Darian —¡Darian!— gritó Lilah. Levanté la vista desde entre sus piernas, donde llevaba lamiendo, chupando y metiendo los dedos desde hacía unos minutos, desde que me había despertado, y contemplé ese rostro precioso. La forma en que abría la boca cuando estaba a punto de llegar. Cómo echaba la cabeza hacia atrás, alargando el cuello. Cómo sus piernas se apretaban a mi alrededor—ya fuera mi cara o mi cintura, siempre se tensaba. Antes de irnos a dormir la noche anterior, me había dicho que no creía poder correrse de nuevo en mucho tiempo. Porque las cosas no habían terminado en el jacuzzi. La había probado en la piscina y otra vez en la ducha. Cuando abrí los ojos esa mañana, decidí demostrarle lo equivocada que estaba. —Córrete en mi cara— le dije. —Quiero saborearlo en mi lengua. Ya

