Esa misma noche, los guardias arrastraron a Elian hasta la sala privada de Darius.
La habitación olía a incienso caro y a bestia asada, lujos que el resto del clan rara vez veía. La luz verde de las antorchas le daba al rostro de su tío un aspecto cadavérico.
—Te he llamado porque el clan enfrenta una crisis, Elian —comenzó Darius, fingiendo un tono maternal que le revolvió el estómago al joven.
Elian se mantuvo en pie, en silencio. Sabía que cada palabra de la boca de su tío era veneno disfrazado.
—Las reservas de Núcleos de Bestia están bajando —continuó Darius, apoyando los codos sobre su mesa de roble—. Como líder, he decretado que cada m*****o de esta familia, sin excepción, debe aportar a las defensas.
—Soy un Nivel Cero —respondió Elian, con la voz seca—. No puedo cazar.
—Oh, no te pido que caces un León de Fuego, muchacho —Darius sonrió, mostrando los dientes—. Solo quiero que recolectes los núcleos de las bestias carroñeras que quedan en los límites del Páramo Tóxico. Una tarea sencilla.
Elian apretó los puños.
—Las tormentas magnéticas comienzan mañana. Los límites están cerrados. Si salgo, la toxicidad me matará antes que las bestias.
Darius se levantó y caminó hasta él. Su voz bajó a un susurro gélido, quitándose la máscara de líder bondadoso.
—Si te niegas, serás desterrado por traición al clan y te ejecutarán en la puerta. Si vas, quizás sobrevivas y demuestres que vales el pan que comes. ¿Qué prefieres, sobrino?
Era una sentencia de muerte disfrazada de misión oficial. Así, Darius se lavaba las manos ante los ancianos del clan. "Murió cumpliendo su deber", dirían.
Elian sostuvo la mirada de su tío. No le daría el placer de verle rogar.
—Entendido, líder del clan. Traeré sus núcleos.
Cuando Elian cruzó el gran portón de hierro del bastión aquella madrugada, el viento caliente del desierto le golpeó el rostro, oliendo a azufre.
Miró hacia arriba. El cielo ya no era n***o. Las nubes violetas comenzaban a girar, formando el vientre de una tormenta letal.