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1811 Palabras

También le hablaba del pasado, evocando las muertas alegrías, aquel perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía a oleadas de los armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando a borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una embriaguez sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volvía; el incienso de los tiempos felices, más débil, más sutil, con la nostalgia de los años muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por los brazos cruzados bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor nacarado de luna, que una noche, en Roma,

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