—¡Fabrizio!— dijo ella con seriedad —. ¿De dónde sacaste lo que me contó ese imbécil? Fabrizio suspiró y se recostó contra el sofá. —¿Tú me lo dijiste? Mirella frunció el ceño. —¿Cómo? ¿Yo te lo dije?— preguntó, tratando de recordar. —Anoche...— comenzó él —. Hablabas dormida, Mirella. Dijiste su nombre. Dijiste “Máximo”, “no lo quiero”, y algo como “que no se entere Fabrizio” Ella lo miró con sorpresa. —Antes de eso, ese bastardo apareció en la empresa— continuó Fabrizio —. Canceló nuestros acuerdos sin razón, con excusas absurdas. Dijo que no quería pagar y que no confiaba en trabajar con nosotros. Era ridículo y sospechoso. Después de todo, era mi amigo desde hace años... o eso creía. Eso me dejó inquieto, y cuando te escuché decir su nombre en sueños, todo cobró sentido. Mirell

