Al día siguiente, el cumpleaños de Leonardo, fue Alessia la primera en despertarse. Se levantó sigilosamente y fue en busca de la picana, el regalo que había comprado.
Cuando regresó, Leonardo se había despertado.
—Profesor, éste es mi regalo de cumpleaños. Espero que sea de tu agrado.
Abrió el paquete y encontró la caja con el instrumento de tortura.
—Compré este aparato que creo es el más completo y especialmente diseñado para torturar mujeres. Creo que podrás hacerme muchas cosas pero el módulo más interesante es el que se coloca en la v****a o el culo. ¡Me imagino lo que deben ser descargas en la concha! ¡Cómo me vas a hacer sufrir!
—Había pensado en comprar una picana para torturarte, pero algo más sencillo. Con éste sí que te escucharé gritar.
—¿Te gusta mi regalo?
—Sí, aunque eres un poco egoísta. Es algo para usar contigo.
—¿Crees que me estoy educando como esclava? ¿Estoy resistiendo mejor los castigos? ¿Estás conforme cómo me comporto como tu esclava?
—Si duda que sí. Los primeros días era impensable que podías resistir el castigo de anoche en las tetas. Tu concha, siempre húmeda y dispuesta, me satisface.
—¿Vas a usar la picana ahora?
—Primero debo leer bien el manual. Es un instrumento peligroso y hay que usarlo bien. Creo que antes de la cena tendrá una sesión con este aparato.
—¿Y no me vas a hacer nada esta mañana?
—¿Qué te gustaría que te hiciera?
—Una esclava no opina. Solamente pone su cuerpo para que el amo disponga de ella.
—Tienes razón. Voy a crucificarte y azotarte de las tetas para abajo. Me gusta verte el pubis cruzado de marcas de látigo.
Cada vez más degradada, Alessia se prestaba a seguir con esta fantasía que a instancia suya, había crecido en su tío. Los castigos eran cada vez duros, el trato más humillante y por momentos era tratada como una puta despreciable. Ella disfrutaba de su nueva condición.
La condujo a la sala y ató primero sus brazos a la parte alta de la cruz, Luego los tobillos y finalmente pasó una cuerda muy apretada que rodeaba su cintura. Alessia sentía que su concha se humedecía.
Leonardo tomó un látigo y se dispuso a castigarla. No puedo evitar una erección al ver a su sobrina indefensa, con las marcas sobre las tetas producto del castigo de la noche anterior. Entonces dejó el látigo por un momento y fue en busca de la cámara fotográfica. Quería tener una foto antes y otra después de flagelarla. Una vez hecha la primera toma, volvió a empuñar el látigo.
Leonardo se había acostumbrado a azotar a Alessia cada vez más fuerte, dejando sobre su piel verdugones cada vez más notables y no se conmovía por los gemidos o gritos de la esclava. Así fue que levantó el látigo y los descargó unos diez centímetros debajo del ombligo. El dolor de la muchacha fue realmente grande y un profundo gemido partió de su garganta. Leonardo, satisfecho con este primer azote, levantó nuevamente el látigo, descargándolo apenas debajo de las tetas.
Los dos siguientes fueron dirigidos a la parte aja del pubis, apenas por encima de la concha. Ahora Alessia no podía contener las lágrimas. No recordaba haber recibido azotes tan dolorosos y no sabía cuándo su ahora verdugo, iba a detener el castigo. Se sucedieron los siguientes 20 azotes desde los muslos hasta apenas por encina del ombligo. El rostro de Alessia estaba desencajado del dolor, las lágrimas corrían presurosas por sus mejillas y los gemidos se alternaban con los espasmos del llanto.
Finalmente cesaron los azotes. Leonardo se acercó y pasó su mano entre las piernas de su sobrina hasta alcanzar la concha y logró introducir una falange en la v****a.
—Estás más húmeda que una puta. Te habrán dolido los azotes, pero te has calentado como hembra en celo. Lo dicho, eres una puta.
Alessia asintió con la cabeza. La humillación a la que estaba siendo sometida no impedía que el flujo bajara por su v****a. Deseaba fervientemente que su tío la bajara de la cruz y se la metiera hasta el fondo, pero parte de la estrategia de “el profesor” era justamente ese, que se excitara mucho y no pudiera calmarse siquiera con su mano.
Las marcas del látigo ahora eran muy visibles. Era el momento de volverla a fotografiar, cosa que hizo de inmediato. Luego salió del lugar dejándola atada a la cruz. Fu a si despacho a bajar las fotos a su ordenador.
Mientras las observaba las fotos, en espacial las tomadas luego de los azotes, pensaba qué opinaría su hermana y su cuñado de las cosas a las cuales sometía a su hija. Pensaba en la cara de ambos. La “nena” convertida en esclava s****l de su tío, azotada, humillada degradada de esa manera. Sonrió pero al mismo tiempo pensó que en algún momento deberían conocer la verdad. ¿Qué le diría? “Tu hija es una puta que he esclavizado para mi satisfacción” o “Tu hija tiene una concha y un culo que uso con frecuencia y hemos decidido que será mi esclava para abusar de ella” o también algo así como “La piel de Alessia reacciona muy bien cuando la azoto con un látigo y me gusta tenerla encadenada y tratarla como mi esclava”. En cualquier caso sería un escándalo de familia.
Más tarde o más temprano deberían hacer algo. Ya había decido esclavizar a su sobrina y no pensaba volver sobre sus pasos. Gozaba cogiéndola, gozaba castigándola, gozaba humillándola, gozaba disponiendo de ella a su antojo. ¿Por qué echarse atrás?
Ya había pasado bastante tiempo desde que la “crucificó” era momento de desatarla y usar sus agujeros. Se dirigió a la sala. Alessia estaba gimiendo y lagrimeando. Estaba realmente dolorida.
—Puta, ahora me vas a ofrecer tu cuerpo para que lo use como quiera.
—Profesor, use mi cuerpo pero no me torture más. No puedo más.
—No te voy a torturar, te voy a usar como puta.
—Profesor, úseme como la puta que soy. Será un honor para mí que me penetre.
Leonardo la desató, La acostó en sobre una manta y, sin ninguna preparación previa, se la metió hasta el fondo. Dado que la v****a estaba completamente mojada, entró sin dificultad. Luego de correrse en el interior de la muchacha, le ordenó que hiciera las cosas de la casa.
—Profesor, ¿me va a torturar con la picana antes de la noche?