—Quiero que seas tú el que me quite la ropa y me ate las manos a la cama. Primero me azotas de atrás y luego de adelante. No tengas contemplaciones, me azotas fuerte y si no lo puedo soportar te lo diré.
—Veo que tenías todo bastante planeado.
—Sí, este sábado sabré si eso realmente me apetece o no.
Finalmente llegó el sábado. Ambos estaban tensos. Leonardo por lo que implicaba cogerse a su sobrina y Alessia por saber si finalmente ser una esclava, ser azotada y finalmente follada (aunque con su consentimiento) era algo que calmaba sus ansias sexuales.
Pasada una hora del almuerzo se dirigieron al dormitorio de Alessia. Ésta cerró la puerta con llave y se la entregó a Leonardo.
—Mi señor estoy a su disposición. En el cajón de la mesa de noche encontrará unas esposas y una cuerda para lo que necesite.
—¿De dónde has sacado esas esposas?
—Las he comprado para mi amo, para que disponga de mí.
Leonardo se acercó y comenzó a aflojar los botones de la camisa, lentamente, mientras comenzaba a aparecer un corpiño de encaje blanco. Aflojó completamente la camisa y se la quitó. El corazón de Alessia latía con fuerza y el bulto en el pantalón de Leonardo comenzaba a hacer notar.
Luego se ubicó detrás de ella y comenzó a bajar el cierre de la falda que cayó alrededor de los tobillos de la muchacha. La bombacha, de reducidas dimensiones, también era de encaje dejando transparentar parte del cuerpo.
Mientras tanto Alessia permanecía inmóvil, atenta a los movimientos de su tío, que aflojó el gancho del corpiño, librando parcialmente las tetas. Así, desde atrás, pasó ambas manos sobre las tetas de Alessia, alcanzando los pezones que apretó con suavidad. Luego quitó completamente la prenda y se ubicó delante de ella.
Era la primera vez que observaba los senos de su sobrina y no pudo menos que sorprenderse. De regular tamaño, firmes, con unos pezones que ya estaban muy duros y apuntando hacia delante. Nuevamente apoyó las manos sobre los mismos y comenzó a acariciarlos. La erección se hizo más notable.
La recostó de espaldas sobre la cama y luego de quitarle los zapatos y las medias comenzó a bajarle las bragas. Grande fue su sorpresa cuando observó el coño completamente depilado, de piel suave.
—No sabía que llevabas la vulva depilada.
—Mi Señor, la he depilado para su satisfacción. Así me encuentro más desnuda y más expuesta a mi amo.
Leonardo no respondió. Pasó sus dedos por los labios vaginales que estaban húmedos y cálidos. Luego terminó de quitarle las bragas. Ahora su sobrina estaba completamente desnuda, de espaldas sobre la cama y con sus piernas ligeramente separadas. La pija de Leonardo estaba dura y con deseos de penetrar esa conchita virgen. Sin embargo debía completar los deseos de su sobrina.
Tomó las esposas y las fijó en las muñecas. Luego con una cuerda ató las esposas al respaldo de la cama mientras le indicaba que se pusiera boca abajo. Se quitó el cinturón de sus pantalones y enrollándolo en su mano derecha se dispuso a azotar el blanco y redondo culo de su sobrina.
Leonardo no pudo precisar qué fue exactamente lo que pasó por su mente, pero levantó su brazo y descargó con fuerza el trozo de cuero contra el culo de Alessia. Ella hizo el esfuerzo por no gritar y permaneció sin moverse, esperando el segundo que no demoró en dejar otra marca sobre la blanca piel. Luego llegó el tercero, el cuarto y así hasta los diez. Algunas lágrimas mojaban las mejillas de la muchacha.
—Perdóname Alessia. No sé qué he hecho. ¿Te ha dolido mucho?
—No importa. Continúa con la espalda como te he pedido. No te detengas.
Alessia había abandonado la formalidad de una esclava para expresarse con la familiaridad de una sobrina
Leonardo se dispuso a azotar la espalda de la muchacha. Nunca hubiera imaginado que él protagonizaría semejante escena. Sin embargo algo lo impulsó a nuevamente levantar su brazo para descargar un azote en la delicada espalda. Esta vez un ¡Ayyyy! Partió de la boca de Alessia.
Se sucedieron los cuatro azotes faltantes de inmediato. Quince marcas de color rojo intenso adornaban el cuerpo tendido de la muchacha. Leonardo dejó el cinturón y tomando los cachetes del culo los separó. Estuvo tentado de introducirle un dedo en el ano, pero se contuvo. Separó con sus manos las piernas para observar la concha. Estaba más húmeda que cuando comenzaron los azotes.
Sin importarle las lágrimas de su sobrina, le indicó que se volteara para dejar su pubis y tetas para ser castigadas. Alessia obedeció y se dispuso, aunque temblando, a que su tío la castigara. Los primeros cinco azotes fueron dirigido a las tetas. La buena puntería de Leonardo hizo que los cinco cayeran sobre los pezones.
Nunca supuso que podían doler tanto. Por supuesto sabía que los pezones son sensibles pero el azote sobre los mismos era un infierno. Las lágrimas corrían abundantemente sobre sus mejillas. Ahora era el turno del pubis. Su tío apuntó el castigo bien cerca del comienzo de la concha en la parte baja del pubis, allí donde se había rasurado el vello. Los ocho cayeron prácticamente uno sobre el otro, la piel escocía y no podía protegerse si calmarse aunque lo quisiera.
Sintió luego cómo le separaba las piernas y cuando abrió los ojos vio a Leonardo desnudo, con la pija dura y dispuesta verdaderamente a violarla, tal como ella había pedido. Notó la presión sobre la concha y cómo se abría paso la pija en su v****a. El himen cedió sin dificultad y poco después se percató que su v****a estaba totalmente ocupada por el grueso m*****o. Todavía llorando por el dolor de los azotes no tuvo ni fuerzas para pedir que lo hiciera con delicadeza. Las embestidas eran continuas y fuertes y no demoró en sentir el líquido caliente depositado en su interior. Aunque le resultara extraño, entre el dolor de los azotes y haber sido desvirgada, notó que llegaba al orgasmo.
—¿Estás conforme ahora? ¿Ves lo que es ser una esclava, recibir un fuerte castigo y luego ser follada? ¿Eso es lo que quieres hacer de tu vida?
—Perdóname tío. No pensé que era tan duro. Suéltame las manos.
—Aun no he terminado. Ahora no te puedes defender. Primero algunos azotes más en las piernas y directamente sobre la concha y luego te la meteré por el culo, sin preparación, para que te duela y aprendas a no ser una chiquilina tonta.
—¡No tío! Suéltame. Más azotes no. No quiero que me la meta por el c…
No pudo terminar la frase. El cinturón manejado por Leonardo estaba golpeando los muslos de Alessia. Fueron diez azotes desde la entrepierna hasta las rodillas y cinco más directamente sobre los labios vaginales. Alessia, ya fuera de sí, gritaba con desesperación y retorcía las manos para zafarse de las esposas que rodeaban sus muñecas.
Leonardo tomó su cintura con ambas manos y la puso boca abajo. Le colocó un almohadón para levantarle el culo y se dispuso a sodomizarla. Alessia ni siquiera se opuso. No tenía alternativa. Se la metería por el culo de cualquier manera. Prefirió relajar el ano para que fuera menos doloroso.
Su tío recogió semen que escapaba de su concha y lo desparramó en la entrada del ano. Luego apoyó el glande y comenzó a empujar hasta que se fue metiendo. Alessia lloraba y entre gemidos pedía que no lo hiciera. Sus ruegos no fueron escuchados y Leonardo no se detuvo hasta que la tuvo toda adentro.
—¿No querías ser mi esclava? Pues quiero cogerme a mi esclava por el culo y si sigue gimiendo y llorando luego la azotaré directamente en la concha otra vez, como se merece una esclava rebelde.
Cesaron de inmediato sus gemidos y ruegos. No tenía alternativa. Había llevado las cosas a un punto que nunca imaginó. La pija entraba y salía de su culo con naturalidad aunque con dolor. Poco después sentía el esperma que inundaba su recto.
Leonardo permaneció inmóvil hasta que, ya flácida, la pija se salió del culo de su sobrina. Se levantó, dejando a Alessia con sus manos atadas y sollozando. Salió de la habitación y cerró la puerta.
Regresó dos horas más tarde. Alessia permanecía en la misma posición en que la dejó, ni siquiera había sacado el almohadón debajo de su vientre. Ya no lloraba y se había calmado.
—Espero que lo que ha ocurrido te sirva para dejar de pensar tonterías y no quieras convertirte en esclava de nadie.
—Por favor tío, quítame las esposas.
—Sabes que una esclava no puede pedir semejante cosa. Te las quitaré si además te arrepientes de haber pensado en convertirte en esclava.
—Tenías razón. Una cosa es mirar videos y otra muy distinta protagonizarlos. Creo que me enseñaste una lección.
—Vístete. No quiero que permanezcas desnuda.
—Me duele todo el cuerpo. ¿Me dejas que me ponga solamente el pijama?
—Haz lo que quieras, pero me parece que te convendría tomar una ducha fresca y ponerte alguna crema suavizante. Tienes unas buenas marcas por todo el cuerpo.
—Sí, mira las tetas. ¿Se me irán estas marcas?
—Supongo que sí, pero espero que te duren suficiente tiempo como para que no quieras repetir la experiencia.
—Dime, ¿en la espalda también se notan las marcas?
—Sí aunque lo más notable es el culo. Parece que te he pegado fuerte y sobre la piel blanca se destacan las bandas rojas que dejó el cinturón.
—¿Te puedo pedir una cosa?