Por supuesto que el celebrar Halloween no es considerada una prohibición en Coldrick. El fallecimiento de Octubre es la excusa perfecta para que los espíritus malígnos del averno asciendan a la superficie para causar unas cuantas travesuras, pasando desapercibidos entre tantos disfraces.
Pero sí está prohibido andar sin unas orejeras particulares que salen a la venta desde la tercera semana del décimo mes. Más que una leyenda, es un hecho que cuando el reloj marca las tres con treinta y tres minutos de la madrugada del primero de noviembre, los demonios comienzan a hacer desastres por doquier, divirtiéndose al atormentar la paz de las familias que deciden no celebrar la noche de brujas.
¿Y por qué orejeras? Muy sencillo, las brujas que murieron quemadas en la edad media, acostumbran a imitar las voces de personas vivas para atraer almas puras y sacrificarlas a Belcebú como un gesto de perpetua devoción, idolatrándolo más allá de la muerte.
Y el primero de noviembre, se reunen todas en un retorcido aquelarre para despellejar a las víctimas y jugar con ellas a su antojo.
***
El tan aclamado último día de Octubre había llegado, el reloj marcaba las doce con cinco minutos del mediodía cuando la madre del pequeño Sander salió de su habitación, atandose el cabello en un moño alto.
—¿Ya te vas al trabajo, ma? —inquirió el niño, sacando un pan del horno para acompañar su almuerzo.
—Sí —afirmó su madre, sacando algunas monedas de su bolsillo—. Aquí te dejo para que vayas al bazar de la esquina a comprar unas orejeras y tu disfraz —le sonrió—. Cuando puedas, vas a la estación para ver cómo te queda, no creo regresar a casa esta noche.
Al darle otra sonrisa forzada, la madre se ajustó el correaje y salió de la casa. Zarah Wilson, la madre del pequeño Sander, era policía, así que tendría mucho trabajo por la noche gracias a los pueblerinos irresponsables que se dedican a hacer bromas pesadas a los demás.
A pesar de sentirse algo triste porque tendría que salir a festejar solo, Sander estaba algo contento ante la idea de adquirir dulces gratis durante una noche entera.
***
Sander Wilson salió de su casa penas el reloj marcó las siete en punto de la noche, vestía una sencilla camiseta unicolor y unos pantalones de mesclilla junto a una gorra roja y zapatos deportivos.
Caminaba por las calles con su cesta en forma de calabaza, saludando con un gesto manual a los pocos transeúntes que se encontraban fuera de casa. Intentando ignorar la idea de que la mayoría de esas personas eran, en realidad, fantasmas reales; el pequeño de ocho años tocó el timbre de la primera casa que encontró.
Una abuelita esbelta acudió a su llamado y le regaló una cálida sonrisa sin dientes al colocarse los lentes para poder reconocerlo.
—Pero miren a quién tenemos aquí, nada más y nada menos que al pequeño Sandy —extendió la mano para acariciar el mentón del niño.
—¿Cómo está, señora Wills? —saludó el aludido con emoción.
—Pues encantada de que seas el primero que toca a mi puerta la noche de brujas. Ten tu golosina —la anciana desnudó su puño y depositó un paquete de goma de mascar dentro de la calabaza—. Que disfrutes de la noche, dulzura.
—Muchas gracias, Señora Wills. Igualmente para usted.
El niño le dio la espalda y, contento, caminó hasta la casa continua, donde habían muchos niños recibiendo caramelos.
La casa tenía una fachada lujosa si la comparabas con las demás casas del pueblo. Aquella pequeña mansión pertenecía a la descendencia de la familia Castellanos, quienes habitaron el lugar desde mucho antes de recibir nombre. Entusiasmado por saber que en esa casa daban chucherías de las buenas, Sander apresuró el paso y se situó detrás de una fila de niños.
Cuando llegó su turno de ser atendido, extendió su calabaza y pronunció con alegría:
—¿Dulce o truco?
Un hombre alto lo miró con una ceja levantada, vestía un elegante smokin y su cara iba maquillada como un esqueleto, haciéndolo lucir como Jack.
—¿Y tú de qué estás disfrazado exactamente? —inquirió el hombre con un tono despectivo —¿No te alcanzó el presupuesto?
La sonrisa de Sander no disminuyó, después de todo, no entendía las palabras de aquel tipo, mucho menos reconocería que lo estaba llamando pobre. La felicidad sí que depende bastante de la ignorancia.
—Todos se disfrazan de monstruos y personajes terroríficos para esta fecha, señor. Pero yo pienso que la maldad habita en realidad en los humanos, quien te daña puede ser quien menos esperas, ¿no lo cree? Por eso he decidido vestir de forma casual, porque el verdadero monstruo somos nosotros mismos, sin máscaras.
Ante esa explicación, el hombre de la puerta emitió una risa irónica.
—Muy sabiondo, ¿no? —soltó el tipo con un notable ápice de desagrado—. Apartate, niño, no me hagas perder el tiempo. Aquí damos dulces a los que sí se acoplan a la tradición.
—Pero...
Sander no pudo decir nada más, el niño que esperaba detrás de él, lo empujó por el hombro en un gesto grosero al que nadie prestó atención.
El pequeño de ocho años abrió la boca, ofendido por haber sido rechazado. ¿Acaso había dicho algo malo? De haber sido así, quiso volverse hacia el hombre con aspecto de Jack para pedirle una disculpa, pero lo dejó pasar por el hecho de que, a pesar de ser un adulto, no reprochó el impulso descortez de aquel niño al empujarlo.
Sander se limitó a alzarse de hombros y se alejó de aquella casa para seguir pidiendo dulces por otras calles, varias personas le preguntaron que por qué no iba disfrazado, y él les aseguró a todos que iba vestido de la maldad en persona. Muchos le dieron la razón a su explicación, incluso regalándole dulces extras por ser tan inteligente.
El pequeño caminó hasta la estación de policía mientras degustaba una barra de chocolate. Su madre lo miró con mala cara al verlo llegar sin disfraz, la comisario Wilson colocó los brazos en jarra cuando su hijo la saludó con simpleza.
Sander le explicó lo mismo que a los demás, consiguiendo que su madre suavizara la expresión. Luego le contó lo ocurrido en la entrada de la mansión Castellanos y Zarah resopló.
—Las personas con dinero pueden llegar a ser tan odiosas —la mujer puso sus ojos en blanco, robando de la calabaza de su hijo una paleta de fresa—. Pero bueno, mi amor, lo importante es que pudiste recolectar dulces.
Él asintió con la boca atiborrada de chocolate.
—¡Hey, chiquitín! —el oficial McArney, un compañero de su madre, lo saludó al quitarle la gorra y desordenarle el cabello a propósito.
—Hola, Franklin —Sander lo saludó con la misma emoción al chocar los puños.
De pronto la iluminación de los bombillos abandonó el lugar, sumiéndolos a todos en una desagradable penumbra.
—¿Qué pasó, ma? —cuestionó el pequeño de pronto.
—No sé, mi amor. Tal vez sea solo una falla del transformador, no te asustes.
Pero qué ridículas podían llegar a ser aquellas palabras si considerabas la fecha presente y el pueblo donde se encontraban...
Después de un par de minutos, una muchacha llegó a la estación, informando a la policía que un grupo de jóvenes bromistas fueron los causantes del apagón.
—j***r, han desconectado muchos cables, esto durará más de lo previsto —dedujo Zarah, suspirando con fastidio, luego encendió su linterna de bolsillo y se dirigió a su hijo—. Cariño, ¿te importaría quedarte con McArney mientras soluciono esto?
—Está bien, ma.
—McArney —la comisario Wilson le hizo una seña de advertencia al susodicho.
—Como mande, jefa —el oficial asintió y Zarah se fue a ver qué podía hacer para regresar la electricidad lo más pronto posible. Franklin tocó el hombro de Sander al cabo de un rato—. Epa, ¿jugamos algo?
—¿Qué vamos a jugar en esta oscuridad? —inquirió el niño, ahora abriendo un paquete de galletas.
—No sé, algo —insistió el oficial.
—Mhmm, bueno —Sander aceptó con la boca llena.
A los dos les gustaba pasar tiempo juntos, Franklin McArney era un hombre bastante divertido comparado con el resto de la comisaría. Por la calle lo mirabas y podías imaginar que era cualquier cosa, excepto un policía.
Tras pensar varias posibilidades de matar el tiempo, McArney encendió una linterna y la situó sobre una repisa, luego colocó las manos frente a la luz y comenzó a crear figuras extrañas para pasar el rato.
Sander y él imitaban siluetas de animales con los dedos mientras soltaban comentarios graciosos y comían una que otra golosina. Después de dos horas sin que la luz regresara, el niño estaba cansado y aburrido.
—Tengo sueño, creo que iré a casa, Franklin —comentó el pequeño en medio de un bostezo.
—¿Quieres que te acompañe, chiquitín?
—Está bien, vamos.
Los dos se echaron a andar, se distrayeron con los disfraces de las personas, criticando algunas vestimentas.
—Se supone que es Halloween, ¿quién se disfraza de tigre? —Franklin frunció los labios— ¡Eso ni siquiera da miedo!
El niño solamente soltó una corta risa entre dientes en lo que terminaban de caminar hasta su casa.
—Bueno, pequeño, fue un gusto compartir esta noche contigo —dijo McArney al llegar a la entrada—. No olvides colocarte las orejeras antes de acostarte.
Los dos chocaron los puños y el niño subió a su habitación. Restregando sus ojos, Sander sintió una pequeña punzada de culpa al recordar que el dinero que le había dado su madre era también para comprar las orejeras.
¿Para qué eran exactamente? Él desconocía el motivo. Quizás solo era una tradición innecesaria como eso de los disfraces. Sin darle muchas vueltas al asunto, Sander reemplazó su ropa por un pijama y recostó su cuerpo sobre el colchón, quedándose dormido al instante.
***
Saaaandeeer.
Una voz femenina pronunciaba aquel nombre con coquetería y algo de ternura.
Saaaandeeeer.
Era... Era una voz hermosa y atrayente. Pero el duelo de aquel nombre no pudo descifrar de dónde provenía.
¡SANDER!
—¡Ay! —el niño se sobresaltó sobre la cama, descubriendo que no era un sueño, sino que de verdad lo estaban llamado.
—¡Sander!
Al acercarse al marco de la puerta de su habitación, descubrió el origen de su llamado, venía de la puerta de la casa, era la presunta voz de su madre. ¿Cuánto tiempo había dormido? Al colocar los dedos sobre el interruptor, se dio cuenta de que la electricidad aún no regresaba. A lo mejor su madre decidió dejar ese trabajo para la mañana siguiente.
—¡Sander!
El niño se puso sus pantuflas y salió al pasillo para ver qué necesitaba su progenitora. Ahogó un grito de miedo cuando unos brazos agarraron su cuerpo por detrás y una mano le tapó la boca.
El pequeño forcejeó, aterrado, al menos se conformaba con poder abrir la boca para pedir socorro, pero logró sentirse un poquito tranquilo cuando escuchó la voz de quien lo había agarrado.
—Soy yo, amor —le habló Zarah sin soltarlo, fue entonces cuando el niño pudo reconocer el aroma de su perfume—. Tranquilo, estoy aquí, no te pasará nada. No vayas a gritar, ¿de acuerdo?
Cuando Sander asintió con la cabeza, la mujer lo soltó. Al voltearse, el niño vislumbró cómo su madre empuñaba una garrafa de combustible junto a una caja de cerillos. El rostro de Zarah emanaba preocupación.
—Sander... —volvió a escucharse desde la entrada.
El susoducho miró hacia el pasillo y luego regresó la vista hacia su madre, aterrado.
—Yo también escuché eso —le hizo saber su verdadera madre, sacando unos tapones para oídos de su bolsillo y ofreciéndoselos.
Cuando él se los puso, la mujer le hizo una seña para que regresara a su cuarto.
Zarah Wilson exhaló profundamente antes de acercarse a incinerar a la bruja maldita que quería llevarse a su hijo.
Después de esa noche, Sander Wilson no volvió a olvidar sus orejeras.