La ruptura

2091 Palabras
Nada más salir del hotel, Mirella llegó a su casa y se metió a la ducha de inmediato. Como era temprano, en su hogar todos aún dormían. Mientras el agua corría, intentaba poner en orden sus pensamientos, pero estaba perdida. La última vez que había visto a Fabrizio fue en la inauguración, donde él estaba atendiendo a los invitados. No lograba entender en qué momento habían subido juntos y terminado acostados. ¿Qué haría Carlo si se enteraba de todo esto? Ella sabía perfectamente la respuesta. Se iría. Definitivamente se iría. Carlo, que se volvía loco de celos con solo ver a otro hombre cerca de ella, jamás podría soportar enterarse de que su novia había estado con alguien más. Durante horas, su mente no dejó de darle vueltas a estos pensamientos. * —¿En qué humor estabas ayer, Mirella? ¡Cuántas veces te he advertido que no bebas en esos ambientes! ¿Cuándo vas a hacerme caso, mi nieta? —demandó la señora Delicia mientras desayunaban. —No bebería si tú me escucharas —aprovechó Bianca para lanzarle un comentario a su abuela, todo mientras se llevaba el tenedor a la boca. —¡¿De qué sigues hablando, Bianca?! Me puse así por el maldito cóctel que tú me diste. ¡Yo no bebí nada más! —espetó Mirella, visiblemente molesta. Claro que lo recordaba: Bianca le había dado aquel trago a propósito. Poco a poco, las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en su mente. —Lo hiciste a propósito, ¿verdad? ¡Todo para humillarme! —Mirella la encaró con firmeza. —¡Bebe y bebe y luego me calumnia! ¿Acaso no ves? Yo no te obligué a tomarlo. Además, ni siquiera era una copa fuerte, exageras —se defendió Bianca, pasando rápidamente a la ofensiva. —¡No mientas! ¡No mientas! —gritó Mirella, furiosa. —¡Cállense las dos! ¡Lo que sea, Mirella! ¡Otra vez no! —interrumpió la abuela, intentando zanjar el tema antes de que la discusión se saliera de control. Conocía muy bien el carácter de Bianca y sabía de lo que era capaz. —Me voy. ¡Disfruten la comida! —dijo Mirella, levantándose de la mesa de golpe. De todas formas, no podía digerir ni un bocado; la confusión y la vergüenza le carcomían por dentro. —¿A dónde vas, Mirella? ¡No has comido nada! —la llamó su abuela, preocupada. —¡Estoy llena! —respondió angustiada mientras se marchaba. Esa mañana, la escena de lo ocurrido no dejaba de repetirse en su mente. No podía evitar sentirse avergonzada cada vez que cruzaba la mirada con su familia. * Mientras Fabrizio se alistaba para ir a la empresa y salía de su casa, fue interceptado por su madre. —Hijo, si vas a comenzar con tus prisas, al menos ayúdame con algo. Necesito un favor. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó él, impaciente mientras buscaba las llaves del auto. —Voy al hospital a recoger unos análisis. ¿Podrías llevarme de camino? —dijo ella con tranquilidad. —¿Al hospital? ¿Te sientes mal o qué? —preguntó Fabrizio, algo preocupado. —No te preocupes, hijo. Es solo que hoy me entregan los resultados. Nada serio. —Bien, vamos. —Dicho esto, abrió la puerta del auto para que su madre subiera. Luego se acomodó en el asiento del conductor y partieron rumbo al hospital. Después de media hora de trayecto, llegaron al lugar y se dispusieron a esperar su turno. Cuando finalmente llamaron a la señora Hazel, ambos se dirigieron hacia la sala del médico, pero Fabrizio se detuvo en seco al leer el nombre en la puerta. "Mirella Cariani." Sus cejas se fruncieron. En ese instante, el recuerdo de aquella mañana lo golpeó de lleno, y una sensación extraña le recorrió el cuerpo. No se sentía capaz de mirar a esa chica a los ojos. —Mamá, si quieres entrar sola, no hay problema. Yo puedo esperarte aquí afuera —le dijo, tratando de disimular su incomodidad. —Ay, hijo, ¿cómo crees? Ya llegaste hasta aquí. No seas ridículo. Anda, ven conmigo —insistió su madre con firmeza. Fabrizio suspiró profundamente, resignado, y siguió a su madre hacia la sala del médico. * Mirella levantó la cabeza de los documentos que tenía frente a ella y saludó a la señora Hazel con una sonrisa amarga. En el instante en que iba a decir: "Bienvenida, Hazel", las palabras se le atoraron en la garganta. Su voz enmudeció. Allí, frente a ella, estaba el hombre con el que había pasado la noche anterior. Sus ojos se abrieron de par en par, y una oleada de calor le recorrió el cuerpo. Sus manos temblaban, sus pies parecían atados, y no sabía cómo reaccionar. Al encontrarse cara a cara, la tensión era evidente para ambos. Fabrizio también sintió un calor repentino que lo descolocó. Mientras se miraban, completamente perplejos, Hazel notó la atmósfera cargada entre ellos. Pensó que era atracción mutua y, complacida, decidió intervenir. —Este es mi hijo, Fabrizio, Mirella querida. Aunque parece que ya se conocen, ¿no? Después de todo, somos compañeros de trabajo —dijo la señora Hazel, sonriendo con dulzura. Claro que se conocían. Habían pasado toda la noche juntos. ¿Cómo podría olvidarlo? Mirella recordó, con un nudo en la garganta, cómo le había entregado su inocencia a aquel hombre. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero rápidamente recuperó la compostura y los interrumpió. —¡Tú también eres bienvenido! —respondió, evitando mirarlo directamente a los ojos. Se acomodó en su silla y señaló el asiento para que se sentaran. Normalmente, Mirella habría ofrecido algo de beber a la señora Hazel y charlaría con ella como solía hacerlo. Pero esta vez no era el momento. Estar tan cerca de Fabrizio la desestabilizaba, y lo único que deseaba era que se fueran cuanto antes. Tomó los resultados de los análisis y, con voz firme, se apresuró a finalizar la consulta. —Sus valores sanguíneos están dentro de los rangos normales. No veo problemas en los demás análisis. Pero debe tomar los medicamentos que le voy a recetar de manera regular, señora Hazel. No lo deje pasar como la última vez. —¿La última vez? —preguntó Fabrizio, desviando la mirada hacia Mirella. Luego, volviéndose hacia su madre, añadió: —¿No estás tomando tu medicación como corresponde, mamá? —¡Si te preocuparas un poco más por tu madre, lo sabrías! —respondió Hazel con un tono sarcástico. Fabrizio frunció el ceño, molesto. —¿Y quién te dijo que no me preocupo? —replicó con dureza. Percibiendo la tensión entre ellos, la señora Hazel intentó calmar los ánimos. —No te preocupes, Mirella querida. Mi hijo se encarga muy bien de mí —dijo con una sonrisa, tratando de suavizar la situación. Sin embargo, las miradas cargadas de resentimiento entre Fabrizio y Mirella hablaban más fuerte que cualquier palabra. Mirella, harta de la hostilidad, se volvió hacia Hazel con frialdad. —Entonces no hay problema —respondió. Tomó el papel de recetas, escribió rápidamente los medicamentos indicados y se lo entregó a la señora Hazel. Antes de que ella pudiera reaccionar, Fabrizio tomó el papel y se puso de pie. —¡Vámonos, mamá! —ordenó con un tono seco. —Hijo, ¿por qué tanta prisa? Apenas estábamos charlando con Mirella… —intentó replicar Hazel. —¡Mamá! —le interrumpió con firmeza—. ¿Este es un lugar para conversar? La señora Mirella tiene cosas más importantes que hacer. Con un gesto de resignación, Hazel se levantó murmurando algo inaudible. Se despidió de Mirella con cortesía y siguió a su hijo, que ya se dirigía hacia la puerta. Una vez acomodados en el auto, Hazel mostraba una clara expresión de descontento. Su intento de reconciliación entre los dos había fracasado rotundamente. Por su parte, Mirella, después de despedirlos, se dejó caer sobre su escritorio, presa de la angustia. Cubrió su rostro con ambas manos, tratando de contener las lágrimas que brotaban sin permiso. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Podría simplemente continuar con su vida como si nada hubiera pasado? No, sabía que eso era imposible. Pero tampoco podía enfrentarse a Carlo y contarle la verdad. * Unos días después... Mirella se levantó de la cama sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. Con pasos pesados, fue al baño y se echó agua fría en el rostro. Al mirar su reflejo en el espejo, casi no se reconoció: su aspecto era desastroso. Por dentro, se sentía igual de mal, con un peso insoportable en el cuerpo y la mente. Sacó algunas prendas del armario y se preparó para ir a trabajar. Era temprano, pero necesitaba salir de casa cuanto antes. Su única esperanza era que, al sumergirse en su trabajo, pudiera distraer su mente aunque fuera por un momento. Cuando llegó al hospital, el ritual del té y los expedientes la calmó un poco. Estaba revisando los documentos de sus pacientes cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe, haciéndola saltar del susto. Al levantar la vista, se encontró con un Carlo furioso, lleno de rabia. —¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿No te da vergüenza? —gritó, temblando de ira—. ¡¿No te da vergüenza?! Por un instante, Mirella no entendió de qué estaba hablando. Se quedó paralizada, mirando a Carlo sin saber cómo reaccionar. Pero luego, como un puñal, llegó la comprensión. Carlo sabía lo de aquella noche. La vergüenza la envolvió por completo mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas. —Carlo, escucha, no sé dónde lo oíste, pero él pensaba que... —intentó explicar, desesperada. —¡¿Qué me estás explicando todavía?! ¡Todo está clarísimo! ¡Me engañaste! —la interrumpió Carlo, estampándole en la cara un montón de fotos que llevaba en la mano. Mirella tomó una de las fotos con manos temblorosas. Al mirarla, sintió una mezcla de asco y odio hacia sí misma. Quiso que la tierra se la tragara en ese instante. Las imágenes mostraban a Fabrizio abrazándola. La incomodidad que había sentido aquel día ahora se transformaba en una repulsión insoportable hacia su propia debilidad. —Carlo, te juro que no es como parece… ¡No me acuerdo de nada! Estaba borracha… ¡Tienes que creerme! —suplicó Mirella, con lágrimas en los ojos. —¿Borracha? Ah, claro, fue un error. Perfecto, entonces, déjame olvidarlo, déjame digerirlo todo, y sigamos como si nada hubiera pasado, ¿no? —espetó Carlo con sarcasmo, su voz cargada de desprecio—. ¡Sigues dejándome en ridículo, Mirella! ¡Qué conveniente! —¡No, Carlo! ¡Te estoy diciendo que no lo hice a propósito! ¡Tienes que creerme! De verdad no sé cómo pasó… —insistió, con la voz quebrándose. —¡Basta! —gritó Carlo, su mirada fulminante—. ¡No hables más! No mereces ni un segundo más de mi tiempo. Esto se acabó, ¿entiendes? ¡No vuelvas a cruzarte en mi camino! —¡Carlo, por favor! ¡Escúchame! ¡Por favor! —le suplicó una vez más, pero Carlo no escuchó. Dio media vuelta y salió de la oficina, dejando tras de sí una puerta abierta y un rastro de furia. Su rostro reflejaba odio, ira y resentimiento, todo al mismo tiempo. Mirella cayó de rodillas, con el alma rota. Las lágrimas comenzaron a caer sin control mientras un dolor agudo le atravesaba el pecho. No entendía cómo había llegado a este punto, cómo había terminado enredada con aquel hombre. Había anticipado que Carlo reaccionaría de esa manera, pero jamás imaginó que fuera tan devastador. Ni siquiera tuvo la oportunidad de explicarse de verdad. Él simplemente había visto las fotos y sentenciado todo. Esas malditas fotos. ¿Quién las había tomado? ¿Quién podría haber hecho algo tan cruel? Mirella nunca había tenido enemigos. Siempre fue una persona amable, querida por quienes la conocían. ¿Quién estaría detrás de algo tan miserable? Por un momento, su mente se posó en Bianca. ¿Sería capaz de algo tan vil? ¿De verdad se atrevería? Aunque discutían con frecuencia, eran primas, compartían la misma sangre. Pero la duda persistía. ¿Y si sí había sido ella? Mientras pensamientos confusos la asaltaban, Mirella permaneció en el suelo, llorando desconsoladamente. Todo el futuro que había imaginado con Carlo, todos esos sueños hermosos que compartieron, ahora se desmoronaban.
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