En la mañana siguiente las nubes grises aún no se han disipado, pero ya no llueve. Me preparo con entusiasmo y me dirijo a la universidad. A pesar del clima nublado, lo percibo como un día soleado, probablemente porque en mi interior el sol está brillando intensamente. Irradio luz a mi alrededor y llevo una sonrisa en la cara, el cual contagio a cualquiera que me ve. Estoy muy animado y lleno de tanta energía que abruma. Llego al campus y miro por todos lados con la esperanza de ver a Somali aunque sea de lejos. De pronto, un palmazo en la espalda me trae de vuelta a la tierra. —¡Hola! —saluda Solange. —Hola, chica violenta —digo, sacudiendo su pelo con las manos. —¡No hagas eso, arruinas mi peinado! —¿De qué peinado hablas? Esto es un desastre —me burlo de ella. —¿Qué están hacien

