Capítulo 6

2192 Palabras
El sol se alzaba en el horizonte, iluminando el majestuoso castillo de piedra del rey Frederick. Desde las primeras horas de la mañana, los empleados del castillo se encontraban en un frenesí constante de preparativos para la tan esperada boda. Flores eran cuidadosamente colocadas en cada rincón, mientras que suntuosos banquetes eran preparados en la gran cocina. En medio de la excitación general, el rey Frederick se paseaba por los pasillos del castillo, con un brillo de orgullo en sus ojos. No podía evitar presumir ante todos su futura esposa, una joven y hermosa mujer cuyo nombre aún no era conocido por la región del este. Algunos de los súbditos susurraban entre ellos, creyendo que ella no era la indicada para un hombre mayor y experimentado como el rey; sin embargo, nadie se atrevía a expresar sus opiniones en voz alta. En las profundidades del castillo, en una lujosa y amplia habitación, Sasha, la joven y ambiciosa concubina del rey, había escuchado las noticias y no podía evitar sentir cierta inquietud e inmensos celos en su corazón. ¿Acaso el rey no sabía la verdad sobre su prometida? ¿Como podía fijarse en una chiquilla teniéndola a ella como mujer? Decidida a proteger y servir a su rey, Sasha decidió que era momento de intervenir. Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la habitación del rey, se colocó un elegante vestido de seda y el cabello prolijamente peinado para dar una buena impresión al hombre. Golpeó suavemente la puerta, esperando ansiosamente su permiso para entrar. El rey Frederick, sorprendido por la interrupción, miró a la mujer con curiosidad. —¿Sasha? —Preguntó con voz pausada. —¿Qué te trae aquí en este momento tan ocupado? —Arqueó una de sus cejas con evidente molestia. Con una mirada decidida, Sasha se acercó al rey, apoyando su mano en su brazo. —Mi señor, sé que estás emocionado por tu boda. Pero, hay algo que necesito contarte... —Pefó sus voluminosos senos contra el fornido pecho del hombre. El rey, intrigado, asintió y la invitó a hablar. Sasha le relató en voz baja lo que había visto. Le contó sobre el príncipe Kael, besando apasionadamente a Shine, la mujer que el rey había escogido como su futura esposa. El rostro del rey se ensombreció y su expresión se convirtió en una mezcla de sorpresa, dolor e ira. Sus ojos perdieron ese brillo de orgullo y se vieron llenos de rabia. En ese momento, las voces de quienes dudaban de su elección resonaban en su cabeza. El rey Frederick, agradecido por la intervención de Sasha, la abrazó y le dio las gracias por su sinceridad y lealtad. A pesar de la decepción y la traición que sentía, sabía que debía tomar una decisión. Les enseñaría una lección la cual jamás iban a olvidar. A él nadie le traicionaba y vivía para contarlo. —Sasha, eres una mujer astuta y honesta, créeme que tú lealtad te será recompensada. —Acarició el rostro de la hermosa mujer con delicadeza. —Gracias por la generosidad su majestad. No me importa ser recompensada, lo único que deseo es su bienestar. —Inclinó su mejilla hacia la mano del hombre, disfrutando de tan suave caricia. —Así me gusta, querida. —Dejó un efímero beso sobre sus rojos labios. —Ahora vuelve a tus obligaciones, tengo muchísimo por hacer. °°°°°°°°°°°°°°°°° Shine miró sorprendida a los guardias reales que habían irrumpido en el salón de clases. Su expresión de confusión reflejaba claramente su desconocimiento sobre lo que estaba sucediendo. La profesora, con rostro serio, guardó silencio, y las miradas de todos los presentes se fijaron en la escena que se desarrollaba frente a ellos. Sin pronunciar palabra alguna, los guardias agarraron a Shine por los brazos y comenzaron a arrastrarla hacia las puertas abiertas. La joven pelirroja sentía cómo su corazón latía fuertemente en su pecho, mientras trataba de mantener la calma. No entendía a dónde la estaban llevando, pero temía preguntar y empeorar la situación. "Ayúdame mamá, desde el cielo se que me miras, no dejes que me pase nada" pensó aquellas palabras, de algún modo pensar que su mamá la escuchaba la hacía sentir más segura. El ruido de las puertas al cerrarse resonó en sus oídos, sumergiéndola aún más en la incertidumbre. La oscuridad del pasillo contrastaba con la luminosidad del salón de clases, provocando una sensación de opresión en el pecho de Shine. Su mente comenzó a cuestionarse, a tratar de encontrar alguna respuesta que justificara tan inesperado acontecimiento. Caminaron por largos pasillos, siempre en silencio, solo el eco de sus pasos se escuchaba en aquel sombrío lugar. Shine se preguntaba si el rey Frederick tenía algún tipo de participación en su súbita desaparición. Ella sabía que el monarca había sido quien la había elegido para ser su futura reina, pero nunca imaginó que su preparación sería interrumpida de esta manera tan repentina. Finalmente, los guardias detuvieron su marcha y abrieron una imponente puerta de madera. Era una habitación oscura, apenas iluminada por la tenue luz que filtraba por una ventana. Nadie pronunciaba palabra alguna, lo que aumentaba la angustia que se apoderaba de Shine. La joven lanzó una mirada interrogante a los guardias, buscando alguna respuesta en sus rostros impasibles. Pero estos simplemente se limitaron a soltarla y cerrar la puerta tras ellos. Shine se quedó sola en aquel lugar desconocido, con la sensación de abandono y el miedo adueñándose de su ser. Respirando profundamente, se esforzó por contener las lágrimas y recordó las enseñanzas de la mujer que hizo de su madre los primeros años de su vida. "Enfrenta los desafíos con valentía, Shine", le había dicho infinitas veces, "los hijos ilegítimos de la realeza jamás son queridos o bien vistos, te espera un futuro difícil." Siguiendo aquel consejo, decidió que no se dejaría doblegar por el miedo y la incertidumbre. No supo cuánto tiempo pasó, pero a ella le parecieron tediosos siglos. De pronto, las puertas se abrieron nuevamente y los guardias entraron, la tomaron con salvajismo de ambos brazos y la arrastraron hasta la cámara real, donde sin ninguna delicadeza la arrogaron a los pies del rey, quién la observa con severidad, a su lado y cabizbajo estaba Kael. En ese momento supo que algo andaba mal. Shine, con la respiración agitada y el corazón latiendo rápidamente, se arrodilló, temiendo lo que pudiera suceder a continuación. El rey Frederick la observó con seriedad desde su imponente trono, mientras que el príncipe Kael apenas levantó la mirada para fijar sus ojos rojizos en ella. Los guardias permanecieron de pie junto a Shine, sus manos firmemente agarradas a sus armas. La joven pelirroja mantenía su cabeza gacha, evitando el contacto visual con el rey, pero no pudo evitar notar la tensión en la sala. El silencio que se apoderó del lugar solo aumentó su ansiedad. Finalmente, el rey Frederick rompió el silencio con su grave voz resonando en el salón real. —Shine, has sido arrestada por traición a la Corona, declaró con frialdad. Las palabras cayeron sobre ella como un balde de agua fría, dejándola perpleja y confundida. El príncipe Kael levantó la mirada, sus ojos chispeando con una mezcla de tristeza y angustia. —Padre, ¿qué evidencias tienes? —Preguntó Kael en un tono suave pero determinado. El rey Frederick suspiró pesadamente, su expresión reflejando una mezcla de decepción y furia. —Contra mi voluntad, mi querido hijo, se han presentado pruebas contundentes de que Shine ha estado sosteniendo una relación sentimental contigo a mis espaldas, — respondió el rey con frialdad. Las lágrimas brotaron de los ojos de Shine mientras escuchaba tales acusaciones, sabía que estaba en graves problemas por su falta, pero no se arrepentía en lo absoluto. Sus pensamientos se revolvían en su mente, incapaz de comprender cómo se había descubierto tal situación. ¿Cómo podría salir bien de esta situación? Sabía que no tenía cómo hacerlo, solo esperaba no arrastrar al príncipe con ella. Desesperada por encontrar respuestas, levantó la cabeza y buscó los ojos del príncipe Kael. Encontró en ellos una chispa de miedo, pero sin dudas, al igual que ella no se arrepentía. Sin embargo, antes de que pudiera decir una palabra, los guardias apretaron con fuerza sus brazos, recordándole bruscamente su posición de prisionera. El rey Frederick se levantó majestuosamente de su trono y se acercó a Shine. Un halo de rabia y frustración enmarcaba su rostro cansado mientras sostenía un pergamino en sus manos. —Es increíble cuan descarada eres, enteraste en tus redes a mi hijo, —murmuró el rey, con un deje de pesar en su voz, para luego proporcionar una fuerte bofetada a la joven, haciendo que su cuerpo frágil se balanceara por el impacto. Ante la acción de Frederick, Kael se sobresaltó apretando sus puños en señal de frustración. Quería intervenir, pero no deseaba empeorar la situación. Shine, aturdida por el golpe apretó los ojos, sintiendo como un hilo de sangre se deslizaba por su nariz perdiéndose entre sus abultados labios. —¿Tienes algo que decir en tu defensa, Kael? —Con paso decidido se acercó al príncipe. —No sé que te abran dicho, pero las cosas no fueron de ese modo. —Fijó la mirada en su padre. —Ella no cometió ninguna falta, fuí yo quién la besó en contra de su voluntad, Shine inmediatamente me apartó y mantuvo la distancia. Si alguien merece el castigo, ese soy yo. El rey Frederick, con rostro impregnado de furia, se para frente a su hijo, el príncipe Kael, quien le mira desafiante. A su alrededor, los guardias reales, con expresiones serias, rodean a Shine mientras sujetan su cabeza en alto para que no se pierda el espectáculo que el entablará en su honor. —Mantengan su cabeza en alto para que no pierda detalle de lo que está por ocurrir. —Una sonrisa siniestra se plasma en su rostro. El rey, con gesto amenazante, busca entre sus pertenencias y encuentra su fusta. Dirige su mirada al príncipe, quien, sin poner objeción alguna, se despoja lentamente de su indumentaria, quedando su torso al descubierto. Él aceptará el castigo por ambos y lo haría una y mil veces con tal de proteger a la joven pelirroja. Kael, aunque con semblante sereno, no puede ocultar la tensión en su cuerpo al saber lo que está por venir. Observa directamente a los ojos de su padre, sin mostrar rastro de miedo. —Sabes bien lo que ocurre cuando desafías mi autoridad, Kael. No puedo permitir que sigas insultando a la corona impunemente, mucho menos tolerar tal traición de tu parte. —Toma la fusta entre sus manos. El rey levanta la fusta en el aire, su mano temblorosa revelando la ira que le consume por dentro. Con un movimiento rápido y preciso, el látigo cae sobre la piel desnuda de Kael, dejando una marca rojiza en su espalda. El príncipe, aunque el dolor se apodera de su cuerpo, permanece en silencio, sin darle el gusto a su padre de verle quebrado. La multitud presente, conteniendo el aliento, observa la escena con horror y sorpresa. Los ojos de Shine se llenan de lágrimas. Los azotes se suceden uno tras otro, el sonido del látigo cortando el aire y mezclándose con el silencio perturbador del patio. La mirada de Frederick se mantiene fija en su hijo, como buscando algún signo de arrepentimiento en sus ojos desafiantes, sin embargo, no lo encuentra. Kael, aunque cada golpe causa un nuevo estremecimiento en su cuerpo, no claudica. Sus ojos reflejan una determinación inquebrantable, como si estuviera dispuesto a soportar cualquier castigo antes que doblegarse ante su padre. Finalmente, el rey Frederick detiene los azotes, su respiración agitada trae consigo una mezcla de ira y frustración. Kael, su espalda surcada por las marcas de la fusta, se mantiene erguido frente a su padre, con una entereza que desafía todo pronóstico, el olor a sangre fresca inunda las fosas nasales de los presentes y Shine siente que se desmayara en cualquier momento. Con la voz cargada de rabia el rey rompe el silencio. —Que esto te sirva de lección, Kael. No toleraré más actitudes desafiantes. Eres mi hijo y, como príncipe heredero, debes aprender a respetar la jerarquía. ¡Esta mujer me pertenece, te guste o no! —Señaló a la pelirroja quién sollozaba en silencio al ver el estado del príncipe. Kael asiente con una mirada desafiante y dolorida a la vez. El rey Frederick, aunque con la furia aún evidente en su rostro, resiente una pizca de orgullo ante el temple de su hijo. La escena se disuelve en un silencio incómodo mientras los guardias ayudan a Kael a ponerse su indumentaria y el príncipe se prepara para enfrentar las consecuencias de su acto desafiante. —Escolten a Kael hasta el calabozo, permanecerá encerrado hasta nuevo aviso. —Habló el hombre con severidad, —a ella tomenla y llevenla a mi habitación. El corazón de ambos jóvenes comenzó a latir desenfrenado, ambos sabían los que esas palabras significaban.
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