Ámbar se acercó lentamente al espejo, evitando mirar directamente su reflejo. Sabía que algo estaba mal, podía sentirlo en lo más profundo de su ser. Sin embargo, su corazón se aceleró cuando vio su pálido rostro reflejado en el cristal. Sus ojos cansados habían perdido el brillo que alguna vez tuvieron, y su expresión reflejaba una mezcla de miedo y angustia.
Con cuidado, desvió su mirada hacia el lavabo, donde el test de embarazo yacía en silencio. Aunque temía enfrentar la respuesta que el pequeño dispositivo le daría, no podía evitar agarrarlo con manos temblorosas, mirándolo detenidamente.
Sus ojos se llenaron rápidamente de lágrimas cuando el resultado apareció frente a ella, confirmándole lo que ya sabía en lo más profundo de su corazón. El indicador mostraba claramente un positivo. En ese momento, una avalancha de emociones desbordantes la inundo.
Ámbar dejó caer el test sobre el lavabo, dejando escapar un sollozo angustiado. Su cuerpo temblaba y su mente se inundaba de pensamientos oscuros. Solo tenía diecisiete años, ¿cómo podría lidiar con la realidad de estar embarazada? Las palabras desesperadas resonaban en su mente, deseando desaparecer, deseando morir.
Se aferró al borde del lavabo, sus dedos blancos por la presión. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas mientras luchaba contra la tormenta de emociones en su interior. La realidad la abrumaba y sentía que el mundo entero se cerraba sobre ella, dejándola sin aliento.
Ámbar se miró de nuevo en el espejo, esta vez sin evitar su propia imagen. La joven valiente, llena de sueños e ilusiones, ahora parecía frágil y perdida. Pero en ese momento, algo se encendió dentro de ella. A pesar de todos los miedos y dudas, no podía negar la pequeña chispa de amor y esperanza que comenzaba a crecer en su vientre. Tenía la esperanza de que Roy le ayudará a solucionar este problema, después de todo ambos eran responsables.
Ámbar salió del baño con una mezcla de ansiedad, angustia y miedo retorciéndose en su pecho. Sus manos temblorosas sostenían el test de embarazo, un pedazo de plástico que podría cambiarlo todo. Decidida, guardó el test en su bolso y salió apresuradamente de su hogar, con la urgencia de hablar con Roy, de contarle lo que estaba sucediendo.
Caminó rápidamente hacia la imponente mansión donde el rey y su familia residían. El corazón le latía con fuerza, sintiendo el peso de las próximas revelaciones que pondrían al descubierto su relación de tres meses con el príncipe. Tal vez era el momento de que todos se enteraran, de aceptar las consecuencias que ello traería.
Al llegar a la entrada principal, Ámbar encontró a Roy esperándola. Su mirada se abrió como platos al verla y, en un instante, la sujetó con ferocidad del brazo, arrastrándola hacia un lugar más apartado de las miradas indiscretas. Él no deseaba ser visto con una mujer como ella, menos cuando su padre había encontrado a una hermosa princesa para que contrayera matrimonio con él.
La furia brillaba en los ojos de Roy, su voz cargada de ira mientras le preguntaba qué demonios quería. Ámbar, con lágrimas amenazando con brotar de sus ojos, sacó el test de embarazo del bolso y se lo mostró.
"¡Mira! ¡Es cierto, Roy!", susurró con un nudo en la garganta. Sus emociones estaban enredadas, una tormenta de inseguridades y desesperación que la sometían a una tempestad emocional.
Pero en lugar de encontrar empatía o un gesto de preocupación en el rostro de Roy, lo que encontró fue negación. La respuesta fue rápida, implacable. "Ese hijo no puede ser mío", dijo Roy, con frialdad en sus palabras.
Ámbar sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Esperaba apoyo, comprensión, incluso la posibilidad de que compartiesen juntos la responsabilidad de aquella noticia inesperada. Pero en cambio, Roy la negaba, rechazaba su versión de los hechos. El dolor se instaló en su pecho, añadiendo un nuevo nivel de angustia a sus emociones ya desbordantes.
"Mentiría si te dijera que no esperaba otra cosa de ti", murmuró Ámbar con voz entrecortada por el llanto. La realidad de su situación la golpeaba duramente, sintiéndose desamparada en ese lugar lleno de lujos y trampas. El miedo se apoderó de ella, la incertidumbre del futuro y la posibilidad de criar a un hijo sin el apoyo del hombre que amaba, no quería llegar a imaginar la reacción de sus padres ante la noticia.
"Estoy comprometido, Ámbar, no hay lugar para ti y ese bastardo que llevas en tu vientre en mi vida." Arrojó aquellas palabras con crueldad mientras observaba a la joven con desprecio.
"Creí en ti, en tus promesas de amor, creí en cada una de tus malditas palabras por eso me entregué a ti." No pudo seguir hablando, las palabras se atoraron en su garganta.
El rey se encontraba paseando por los jardines del castillo cuando escuchó voces elevadas provenientes de uno de los callejones cercanos. Curioso, decidió acercarse y siguió el sonido hasta encontrarse con una escena inesperada.
Su hijo, Roy, estaba discutiendo acaloradamente con una joven plebeya. El rey observó por un momento, intentando comprender de qué trataba la discusión, pero fue entonces que captó una frase que hizo que su corazón se acelerara.
"¡Estás embarazada y te atreves a decir que es mi hijo!" exclamó Roy furioso.
"¡Me entregué a ti por amor, Roy! ¡No he estado con ningún otro hombre que no seas tú!"
Estas palabras le golpearon como un rayo. El rey se acercó rápidamente, interrumpiendo la disputa y mirando fijamente a la joven. La preocupación se reflejaba en sus ojos mientras escuchaba atentamente lo que Ámbar tenía que decir. Le daría el derecho a la duda, después de todo conocía perfectamente a su hijo y su fama de don Juan.
El rey escuchó en silencio mientras Ámbar explicaba su situación, sus miedos y preocupaciones. Sus ojos buscaban respuestas en el rostro del rey, pero solo encontró una mirada que parecía estar considerando algo. Finalmente, el rey se aclaró la garganta y habló con serenidad.
"Comprendo que esta situación es complicada tanto para ti como para mi hijo," dijo el rey, tomando un respiro. "Si estás dispuesta a aceptar mi oferta, te proporcionaré una cabaña perdida en el bosque donde podrás vivir tranquilamente, te garantizo que nadie te molestará nunca. Te aseguro que tendrás todo el cuidado y ayuda necesarios para dar a luz a tu hijo sin ser molestada ni juzgada, además te proveeremos de todo lo necesario para que vivas comida y sin carencias."
Ámbar miró al rey con desconfianza, sus ojos llenos de tristeza y decepción. Había esperado algo distinto, que le diera su lugar y no que la solución sea ocultarla del mundo. Sabía que solo querían deshacerse de ella, que solo le ofrecían una vida solitaria en el bosque. Las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro mientras se tomaba un momento para recobrar la compostura.
"Lo pensaré, Majestad" respondió con voz temblorosa. "Pero necesito tiempo para reflexionar sobre su oferta y tomar una decisión. Mañana, le daré mi respuesta."
El rey asintió comprensivamente, respetando el espacio que Ámbar necesitaba para pensar. Anhelaba que ella aceptara su propuesta, pero también entendía que no podía forzarla a hacerlo. Con voz suave, el rey se despidió y la dejó partir a su hogar.
Ámbar caminaba a paso lento por los adoquines húmedos de la ciudad, su rostro empapado en llanto y su corazón roto por el cruel rechazo de Roy. Sentía una mezcla de tristeza y rabia mientras las lágrimas continuaban surcando sus mejillas. Había confiado ciegamente en él a pesar de la mala fama que el príncipe tenía. Ilusamente se sintió especial cuando el príncipe posó sus ojos en ella habiendo tantas mujeres de clase alta que suspiraban por él. Ahora caía en cuenta de cuan estúpida fue aquella noche donde decidió entregarse a él.
Su mente se llenaba de pensamientos oscuros y dudas. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había sido tan ilusa al pensar que Roy la amaba de verdad? Y ahora, embarazada y abandonada, solo le quedaba el desamparo y el temor. Conservaba la leve esperanza de que sus padres la apoyaran y no la repudiaran ante tal desonra.
Finalmente, llegó a su modesta casa, donde encontró un poco de consuelo en la soledad. Se dejó caer en una silla, dejando que la angustia se apoderara de ella. Suspiros entrecortados escapaban de su pecho, y mientras miraba a su alrededor, se prometió a sí misma que encontraría la fuerza para continuar, incluso si eso significaba enfrentarse a la adversidad sola.
Ámbar sabía que el camino a seguir sería complicado, pero también entendió que merecía más que vivir en las sombra, bajo el amparo de mentiras y engaños. Tomó una respiración profunda y se limpió las lágrimas de sus mejillas, decidida a tomar el control de su vida y a enfrentar las consecuencias de sus acciones, sin importar lo difícil que pudiera ser. Necesitaba salir adelante y no solo velar por su bienestar.
La poca paz que reinaba en la vida de Ámbar se quebró en mil pedazos cuando sus padres y hermanos pequeños regresaron a casa. El ambiente se cargó de tensión y su padre, con voz prepotente, la mandó a servir la cena sin ni siquiera mirarla a los ojos. La joven, resignada ante la autoridad paterna, asintió con la cabeza y se dirigió con paso apresurado hacia la precaria cocina.
Con destreza, calentó la cena y la sirvió en los platos, apretando los labios para contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Mientras sus padres y hermanos mayores comían, Ámbar se ocupó de acostar a los pequeños, besándolos en la frente con ternura. Luego, volvió a la sala, tomó una profunda inspiración y les dijo a sus padres que debían hablar.
Con los ojos inundados de lágrimas, Ámbar confesó a sus padres que estaba embarazada y que el padre del niño no quería hacerse cargo. Omitió deliberadamente mencionar que el príncipe Roy era el progenitor de aquel ser que crecía en su vientre. Su madre, sumida en la tristeza, rompió en sollozos desconsolados mientras el rostro de su padre se transformaba en una mueca de furia descontrolada.
En un arranque de ira, su padre la insultó y la humilló sin piedad alguna, desgarrando su alma con cada palabra hiriente. Sin darle tiempo siquiera para recoger sus pertenencias, la echó a la calle con solo lo puesto, cerrando la puerta con violencia tras de sí. Ámbar se quedó petrificada en el umbral de la casa que una vez fue su hogar, sintiéndose herida y vulnerable.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras caminaba sin rumbo fijo, buscando refugio en la oscuridad de la noche. Su frágil figura se desvanecía entre las luces de la ciudad, desconocida para todos aquellos que pasaban por su lado sin percatarse del sufrimiento que llevaba consigo. A pesar de todo, Ámbar no dejaría que su espíritu se quebrara, lucharía por el bienestar de su hijo, sin importar la adversidad que se cruzara en su camino.