Elian no despertó. Fue arrancado de la inconsciencia por el dolor.
Abrió los ojos de golpe y un grito ahogado se atascó en su garganta. Tosió violentamente, manchando la arena negra con sangre que humeaba al tocar el suelo.
Intentó apoyarse sobre sus manos para levantarse, pero falló.
Miró su brazo derecho. Estaba envuelto en una fina capa de escarcha azul que congelaba la tela de su manga. Aterrorizado, miró su brazo izquierdo. La piel allí estaba al rojo vivo, emitiendo un calor que le chamuscaba los vellos, y pequeñas chispas saltaban de sus nudillos.
Su propio cuerpo lo estaba matando.
"Un recipiente vacío", recordó de las lecciones del clan. "Si un humano sin nivel recibe demasiada energía de golpe, sus canales internos estallan".
Respirar era como tragar agujas de vidrio. Sentía cuatro fuerzas distintas peleando dentro de su pecho: un huracán, un volcán, un glaciar y una montaña derrumbándose. Su ADN había mutado para sobrevivir, pero su cuerpo físico, desnutrido y débil, no podía contener el poder de un dios elemental.
Iba a explotar. Literalmente.
Su visión comenzó a oscurecerse en los bordes. Fue entonces cuando un olor metálico y dulzón llamó su atención.
A dos metros de él, entre las cenizas humeantes de lo que había sido el Lobo de Ácido, brillaba una piedra del tamaño de una nuez. Era de un verde enfermizo, pero latía con una luz rítmica.
El Núcleo de la bestia.
Elian no lo pensó. Su mente racional se había apagado; solo quedaba el instinto de supervivencia. Se arrastró por la arena de obsidiana, dejando un rastro de escarcha y quemaduras a su paso. Cada centímetro era una tortura.
Cuando sus dedos rozaron la piedra, una corriente eléctrica le subió por el brazo.
No se la tragó. Apretó el núcleo contra su pecho, justo sobre su corazón, y cerró los ojos, deseando con toda su alma calmar el fuego interno.
La piedra verde se disolvió, convirtiéndose en hilos de luz líquida que penetraron su piel. Elian arqueó la espalda, soltando un grito que se perdió en la tormenta magnética.
El núcleo del lobo, de atributo tierra y veneno, actuó como un ancla pesada dentro de su sistema. Las chispas de su mano izquierda se apagaron. La escarcha de la derecha se derritió, convirtiéndose en vapor.
Elian cayó de bruces contra el suelo.
Estaba exhausto, hambriento y cubierto de mugre, pero estaba vivo. Sus pulmones finalmente pudieron tomar una bocanada de aire sin sangrar.
Había estabilizado la mutación, pero sentía un vacío aterrador en su interior. Un solo núcleo de Nivel Uno no era suficiente. Su nuevo cuerpo tenía hambre. Si no cazaba pronto, la sobrecarga volvería a empezar.