V

893 Palabras
La calle lo recibió con una bofetada de viento helado que le cortó la respiración. El aire olía a salitre puro, a algas arrancadas y a lluvia inminente. Caminar por la acera requería esfuerzo físico. Los bloques de apartamentos a ambos lados de la avenida parecían monolitos ciegos, con las persianas bajadas como párpados apretados. Era el único ser humano a la vista. El pequeño supermercado local estaba a cinco manzanas. Al entrar, el calor de la calefacción y la música pop enlatada que sonaba por los altavoces le parecieron un milagro. Era un pedazo de normalidad vulgar y brillante. Pasillos con latas de conservas, cajas de cereales de colores chillones, una cajera adolescente masticando chicle con la vista fija en su teléfono móvil. Leo caminó por los pasillos arrastrando una cesta de plástico rojo. Cogió dos briks de leche, un paquete de café, pan de molde y algo de carne para la cena. Quería comprar cosas cotidianas, anclajes tangibles a la rutina. En la cola de la caja, observó a una señora mayor que compraba comida para gatos. Llevaba un abrigo de lana y un pañuelo de seda en el cuello. Charlaba con la cajera sobre la dureza del invierno y la subida de la luz. Una conversación insulsa, maravillosa por su falta de trascendencia. Leo sintió el impulso absurdo de agarrar a la mujer del brazo y pedirle que le acompañara a casa, que se sentara en su sofá y siguiera hablando de facturas y del tiempo. Pagó, cogió la bolsa de plástico y salió. El trayecto de vuelta fue distinto. Con cada paso que lo acercaba al apartamento, el frío parecía calar más hondo, instalándose en los huesos. El peso de la bolsa le tiraba del hombro. Al levantar la vista hacia su edificio, un bloque cuadrado de ladrillo visto descolorido por el mar, buscó la ventana del estudio. En el tercer piso. Estaba oscura. Frunció el ceño. Clara siempre encendía la lámpara del escritorio para trabajar, incluso de día, para evitar los reflejos en la pantalla. Apretó el paso. Entró en el portal. El ascensor llevaba días fuera de servicio, con un cartel de cartón garabateado colgando de las puertas metálicas. Subió por las escaleras de granito. Sus pasos resonaban en el hueco del edificio, devolviéndole un eco solitario. Al llegar al descansillo del tercero, sacó las llaves. El metal estaba helado. Giró la cerradura. Dos vueltas. Empujó la puerta. El silencio lo envolvió antes de que pudiera dar un paso. Era un silencio denso, presurizado, como el que precede a una tormenta o el que se encuentra a varios metros bajo el agua. Dejó la bolsa de la compra en el suelo de la entrada, junto al zapatero. —¿Clara? Nadie respondió. Caminó por el pasillo. La sensación de la noche anterior volvió a golpearle con fuerza. Las proporciones estaban mal. El techo parecía haber descendido unos centímetros, oprimiendo el espacio, y la distancia hasta la cocina se antojaba absurda, como si el pasillo se hubiera estirado en las horas que había estado fuera. Sacudió la cabeza, intentando espantar el vértigo. Su propia mente jugaba contra él, sugestionada por el cansancio y el aislamiento. Se asomó al estudio. Clara seguía allí. Sentada en la misma postura, frente a la pantalla. La habitación estaba a oscuras, iluminada únicamente por el brillo frío del monitor que proyectaba sombras alargadas sobre su rostro. —Clara, estás a oscuras. Te vas a dejar la vista. Tanteó la pared y pulsó el interruptor. La luz del techo parpadeó y se encendió con un zumbido. Lo primero que vio Leo no fue a su pareja, sino la ventana. El alféizar blanco estaba cubierto por una mancha negra e irregular. Se acercó con el corazón latiendo a ras de garganta. Eran moscas. Decenas de ellas. Grandes, de caparazón oscuro y aspecto pesado. Algunas estaban inmóviles, muertas; otras se retorcían débilmente, zumbando contra el cristal helado en un intento inútil por escapar del interior de la casa. El olor a cobre en esa habitación era abrumador. —Clara, ¿qué es esto? —preguntó, sintiendo que la voz se le quebraba. Ella no le miró. Seguía trazando líneas en la tableta. Leo se situó detrás de su silla y miró la pantalla. El encargo de Clara era un cuento sobre animales del bosque. Llevaba días dibujando tejones amables y árboles de hojas redondeadas. Sin embargo, lo que ocupaba la pantalla ahora no tenía nada que ver con la ilustración infantil. Eran líneas negras. Trazos erráticos, violentos, superpuestos unos sobre otros hasta formar una masa densa y caótica. Un borrón de tinta digital que parecía hundirse en el lienzo blanco. No había forma, no había figura. Solo un rascado obsesivo de la punta de plástico sobre la superficie pulida. Scratch. Scratch. Scratch. El sonido que hacía el lápiz al golpear la tableta era idéntico al que había escuchado la noche anterior dentro de la pared. Leo le agarró la muñeca. La piel de Clara estaba helada. —Para. Para ya. Ella soltó el lápiz. El utensilio rodó por la mesa y cayó al suelo. Clara giró la cabeza muy despacio. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas hasta casi devorar el iris. Miró a Leo sin reconocerlo al principio. Luego parpadeó y el estupor pareció romperse, dejando paso a una confusión cargada de pánico.
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