La arena ardía bajo sus botas desgastadas.
Elian llevaba tres horas caminando por los Páramos Tóxicos. La estática en el aire era tan fuerte que sentía el sabor a metal en la lengua. La tormenta había estallado.
Rayos de color púrpura atravesaban el cielo, impactando contra las dunas de cristal n***o y haciendo temblar la tierra. Respirar dolía; la toxicidad del ambiente estaba quemando sus pulmones sin poder (Nivel Cero) a un ritmo alarmante.
"Solo un poco más", se decía a sí mismo, arrastrando los pies. "Encuentra un cadáver de bestia, toma el núcleo y vuelve."
Un crujido a su derecha lo paralizó.
De entre las rocas de obsidiana, emergió una figura. No era un carroñero. Era un Lobo de Ácido. Su pelaje goteaba un líquido verdoso que derretía la arena al caer. La bestia, famélica y enloquecida por la tormenta, fijó sus múltiples ojos amarillos en Elian.
Elian retrocedió, sacando su patética daga de hierro oxidado.
El lobo saltó.
Elian rodó por el suelo instintivamente, pero no fue lo suficientemente rápido. Las garras de la bestia le rasgaron el hombro izquierdo. La carne se abrió, y el ácido comenzó a quemar su sangre al instante.
El dolor fue cegador. Elian gritó, cayendo de espaldas sobre la arena hirviente. El lobo se preparó para el golpe final, abriendo sus fauces babeantes directamente sobre el cuello del chico.
Entonces, el cielo se rompió.
Atraído por la inmensa energía vital que se escapaba del cuerpo moribundo de Elian, un relámpago violeta de la tormenta magnética cayó directamente sobre él.
El impacto no lo mató. Lo destrozó por dentro y lo reconstruyó en una fracción de segundo.
Elian sintió que su ADN se partía. El lobo fue arrojado a diez metros de distancia por la onda expansiva.
Elian levitó a un palmo del suelo. Sus ojos se abrieron de golpe, pero ya no había pupilas; solo brillaban con un resplandor caótico.
Sintió el Fuego quemando sus venas.
Sintió el Viento rugiendo en sus pulmones.
Sintió la Tierra vibrando en sus huesos.
Sintió el Agua curando el ácido de su herida.
El lobo de ácido se reincorporó y cargó de nuevo, furioso.
Elian ni siquiera lo miró. Simplemente levantó una mano hacia la bestia. No pensó en ningún hechizo, no conjuró ninguna técnica. Solo deseó que la bestia desapareciera.
Una lanza de roca pura surgió de la arena a la velocidad del sonido, atravesando al lobo de lado a lado. Segundos después, la lanza se encendió en llamas azules, incinerando a la bestia hasta dejar solo cenizas y un pequeño núcleo brillante en el suelo.
Elian cayó de rodillas, jadeando, escupiendo sangre. Su cuerpo, débil y sin entrenar, no soportaba ese nivel divino de poder. Sentía que iba a explotar.
El "Defectuoso" había muerto. Algo más había nacido en los páramos.