VI

828 Palabras
—Leo… —susurró, mirándose la mano vacía como si no entendiera qué hacía allí—. Yo… no estaba dibujando eso. Yo estaba dibujando el zorro. Estaba haciendo el bosque. —Vale. Ya está. Ven conmigo. Sal de esta habitación. Tiró de ella con suavidad pero con firmeza. La sacó del estudio y la llevó hasta el salón. La sentó en el sofá y le puso la manta por encima. Clara temblaba de forma incontrolable. Tenía la mandíbula apretada para evitar que los dientes le castañetearan. —Ese olor —dijo ella, con un hilo de voz—. Ese olor está en todas partes. Se mete en la ropa. Se mete en el pelo. —Voy a hacer las maletas —decidió Leo. La lógica de las tuberías y los ratones había saltado por los aires. No sabía qué pasaba en ese apartamento, no entendía el origen de las moscas, ni la desorientación de Clara, pero el instinto de supervivencia básica gritaba una sola orden: huir—. Nos vamos. A un hotel en el pueblo de al lado, o volvemos a la ciudad. Me da igual. Pero aquí no pasamos ni una noche más. Clara asintió, aferrada a la manta. Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla. —Sácame de aquí, por favor. Leo dejó a Clara en el sofá y se dirigió a la habitación principal para coger la bolsa de viaje. La decisión de marchar actuó como un revulsivo. El miedo dejó paso a una energía frenética. Sacó la bolsa del fondo del armario y empezó a meter ropa sin orden ni concierto. Jerséis, pantalones, ropa interior. Lo básico. Dejarían los ordenadores y el resto del equipaje y mandarían a una empresa de mensajería a recogerlo días después. Lo importante era cruzar la puerta de entrada. Cerró la cremallera de la bolsa de un tirón. Pesaba. Se la colgó del hombro y salió al pasillo. La luz del pasillo se apagó. No fue un parpadeo. Fue un corte seco, total. La oscuridad engulló el corredor. La luz del salón, donde estaba Clara, apenas llegaba a iluminar los dos primeros metros de parqué. El resto era un túnel n***o. —¡Leo! —El grito de Clara desde el salón fue un latigazo de terror puro. —Tranquila. Ha saltado el automático. Los plomos. Voy al cuadro eléctrico. El cuadro de luces estaba justo al lado de la puerta de entrada. Al final del pasillo. Leo soltó la bolsa de viaje. Cayó al suelo con un ruido sordo que amortiguó durante un segundo el rugido incesante de la tormenta en el exterior. Avanzó un paso hacia la oscuridad. El frío le calaba a través del jersey. El olor a cobre oxidado era ahora tan espeso que casi podía saborearlo en la lengua, un gusto repugnante a sangre vieja. Extendió las manos por delante de su cuerpo, tanteando el aire, rozando la pared con la yema de los dedos de la mano derecha para no perder la orientación. El pasillo nunca había sido tan largo. Daba pasos cortos, arrastrando los pies. Cada crujido de la madera bajo su peso le sonaba a un disparo. Calculó que ya debía estar a la altura del baño. Sus dedos resbalaron por la madera fría del marco de la puerta. Siguió avanzando. El siguiente obstáculo sería la puerta del trastero, la habitación de los trastos viejos y las sábanas blancas. El silencio en el interior del apartamento era absoluto, a excepción de su propia respiración acelerada. Ya no oía el viento. Ya no oía el mar. Era como si el edificio entero hubiera sido transportado a un lugar subterráneo, vacío y estanco. Su mano izquierda, que buscaba a ciegas en la oscuridad, chocó contra algo frío y metálico. Era el pomo de latón. Estaba frente a la puerta del trastero. Retiró la mano de instinto. Sabía que la puerta estaba cerrada. Él mismo la había cerrado la noche anterior después de comprobar que no había nada dentro. Entonces, bajo la palma de su mano, sintió el movimiento. El pomo de latón estaba girando. Lenta, muy lentamente. Leo se paralizó. El cerebro le ordenó correr, gritar, apartarse, pero los músculos no respondieron. Era un espectador atrapado en su propio cuerpo. Sintió el leve clic metálico cuando el pestillo cedió. La puerta de madera emitió un crujido agudo y prolongado al abrirse hacia el pasillo. Una ráfaga de aire gélido, impregnado de un olor a podredumbre y humedad estancada, lo golpeó en el rostro. Desde la profunda negrura del interior de la habitación, una voz susurró. No era la voz de Clara. No era una voz humana. Era un roce áspero, un sonido de cartón rasgado que articuló su nombre. —Leo… La oscuridad del pasillo parecía viva. La geometría del apartamento se había roto por completo. Y aquello que había estado rascando la pared, aquello que dibujaba líneas negras en la mente de Clara, acababa de abrir la puerta.
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