El maestro tuvo una mirada de conmiseración para su ignorancia. Sentía el deseo de vejarla, de herirla, justificando así su indiferencia. — Fachada nada más... cara y estatura. E inclinándose hacia su amigo, le dijo en voz baja, gravemente, como si revelase el secreto de un inmenso crimen: — Tiene las rodillas en punta... Una verdadera estafa. Cotoner dilató la boca con una risa de sátiro y se agitaron sus orejas. Era la alegría del hombre casto; la satisfacción de conocer los ocultos defectos de una belleza colocada fuera de su alcance. El maestro no quiso separarse de su amigo. Le necesitaba; mirábale con tierna simpatía, viendo en él algo de la muerta. Nadie la había conocido como aquel compañero. En los momentos de tristeza, él era su confidente. Cuando sus nervios la ponían com

