El milagro en la arena

408 Palabras
Elian intentó respirar, pero sus pulmones se negaron. ​La presión invisible de Aeris había desaparecido, pero el verdadero peligro estaba dentro de él. El núcleo del jabalí que acababa de absorber chocó violentamente con la energía del lobo de ácido. ​Cayó de rodillas. Tosió, pero no salió sangre. Salió vapor hirviente. ​—Idiota —suspiró Aeris, retrocediendo dos pasos—. Tus canales de energía se cruzaron. El fuego y el agua están colisionando en tu pecho. Te quedan diez segundos antes de reventar. ​Las venas del cuello de Elian se abultaron, brillando alternativamente en rojo y azul. El dolor era tan inmenso que su visión se volvió blanca. Sus instintos gritaban. Tenía que sacar esa energía de su cuerpo o moriría. ​Levantó ambas manos, temblando, y las clavó profundamente en la arena de sal negra y tóxica. ​—¡Sácalo! —le gritó Aeris, cubriéndose el rostro con la capa, esperando la explosión de vísceras y fuego. ​Elian rugió. Vertió todo el caos de su interior en la tierra. ​Fuego. Agua. Viento. Tierra. ​Los cuatro elementos no salieron como ataques destructivos. Al ser forzados a salir por el mismo canal, en un cuerpo al borde de la muerte, colisionaron. Se fusionaron. ​No hubo explosión. ​Hubo un destello de luz verde esmeralda, tan puro que lastimaba los ojos. ​Aeris bajó su capa lentamente. Lo que vio la dejó sin aliento. ​El viento dejó de aullar. El olor a azufre y carne quemada desapareció por completo. En su lugar, el aire se llenó de un aroma que Aeris solo había leído en libros antiguos: olía a tierra mojada tras la lluvia. Olía a vida. ​Bajo las manos de Elian, la costra negra de sal tóxica se había vuelto blanca y cristalina. Un círculo de cinco metros de diámetro había sido purificado por completo. ​Y en el centro, justo entre los dedos ensangrentados del muchacho desmayado, una raíz petrificada había reverdecido. Un pequeño brote de hojas tiernas se abría paso hacia el cielo gris. ​Aeris cayó de rodillas, estirando una mano temblorosa hacia la hoja verde. Era real. ​—Tú... no solo destruyes —susurró ella, con los ojos grises abiertos de par en par—. Tú sanas. ​En ese instante, la mirada de Aeris cambió. Ya no veía a un chico tonto y suicida. Veía la salvación de su pueblo.
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