada, visiblemente confundida. —No lo sé, pero dijo que era urgente. Necesita hablar contigo ahora mismo. Giada titubeó, pero decidió cumplir con el supuesto llamado. —Está bien, llevaré a Mirella a la habitación y luego voy. —No, no, no. Dijo que era urgente. No lo hagas esperar. Si quieres, yo puedo llevar a Mirella. Giada frunció el ceño, dudando de las intenciones de Bianca. —¿Tú? ¿Estás segura? —¡Ay, por favor, solo quiero ayudar! Además, no quiero que se moleste. Anda, ve, yo me encargo. Finalmente, Giada cedió. —Pues bien, llévala tú. Pero hazlo rápido, Bianca. Bianca asintió con una sonrisa triunfal y llevó a Mirella a una de las habitaciones del hotel. Una vez dentro, casi la arrojó sobre la cama con descuido. El cuerpo de Mirella se hundió en el colchón, inmóvil. Sentía su mente nublada, mientras su estómago y su cabeza daban vueltas sin control. —¡Mirella! Vamos, bébete esto —dijo Bianca, ofreciéndole un vaso de agua con voz aparentemente dulce. Mirella murmuró algo incomprensible, abrazó una almohada y se giró hacia el otro lado. —¡Vamos, tienes que beberlo! Te hará sentir mejor —insistió Bianca, enderezándola por la cintura para obligarla a beber el agua. Tras asegurarse de que Mirella tomara lo suficiente, Bianca inspeccionó rápidamente la habitación. Satisfecha con su obra, salió riéndose entre dientes, dejando a Mirella sola en la penumbra. La joven, tendida en la cama, comenzó a experimentar sensaciones desconocidas. Aparte del mareo, un calor intenso invadía su cuerpo, como si su sangre ardiera. Se removía inquieta, incapaz de quedarse en un solo lugar, mientras una risa inexplicable escapaba de sus labios. Un extraño deseo la dominaba, encendiendo un fuego en su interior que no podía ignorar. De repente, la puerta de la habitación se abrió, y un hombre joven y apuesto entró tambaleándose, claramente afectado por el alcohol. Con pasos desordenados, llegó hasta la cama y, sin dudar, se dejó caer junto a ella. Se quitó la corbata con torpeza, soltando un suspiro de alivio. Mirella lo miró y no pudo evitar reírse de su estado. —¿De qué te ríes? —preguntó el joven con una sonrisa ladeada. —¡Estás... estás borracho! —dijo ella entre risas, intentando mantener la cordura. Él alzó una ceja, divertido, y pasó suavemente su mano por la mejilla de Mirella. Sus ojos se encontraron, llenos de una chispa inexplicable. —Como si tú estuvieras mejor que yo —replicó con voz baja. Antes de que Mirella pudiera responder, los labios del joven se encontraron con los suyos en un beso intenso. Su actitud la dejó sin palabras, pero, lejos de resistirse, se dejó llevar por el impulso que ardía dentro de ella. El joven comenzó a quitarle la ropa, y Mirella no hizo nada para detenerlo. Su cuerpo respondió con ansias. Minutos después, ambos estaban desnudos, sus cuerpos entrelazados en la oscuridad. Sus respiraciones se mezclaban, llenando la habitación con una atmósfera cargada de deseo. * El joven despertó de madrugada con un fuerte dolor de cabeza que le perforaba las sienes. Se estiró perezosamente en la cama y, al echar un vistazo a la habitación, soltó una maldición entre dientes. —¡Carajo! —murmuró, sin entender qué hacía allí. La confusión en su rostro se intensificó cuando notó que, bajo su brazo, yacía una chica desnuda, abrazándolo con fuerza. Su mente comenzó a correr en círculos. ¿Quién era esa chica? ¿Qué hacía allí? ¡Y lo más importante, qué rayos había pasado esa noche! Por más que lo intentaba, no podía recordar nada. Con cuidado de no despertarla, se levantó de la cama. Se vistió con torpeza, recogiendo las prendas que había dejado tiradas por el suelo. Mientras abrochaba su camisa, trataba desesperadamente de hacer memoria. Antes de salir, sacó algo de dinero de su bolsillo y lo dejó sobre la mesita de noche, un gesto automático, casi rutinario. Fue entonces cuando la chica comenzó a moverse. Al verla dar señales de despertar, su corazón dio un vuelco. La sangre le subió a la cabeza al reconocer su rostro. No era cualquier chica. ¡Era Mirella Cariani! La hija de los socios de su familia, los Cariani, con quienes llevaba años de relación empresarial. ¡Esto no podía estar pasando! Fabrizio Accardi se frotó los ojos con desesperación, intentando convencerse de que se trataba de un error. Pero no, era ella. Era definitivamente Mirella. ¿Cómo había pasado algo así? Apenas si habían intercambiado un par de palabras en todas las reuniones familiares y de negocios. Mientras él seguía enredado en sus pensamientos, Mirella abrió los ojos lentamente. Se estiró en la cama, aún adormilada, pero al ver a Fabrizio parado frente a ella, un shock recorrió todo su cuerpo. Sus ojos recorrieron la habitación rápidamente. Cuando se dio cuenta de que estaba desnuda, se cubrió instintivamente con el edredón, con el rostro enrojecido de vergüenza y confusión. —Tú... —balbuceó, intentando procesar lo que veía. Frunció el ceño, tratando de recordar algo, cualquier cosa. Pero su mente estaba completamente en blanco. Cada pensamiento que intentaba formar se deshacía antes de tomar forma. —¿Qué está pasando? ¿Qué haces aquí? ¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo llegué aquí? —preguntó, casi en un susurro, con la voz rota. Fabrizio, igual de confundido, negó con la cabeza. —No lo sé —respondió, pasándose la mano por el cabello. —¡¿Qué quieres decir con que no lo sabes?! ¡¿Tú me trajiste aquí?! ¿Qué me hiciste? —preguntó ella, al borde del pánico. —¡No digas estupideces! ¿Por qué iba a traerte aquí? Yo tampoco sé qué pasó. Mirella comenzó a respirar agitadamente. Las lágrimas asomaban en sus ojos, y un torbellino de pensamientos la atormentaba. —¡Esto no está pasando! ¡No puede ser cierto! No pasó nada entre nosotros, ¿verdad? ¡Dime que no pasó nada! —preguntó desesperada, casi rogando. Fabrizio bajó la mirada, inseguro. —No lo sé... No recuerdo nada —admitió con frustración. Mirella sacudió la cabeza, negando con fuerza. —¡No pasó nada! ¡No pasó nada! —repitió, tratando de convencerse a sí misma. Pero una inquietante duda se apoderó de ella. Tomó aire profundamente y, con manos temblorosas, levantó la sábana. Lo que vio confirmó sus peores temores. Una mancha reveladora en la cama lo decía todo. El mundo se le vino abajo. En cuestión de segundos, las lágrimas brotaron de sus ojos. Un sollozo ahogado escapó de su pecho mientras se llevaba las manos a la cara. Su novio Carlo apareció en su mente como un destello, llenándola de culpa. Aunque él no lo supiera, lo había traicionado. Y esa verdad la destrozaba. Fabrizio la observaba en silencio, incómodo y lleno de remordimientos. No era su estilo quedarse a lidiar con este tipo de situaciones, pero no podía irse. No cuando se trataba de Mirella, la hija de los socios de su familia. Todo esto era un desastre, y no tenía idea de cómo manejarlo. Finalmente, Mirella se levantó de la cama, con el cuerpo entumecido y el corazón roto. Cogió su vestido y la ropa interior del suelo y se dirigió al baño. La cabeza le dolía terriblemente, y el ardor en su ingle no hacía más que recordarle lo ocurrido. Frente al espejo del baño, dejó que el agua fría calmara sus ojos rojos e hinchados. Luego, se vistió y salió. Fabrizio seguía allí, sentado en la cama con la cabeza entre las manos, perdido en sus propios pensamientos. Al verla salir, se puso de pie, dio un par de pasos hacia ella y detuvo su avance. —¡No sé qué decirte! Tampoco recuerdo nada —comenzó a explicar, con un tono de culpa. Pero Mirella no quiso escucharlo. Levantó una mano, pidiéndole silencio. Sin pronunciar palabra, giró sobre sus talones y salió rápidamente de la habitación, sin siquiera mirarlo a los ojos.

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