IV

733 Palabras
Leo aguantó la respiración hasta que los pulmones le quemaron. El sonido cesó de inmediato, como si aquello que arañaba al otro lado del yeso hubiera notado su despertar. Se quedó inmóvil, con los músculos en tensión bajo el edredón, aguzando el oído para captar cualquier vibración. El mar seguía batiendo contra el rompeolas, ajeno a todo, marcando un compás indiferente. A su lado, Clara suspiró en sueños y cambió de postura, dándole la espalda. Pasaron los minutos. Diez. Veinte. Media hora. El rasguño no volvió. La razón, esa herramienta que llevaba toda su vida afilando a base de pragmatismo, empezó a tejer excusas. Ratones. Un edificio tan antiguo, expuesto a la humedad y al abandono invernal, era el refugio perfecto para los roedores. Las paredes debían estar huecas, llenas de cámaras de aire y tuberías viejas por donde las ratas correteaban buscando calor. Era una explicación lógica. Sólida. Y, sin embargo, no lograba calmar el latido desbocado en su garganta. Un ratón rasca buscando comida o salida con un ritmo frenético; el sonido que había escuchado tenía una cadencia pausada. Deliberada. La luz del amanecer tardó una eternidad en filtrarse por las rendijas de la persiana. Era una claridad grisácea, enferma, que apenas lograba disipar las sombras de los rincones. Leo se levantó con el cuerpo magullado, como si hubiera pasado la noche cargando piedras en lugar de dormir. Frotó sus ojos con los nudillos y fue directo a la cocina. Necesitaba el ritual del café. Al pasar por el pasillo, evitó mirar hacia el final, hacia la puerta de la entrada y la del trastero. Caminó con la vista fija en las baldosas. Mientras el agua hervía en la cafetera italiana, el olor metálico volvió a golpearle. Esta vez era más intenso. Ya no se limitaba al baño; parecía brotar del sumidero del fregadero, un tufo a cobre oxidado y a sangre seca que se agarraba a la garganta. Abrió el grifo del agua caliente de golpe, esperando que el chorro arrastrara la pestilencia tuberías abajo. El vapor empañó el cristal de la ventana, ocultando el cielo plomizo. El olor disminuyó, pero dejó un regusto agrio en el aire. Clara apareció en el marco de la puerta. Llevaba la misma ropa del día anterior, unos pantalones de chándal grises y un jersey enorme. Tenía ojeras marcadas, sombras violáceas bajo unos ojos que esquivaban la luz fluorescente de la campana extractora. —Huele raro —dijo ella, arrugando la nariz. —Las cañerías. Con este tiempo, los olores suben. Echaré lejía luego. Le tendió una taza de café. Clara la cogió sin rozar los dedos de Leo. Estaba fría, distante. Se apoyó contra el marco de la puerta y miró el líquido oscuro sin beber. —Ayer te oí moverte por la noche —murmuró ella. Su voz sonaba plana, carente de su inflexión habitual. —No podía dormir. Daba vueltas. —Me pareció escuchar algo más. Un ruido en la pared. El estómago de Leo se contrajo. La taza le tembló un poco en la mano antes de dejarla sobre la encimera. Optó por la mentira piadosa, la que buscaba proteger la poca cordura que les quedaba a ambos. —Ratones, casi seguro. Este bloque está lleno de recovecos. Mañana llamaré al propietario para que mande a alguien a poner trampas. No te preocupes. Clara levantó la vista. Lo miró a los ojos con una fijeza insólita. No había alivio en su expresión. Solo una quietud profunda que a Leo le resultó más inquietante que el pánico de la noche anterior. —No son ratones, Leo. Los ratones no huelen así. Sin añadir nada más, dio media vuelta y caminó hacia el estudio. El sonido de sus zapatillas arrastrándose por el parqué resonó en el silencio matutino. A las diez, la necesidad de salir del apartamento se volvió imperiosa. La falta de leche era la excusa perfecta. Leo se abrigó con un chaquetón impermeable y una bufanda gruesa. Antes de cruzar la puerta, asomó la cabeza al estudio. Clara estaba frente a la pantalla de la tableta gráfica, el lápiz digital moviéndose con una rapidez furiosa. —Voy al supermercado del pueblo —anunció él—. ¿Necesitas que traiga algo más? Ella no giró la cabeza. El rascado del plástico contra la pantalla era el único sonido de la habitación. —Clara. —No. Nada. Cierra bien al salir.
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