Una risa corta y seca resonó en el cañón. Parecía venir de todas partes al mismo tiempo.
—Demasiado ruido, muchacho. Tienes mucha fuerza bruta, pero la sutileza de un rinoceronte ciego.
Elian giró sobre sus talones, buscando el origen de la voz. Nada.
Antes de que pudiera invocar una llama, el aire a su alrededor pareció solidificarse. Una ráfaga de viento cortante, fina como un alambre, le golpeó detrás de las rodillas, obligándolo a caer al suelo con un ruido sordo.
Intentó levantarse, pero una presión invisible, como si tuviera un bloque de plomo sobre la espalda, lo clavó contra la arena de sal.
Frente a su rostro, las botas de cuero gastado aterrizaron en silencio.
Elian levantó la vista, forzando el cuello contra la presión del aire.
Era una chica. No debía ser mayor que él, pero sus ojos grises eran duros, fríos y calculadores. Llevaba una capa deshilachada del color de las rocas del cañón, una máscara que le cubría la mitad inferior del rostro para filtrar el aire tóxico, y unas gafas de aviador colgando del cuello.
En su mano derecha, sostenía una daga de hueso pulido.
—Agua, Fuego... y antes usaste Tierra para matar a ese lobo de ácido —dijo ella, inclinando la cabeza—. Tres elementos en un solo contenedor. Y sin embargo, tu técnica es una basura. ¿Quién demonios eres?
Elian apretó los dientes, intentando calentar su cuerpo para derretir la prisión de aire que lo sujetaba.
Había sobrevivido al desierto.
Había sobrevivido al despertar.
No iba a morir arrodillado frente a una desconocida.
—Déjame... ir —bramó, con los músculos del cuello tensos al límite por el esfuerzo.
Ella notó que la temperatura subía. Con un chasquido de sus dedos, el viento alrededor de Elian giró en un vórtice, robándole el oxígeno al fuego antes de que siquiera pudiera encenderse.
Elian se quedó sin aire, tosiendo. Había sido anulado en menos de tres segundos.
—Yo pregunto, tú respondes —dijo ella, acercando la punta de la daga de hueso al cuello de Elian. Estaba lo suficientemente cerca como para que él pudiera oler el cuero viejo y la lavanda silvestre en su ropa—. Si fueras un Nivel Tres o Cuatro del Bastión, tendrías un emblema. Pero vistes como un esclavo.
—Soy... un marginado —logró pronunciar Elian, rindiéndose ante la evidencia de que ella era inmensamente superior. No en poder bruto, sino en control. Nivel Tres, al menos. Tal vez Cuatro.
La chica lo estudió por un momento. Vio las quemaduras en sus brazos, la escarcha residual, la sangre seca en su ropa. Bajó la daga.
La presión invisible sobre la espalda de Elian desapareció de golpe.
—Eres un suicida, eso es lo que eres —dijo ella, enfundando el arma y cruzándose de brazos—. Tu núcleo central es un caos. Estás absorbiendo energía salvaje sin refinarla. Vas a explotar antes del anochecer si sigues así.
Elian se incorporó lentamente, frotándose el cuello. La miró, desconfiado, pero consciente de que le acababa de perdonar la vida.
—¿Puedes... ver mi núcleo? —preguntó él.
Ella se bajó la máscara del rostro, revelando unos labios pálidos curvados en una sonrisa irónica.
Al hacerlo, la capucha de su capa cayó hacia atrás. Una cascada de cabello largo y completamente plateado brilló bajo la tenue luz de los páramos, moviéndose con una voluntad propia gracias a la brisa que ella misma controlaba. Tenía la piel pálida, facciones afiladas y unos labios finos que ahora se curvaban en una sonrisa irónica. Pero fueron sus ojos lo que paralizó a Elian: eran de un gris absoluto, fríos e insondables como el centro de un huracán.
—Puedo escuchar cómo tu sangre hierve desde cien metros de distancia, muchacho. Me llamo Aeris. Y si no quieres convertirte en fuegos artificiales de carne y hueso, vas a tener que escucharme muy atentamente.