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Terror en Coldrick

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sin pareja
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Descripción

Camina con la cabeza agachada, no observes mucho a los alrededores.

No hables más de lo necesario, las palabras equivocadas podrían desatar una nueva maldición sobre ti y sobre los demás pobladores.

No dures mucho tiempo en la calle, es posible que el peligro aceche. No hables con desconocidos, ellos podrían ser un peón más en el tablero donde está en juego tu tragedia. No temas, porque su poder crece y crece.

Camina rápido, pero no corras.

Habla en voz baja, pero no susurres. Los rincones del pueblo se ofenden si les ocultas algo, deben saber qué ocurre.

No salgas del pueblo por más de un día, una nueva maldición sobre Coldrick caería.

No puedes gritar, no puedes confiar del todo, no puedes ser feliz, no puedes huír.

Sólo tienes dos opciones.

¿Ser sumiso, o morir?

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ruinas de una noche
Nadie conoce el orígen de las maldiciones de Coldrick, sólo son leyendas reales que pasan de generación en generación. Simplemente, la nacionalidad de su terror, es un enigma indescifrable. Uno de los tantos cuentos ciertos es El Lago Encantado. Se rumora por las calles del pueblo que no debe caminarse por ahí pasadas las nueve de la noche, los vecinos que viven cerca del lago, escuchan risas en la madrugada, aplausos como si fuese una fiesta. Pero los pocos que se han armado de valor al asomarse por la ventana; aseguran que sólo se encuentran con la serenidad del agua y la penumbra de la noche. Wallace, un muchacho de diecisiete años se encontraba discutiendo con su novia en casa de esta misma, al parecer a sus oídos llegaron chismes de que el jóven había estado besuqueándose con otra chica por los lados donde comienza el camino al bosque. Ella quería hacer oídos sordos ante los cotilleos, pero la mala fama de su novio no ayudaba mucho. Wallace era el típico puberto que se creía rebelde con sólo llevar un cigarrillo entre sus labios, condones en los bolsillos y por hacer fiestas en su casa cuando claramente era una de las prohibiciones del pueblo. Era de esos que hacían grafitis de las paredes, paseaba en una motocicleta prestada todos los viernes por la noche para ver qué pescaba. Todo un picaflor. Y a pesar de que Andrea quería cerrar sus ojos y creer que los rumores sobre Wallace eran errados, su mente le gritaba que era verdad lo que le habían contado. —¡Yo te quiero, Wallace! ¡¿Por qué tenías que hacer esto?! ¡Maldita sea!— Andrea le arrojó un florero que se rompió al chocar contra la pared. —Sabes cómo soy, sabes cómo somos los todos los hombres cuando vemos a una que está más buena, así que no te hagas la dolida— la sacudía vehementemente por los hombros, queriendo hacerla entrar en razón—. Si andaba contigo, fue porque caíste fácil. La aprisionó contra la pared y comenzó a besarla mientras le acariciaba uno de los muslos. Ella, haciendo acopio de todas sus fuerzas, lo empujó, haciéndolo caer sobre la mesa de madera de la sala. —¡De paso vienes borracho! ¡Vete de mi casa! ¡Vete! ¡Vete! Él llevó una mano a sus costillas, se había golpeado al caer sobre la mesa. Se levantó de mala gana, pero sin borrar la sonrisa arrogante de su rostro. Al quedar frente a Andrea, pasó los dedos por su barbilla y salió de la casa. El cielo estaba completamente oscuro, se quedó pensativo al detenerse indeciso entre dos senderos, ambos lo llevarían a una de las discotecas del pueblo. El camino más corto era el que pasaba por el lago, el otro era el triple de largo y tenía más iluminación al ser el más recurrido. Pero Wallace se sentía cansado, sólo quería lanzarse en una silla y terminar de emborracharse. Una de las tantas leyendas del pueblo pasó por su mente, claro que sí, pero pensó que luciría más rebelde si llegaba a la discoteca y les contaba a todos que había llegado por el camino del Lago Encantado a las once de la noche. Airoso y convencido de que las historias no eran más que eso, empezó a caminar por el sendero más corto. Sus pasos eran sordos, su andar iluminado por las luces de las pocas luciérnagas que danzaban en el aire, reinas del ambiente y temerosas del amanecer que en unas horas opacaría a su luz. Wallace sonrió con arrogancia al terminar de pasar por las orillas del lago y ver que nada le había pasado. —Estúpidas leyendas— soltó una risa ronca. Aprovechó que estaba de paso, se sentó sobre una roca desde donde ya se podían ver las luces de la discoteca, llevó un cigarrillo a sus labios y lo encendió. Al soltar la primera calada, en medio de la nube grisácea que había creado su profunda exhalación; apareció una silueta femenina entre el humo. Al disiparse por completo, visualizó que era curvilínea y muy atractiva. Llevaba puesto un vestido rojo transparentoso que dejaba a la vista su monte de venus, un collar dorado con el dije de una estrella de David adornaba su pálido y delgado cuello. Tacones escarlata de aguja se cerraban sobre sus piés, su color a juego con la pintura mate que mantenía sus labios del color de la fruta del pecado. El cabello cobrizo caía sobre sus hombros como granizos en pleno otoño, sus ojos eran dos esmeraldas finas, protegidas en medio de unas largas, espesas y oscuras pestañas. —¿Puedo pedirte un halón?— preguntó con una voz demasiado angelical para ser real. Él, pensando en su interior que ya había encontrado a su presa de la noche, le tendió el cigarrillo. La mujer lo tomó entre sus impolutos dedos, cuidados por una manicura carmesí sobre sus uñas exageradamente puntiagudas y sus anillos dorados con ojos tallados. —Nunca te he visto por aquí— el jóven relamió sus labios, examinando su cuerpo con descaro—, ¿Eres turista o algo así? Ella soltó una risa cautivadora mientras el humo abandonaba su boca y negaba con la cabeza. —Me han avisado sobre tu travesía por El Lago Encantado a estas horas— contestó, modelando su mejilla por su hombro para hacerla lucir inocente e interesante. Él la miró, ceñudo. —¿Quién te ha avisado?— miró hacia todas partes, pero no encontró nada que no fueran rocas y luciérnagas. Al mirarla de nuevo, vio que cuernos nacían sobre su cabellera naranja. Sacudió la cabeza, estando seguro de que no estaban ahí, pero eran tan ciertos como el aire que respiraba. —Me llamo Lilith— la mujer le tendió su mano. Él, hipnotizado, le besó los nudillos, queriendo aparentar caballerosidad. —Y-yo soy Wa-Wallace— tartamudeó en respuesta, preso del delirio. Su mente ebria no era capaz de distinguir la realidad de la fantasía. Creía que sólo se estaba imaginando los cuernos de aquella mujer. Lilith pasó su dedo índice por el valle de sus senos, él trazaba el mismo camino con sus ojos mientras se embobaba más y más con cada santiamén que transcurría. —¿Quieres acompañarme a tomar una copa?— preguntó ella, acercandose con lentitud a él— Todas las noches hay fiesta en mi casa, pero hoy tú eres el invitado exclusivo por ser tan valiente al atravesar estos lares a estas horas. Dime, ¿Te gustaría venir conmigo? Él asintió con lentitud, viendo pura oscuridad a través de los iris de esa muchacha, del verde habían pasado a asemejarse al fondo de un abismo y ni cuenta se había dado. Sus dedos de rozaron con los se ella. Un simple contacto fue su perdición. † Ella le pidió que cerrara los ojos, él le obedeció, preso de los encantos infernales de su cintura y sus ojos penumbrosos. Al abrirlos, se confundió aún más al ver el escenario en el que se encontraba. No entendía cómo habían llegado hasta ahí si había cerrado los ojos por tan sólo dos pares de segundos. Mujeres increíblemente hermosas reían junto a hombres apuestos en mesas variadas, cada habitante del amplio espacio tenía cuernos de distintos tipos sobre su cabeza; gruesos, finos, largos, cortos, enrrollados, derechos, unos con diamantes, otros sólo eran de un marrón insípido, los más peculiares y llamativos eran incluso más oscuros que el color n***o. Lilith le tocó el hombro a Wallace, sacándolo del pequeño trance en el que se sumergía, le ofreció una copa de vino tinto. Él puso una mueca cuando su paladar detectó un sabor metálico, pero se reservó su opinión. Lilith rió al notar su reacción y le acarició el cabello. —Veo que es primera vez que lo pruebas— comentó, sonriendo abiertamente contra la circunferencia de su copa. Él le dió créditos a sus palabras al asentir con su cabeza. —¿Cómo se llama?— quiso saber el nombre de la bebida tan extraña que estaría consumiendo por toda la noche. —Sangre de pecadores— respondió ella, bebiendo otro trago del líquido espeso. —Hace mucho calor— comentó él, tirando frenéticamente del cuello de su camisa para echarse aire—. Que raro, no es muy usual en Coldrick. Ella soltó otra de sus risas suaves y hermosas, enamorando a la audición del muchacho. —No estamos en Coldrick— dijo tranquila mientras se servía otra copa—. Bueno sí, pero estamos mucho más abajo de su civilización. —¿Dónde estamos exactamente?— cuestionó Wallace, echandose aire con una mano. Lilith se acercó hasta su rostro y detalló su respiración y todas sus facciones humanas. —En el infierno— susurró ella contra sus labios. Él se tomó el atrevimiento de besarla, sintió que reposaba sobre una nube ardiente que emanaba llamas de fantasía y deseo. Dejó su copa en una mesa mientras deslizaba las manos a lo largo de la espalda de ella, se sintió extraño como consecuencia de la cercanía de sus cuerpos. En los pocos años de promiscuo, había experimentado distintas sensaciones de besos. Pero esa noche, los labios de Lilith se habían convertido en los más exquisitos que volvería a probar nunca jamás. La piel de Lilith se sentía como el algodón más suave y liviano nunca antes creado, los dedos de Wallace sentían que tocaban a una pluma tan suave como el pelaje de un niño recién nacido. Su piel emanaba un aroma peculiar, tan único que no sabía con cuál otro compararlo. Lilith llevó su boca al cuello del mortal y dejó un corto beso, él se alejó apenas sontió un ardor en esa misma zona. Lo quemó. No le reclamó por haberlo lastimado, creyó que fue nada más un accidente. Bebió la Sangre de Pecadores que quedaba en su copa e invitó a bailar a la mujer bajo la melodía de una balada sin letras. Él aferró las manos a su cintura, ella cruzó sus brazos detrás de su nuca mientras que ambos se movían de un lado a otro con lentitud. La anatomía de Wallace se sentía más caliente por la cercanía de la mujer del cabello cobrizo, el ambiente era todavía más sofocante por la escasa lejanía. Miraba hacia los lados en busca de cualquier atisbo de oxígeno, pero sólo se encontraba con las paredes rocosas y las antorchas siendo las únicas fuentes de iluminación. Así pasaron las horas, Wallace se acostumbraba al poco aire que ingresaba a sus pulmones conforme se iban los minutos junto a la encantadora mujer. Bailaron otro par de baladas, bebieron unas cuantas copas más de aquel líquido impetuoso para él. La velada era un tanto extraña, pero sublime. De pronto, las luces cesaron, fue como si un tsunami de penumbra hubiese arrasado con toda la iluminación del espacio. Nadie murmuraba, pues los demás habitantes estaban acostumbrados a que aquello ocurriera. Y aunque un escalofrío recorriese la piel de Wallace y entrecortase su respiración defectuosa, él no fue la excepción del silencio. En menos de treinta segundos, las luces se encendieron como si nada. Todos los invitados formaban dos filas a lo largo de la entrada del infierno, un hombre atravesó la pared de la forma más anormal posible. ¿Quién atravesaba paredes? Pero eso no fue lo más extraño, sino que el hombre recién llegado no era completamente humano. Caminaba sobre las patas de una cabra, siendo ellas el reemplazo de sus piernas. Su torso sí era humano, pero tenía diversas marcas con símbolos extraños, como cicatrices de quemaduras perpetuas. A lo largo de su brazo derecho se extendía el cuerpo de una Cobra, enrrollada como si hubiese nacido privada de la libertad de vivir al aire libre, condenada a ser el accesorio de aquel raro y superior espécimen. Las palmas de sus manos eran como las de cualquier humano, pero sus dedos eran peludos y marrones, uñas largas como las de una perezosa descedían de ellos como navajas dispuestas a aniquilar a sangre fría a todo aquel que se atreva a cuestionar su existencia. Pero todo el aspecto terrorífico del peculiar mostruo quedaba atrás tan sólo mirabas su rostro. Tenía una piel inmaculada como cuál diamante, incluso más impecable que la espalda de Lilith. Sus ojos mieles transmitían un hechizo ininteligible que te obligaba a querer verlos por mil eternidades, su naríz era perfilada y sus labios carnosos, su color idéntico al interior de una fresa. Tenía un cabello castaño claro con unas cuantas hebras rubias, los rizos caían en su frente con libertad. —¿Quién es?— Wallace no pudo evitar susurrar al oído de Lilith. Estaba pasmado por la apariencia y el misterio de la hermosa bestia que avanzaba en medio de las filas. —Es El Diablo— contestó ella, con el mismo tono de voz. En otro momento esa respuesta le habría colocado de punta hasta los pelos del culo, pero en esa ocasión no pudo tomarse muy en serio las palabras, ni lo que veía. El Diablo culminó su magistral entrada al sentarse sobre un trono hecho con huesos presos en llamas inquebrantables, chasqueó sus dedos e inmediatamente la fiesta continuó. Los invitados bailaban conforme al ritmo de las melodías de un órgano de tubos. Unos charlaban entre sí y otros se limitaban a beber copas con la soledad siendo su más leal compañía. —¿Me disculpas? Tengo que ir a hablar con El Diablo— inquirió Lilith a Wallace y se alejó apenas éste asintió. Wallace comenzaba a ver el escenario un poco distorsionado, se había acostumbrado al poco oxígeno en medio del fuego invisible que lo abrazaba, pero la cabeza le estaba comenzando a doler ante el cambio de horizonte, era algo que, en definitiva, su mirar no estaba acostumbrado a contemplar. Lilith volvió al fallecimiento de unos minutos con una sonrisa de oreja a oreja y extendiendo una de sus delicadas manos a su invitado de honor. —Ven, El Diablo nos ha invitado a una partida de dominó. Empezó a guiarlo hacia una mesa redonda con una estrella tallada en el centro y con un ojo en medio. —Ah, él es Aamón— Lilith le presentó a Wallace al otro jugador que los acompañaría. Tenía el cabello largo, n***o al igual que sus ojos, y unos cuernos color márfil en forma de remolino—. El demonio Aamón. Aamón asintió hacia Wallace en forma de saludo. —¿De dónde sacaste a este mortal?— inquirió El Diablo a Lilith en lo que ella revolvía las fichas. —Es de Coldrick, andaba por El Lago Encantado a las once de la noche— miró al inquisidor con una ceja enarcada—. No podía permitir que murieran las leyendas de nuestra superficie maldita. Wallace se limitaba a observar las fichas sobre la mesa aún sin repartir, pues no entendía de qué estaban hablando aquellas criaturas infernales, y tampoco ahondaría en el tema. —¿Y ya pensaste en qué maldición le vas a echar cuando salga de aquí? No puede salir ileso del infierno bajo tierra— comentó Aamón, jugando con el borde de una copa. —Algo se me ocurrirá— el tema se zanjó con esa simple respuesta. Cada uno agarró las siete fichas, pero Wallace quedó sorprendido cuando destapó las cara de las que le tocaron. En lugar de puntos, habían caravelas negras que los sustituían. No quiso armar un escándalo, sólo esperó a que su compañero de juego lanzace la primera ficha. Su sorpresa aumentó cuando Aamón colocó una ficha en el centro de la mesa. No eran doce caravelas lo que tenía, como era de esperarse; sino tres números seis plasmados con una especie de sangre negra. Nadie prestó atención al estupor del muchacho, todos jugaban, él también. Cada vez que terminaba una partida, El Diablo hacía aparecer un pergamino con alas en el aire y escribía el puntaje con la punta de sus filozas uñas. A pesar de que Aamón y Wallace tenían buenas jugadas, Lilith y El Diablo tenían mejores, y siempre eran quienes saboreaban el exquisito manjar de la victoria. Wallace, un poco estresado de las partidas rutinarias, suspiró y dijo en voz baja para sí mismo: —Dios, las están ganando todas. Las caras de los otros tres jugadores fueron todo un popurrí de atribulamiento. Sus bocas se habían abierto tanto que sus mandíbulas habrían rozado sus calzados de no der porque estaban adheridas a sus rostros. El panorama se convirtió en un remolino de colores para Wallace. Sentía que había llegado al límite máximo de embriaguéz, de pronto todo se volvió n***o, exactamente igual a cuando El Diablo estaba por hacer acto de presencia. Wallace abrió sus ojos, volviendo a la realidad. Regresando a la superficie. Arrugó las cejas al notar que estaba sentado en la misma piedra donde había conocido a Lilith, sólo que ya era de día. Se levantó con cuidado, pero ya no estaba borracho, de hecho, lucía bastante sano. Examinó su ropaje, tenía la misma ropa que en la noche. Vio hacia arriba, supo que eran como las siete de la mañana, pues el sol aún era un punto claro escondido entre las nubes espesas. Caminó hasta la calle mientras encendía un cigarrillo, más la nicotina y el encendedor cayeron al suelo a causa de la sorpresa que se llevó el muchacho al ver hacia el frente. Una mujer caminaba del otro lado de la ascera, estaba embarazada y al parecer llevaba a su hijo más grande a la escuela. Wallace se acercó con cautela, pero ensimismado. Era una mujer a la que conocía bastante bien. Pero no podía ser cierto, por un momento se cuestionó si de verdad no seguía al menos un poco ebrio. —¿Andrea?— emitió al llegar al otro lado de la calle. La mujer al escuchar esa voz, se giró de inmediato. Tuvo que soltar la mano de su hijo y llevarla a su boca para no emitir un grito de sorpresa. —¿Wallace?— dijo mientras retrocedía. —Andrea— él dudó en acercarse, optó por quedarse en su sitio—. ¿Qué te pasó? Andrea tuvo que estirar su mano y tocar el rostro del muchacho para convencerse de que no era producto de su imaginación. —¿Qué te pasó a ti?— preguntó ella con un hilo de voz— ¿Cómo es que sigues tan conservado? ¿Dónde estuviste todo este tiempo? Él arrugó las cejas y ladeó su cabeza. —¿De qué hablas? Anoche me fui de fiesta con una muchacha y ya volví. Pero, ¿Por qué tú luces adulta? ¿Quién es este niño?— señaló al infante— Si tú no tienes hermanos, ¡¿Por qué estás embarazada?! Ella, envuelta en la angustia y la incredulidad, le dio un escaneo completo. La mujer no podía creer lo que se cernía frente a ella. Wallace. El mismo Wallace al que echó de su casa una noche luego de una fuerte discusión. Con la misma edad. Con la misma ropa. —Wallace— ella lo miraba, temblorosa—. Desapareciste hace veinte años luego de salir de mi casa. N-nunca te encontraron. Aquellas palabras lo descolocaron por completo. Salió corriendo lejos de su ex mientras que los transeúntes murmuraban al verlo pasar, una taquicardia aumentaba en su pecho a medida que avanzaba y se encontraba con sus amigos, veía que todos eran adultos. Seguía sin poder asimilarlo. Se detuvo frente a un charco de agua que había en medio de la carretera vacía, miró su reflejo. Seguía igual que la noche pasada. Al llegar a su casa, la encontró vacía y con algunas ventanas rotas. Una espesa capa de polvo cubría todos los objetos dentro de ella. —¡Mamá! ¡Papá!— llamó, pero sólo recibió su propio eco como respuesta— ¡Mamá! ¡Papá!— nada. Abrió la puerta de su habitación, todo estaba ordenado. Fue al baño, a la habitación de sus padres, al desván, a la cocina, pero sólo estaba el recuerdo muerto de lo que una vez fue, de lo que una vez hubo. Entonces salió a la calle de nuevo, recopilando las palabras de Andrea como sientos de martillos que golpeaban su cabeza, enterrando los clavos de las leyendas ciertas. "Desapareciste veinte años luego de salir de mi casa. Nunca te encontraron" Se detuvo frente a una parada de autobúses, donde estaba sentado el hombre que era el panadero del pueblo, ahora era un viejo que hasta masticaba el agua. Todas las arrugas de su piel contaban las historias de todos esos años que él supuestamente se había perdido. Con disimulo, echó un vistazo al periódico del señor Pancho. Su corazón se rompió al leer la fecha y ver que, en efecto, Andrea le había dicho la verdad. Lo que él vio como una simple noche de fiesta, fueron veinte años en el mundo real. Y ahora sólo quedaban sus ruinas.

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