Capítulo 2

3002 Palabras
Ámbar, con el corazón aún cargado de tristeza por la indiferencia de Roy, llegó a la entrada de las imponentes propiedades del rey. Los primeros rayos del sol comenzaban a iluminar el lugar, bañándolo todo de una luz suave y cálida. Con paso decidido, Ámbar se acercó a los guardias que custodiaban la entrada y se anunció como había sido instruida. Los guardias, tras confirmar su identidad, hicieron una señal para que la joven pudiera entrar. Tras cruzar los majestuosos portones, Ámbar caminó por los elaborados jardines, sintiendo la mirada curiosa de algunas personas que se encontraban allí. Al llegar al imponente Palacio Real, respiró profundamente tratando de calmar los nervios que la invadían. Finalmente, fue recibida por el rey en persona. El monarca, con una expresión seria pero amable, la recibió con un gesto de bienvenida. A su lado, estaba Roy, el hijo del rey, quien tan solo le dirigió una mirada rápida pero desinteresada. Ámbar sintió cómo la desilusión se apoderaba de su ser. Aquel hombre al que había dado su corazón sin siquiera conocerlo y que una vez le había correspondido con su interés, ahora parecía no reconocerla. O simplemente ya no le interesaba reconocerla. Sin embargo, Ámbar decidió mantener la compostura y, con voz firme pero con un dejo de tristeza, se dirigió al rey. Le expresó que había decidido aceptar su oferta de vivir en medio del bosque y tener a su bebé en ese lugar, ya que no tenía a dónde ir y necesitaba encontrar un nuevo rumbo en su vida. El rey, con una mirada comprensiva, asintió y le agradeció su valentía y decisión. Le aseguró que recibiría el apoyo y la protección necesaria en su nuevo hogar. Él mismo se encargaría de ayudarla en todo lo necesario, haría todo lo que estuviera a su alcance por mantener el honor de su hijo. Ámbar observaba con melancolía cómo los tres robustos guardias del rey cargaban sus pertenencias en carros de madera, mientras el viento acariciaba suavemente su rostro. La jovencita sabía que su vida estaba a punto de cambiar drásticamente, y no podía evitar sentirse preocupada por lo que le deparaba el destino. El príncipe Roy, de mirada profunda y misteriosa, se encontraba presente en aquel momento pero honestamente no le importaba en lo absoluto lo que pasará con aquella muchacha y el bastardo que cargaba en su vientre. No quería verla por lo que evitaba cruzar sus ojos con los de Ámbar. La indiferencia de Roy eran como filosas dagas que se encajaban en su maltrecho corazón. El rey, con su autoridad imponente, dio las últimas instrucciones a los guardias antes de que partieran hacia el bosque. Les recordó la importancia de cuidar y proteger a Ámbar en su nuevo hogar, asegurándose de que no le faltara ni comida ni abrigo. La joven sintió un leve alivio al saber que, al menos, no pasaría necesidades en aquel lugar desconocido. El trayecto hasta la propiedad del rey en medio del bosque fue largo y silencioso. Ámbar se aferraba a su vestido con manos temblorosas, preguntándose cómo sería su nueva vida lejos de todo lo que conocía. Se sentía como una pieza de ajedrez movida por fuerzas más allá de su control. Enamorarse de la persona equivocada le había resultado demasiado caro. Finalmente, los guardias llegaron a su destino. La cabaña se alzaba majestuosa frente a ellos, prometiendo confort y resguardo en su aparente sencillez. Ámbar se sintió agradecida por la cálida bienvenida que su nuevo hogar le brindaba, pero al mismo tiempo, se llenó de una profunda tristeza al darse cuenta de la soledad que la aguardaba. Entró en la cabaña y una sensación de paz y serenidad la envolvió por completo. El lugar era acogedor y bien cuidado, con un fuego ardiendo en la chimenea y el aroma de la madera impregnando el aire. Sin embargo, a pesar del confort material que le rodeaba, Ámbar no podía escapar de la dolorosa sensación de estar completamente sola. Simplemente había sido un error en la vida del príncipe y ahora buscaban ocultar el desagradable error. El eco de los pasos de los guardias se alejó cada vez más, sumergiendo a Ámbar en un silencio abrumador. Se sentó en una silla junto a la ventana y observó el paisaje: los árboles danzaban al compás del viento y los rayos del sol se filtraban entre las ramas, creando destellos de luz sobre el suelo. Un sollozo escapó de los labios de Ámbar. La emoción y la angustia se mezclaban dentro de ella mientras enfrentaba la incertidumbre de su nuevo hogar y con manos temblorosas acarició su aún plano vientre. Llevaba apenas un par de horas en aquella cabaña y el peso de la soledad comenzaba a ser aplastante. °°°°°°°°°°°°°°° Ámbar estaba tendida en la cama del pequeño y oscuro cuarto de la cabaña, sintiendo cómo los intensos dolores de parto la atormentaban sin piedad. Su cuerpo estaba agotado y su mente llena de tristeza y desesperanza. Nueve meses de soledad y depresión habían dejado notables huellas en su delicada figura, y el brillo en sus ojos se había desvanecido por completo. Roy le había arrebatado todo, incluidas las ganas de vivir. El reloj marcaba las primeras horas de la madrugada cuando Ámbar se dio cuenta de que estaba completamente sola. Había llegado el momento de dar a luz al bebé que llevaba en su vientre, y la ausencia de cualquier ser querido o persona conocida comenzaba a socavar su confianza. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nadie había acudido a su llamado de ayuda? Las preguntas resonaban en su mente de forma angustiante. Pasó el tiempo y los dolores de parto se intensificaron. Ámbar, en un acto desesperado, comenzó a gritar pidiendo auxilio. A medida que las lágrimas rodaban por sus mejillas, dos guardias reales irrumpieron en la habitación. Sin embargo, no parecían estar en las mejores condiciones, pues el aroma a alcohol envolvía su cuerpo y sus risas desenfrenadas llenaban el aire. Los hombres se encontraban en un estado de euforia, charlando animadamente sobre la fabulosa boda del príncipe Roy y la princesa Juliana. Sus palabras resonaban como afiladas dagas en el corazón de Ámbar, quien se sintió sumida en una profunda tristeza. La esperanza, aunque minúscula, había desaparecido por completo en ese preciso instante. Roy no la amó y jamás lo haría. Mientras los guardias tropiezan entre risas y chistes, Ámbar sentía que ya no podía soportar ni un segundo más. Su cuerpo temblaba por el dolor, pero también por la tristeza y la soledad que la habían acompañado a lo largo de esos nueve meses. En un intento desesperado por encontrar un poco de consuelo, sus ojos se encontraros con los de uno de los guardias. Buscó en ellos un poco de empatía, aunque fuera mínima, pero solo encontró indiferencia. Ámbar, decidida a enfrentar su dolor en soledad, cerró los ojos y siguió luchando contra los espasmos en su vientre. A medida que su fuerza se agotaba, una sensación de resignación la invadió. Nada importaba ya, ni siquiera el nacimiento de su propio hijo. Para ella, la vida no tenía sentido sin amor y sin la posibilidad de vivir un amor correspondido. Los guardias continuaron su charla con indiferencia, ajena al sufrimiento de Ámbar. No había llegado nadie más a la habitación, nadie quebrantaría el silencio y la soledad en la que ella se encontraba. Mientras el mundo exterior celebraba la unión de dos almas prometidas, Ámbar daba a luz en la más absoluta desolación, preguntándose si algún día encontraría en su vida el amor y la felicidad que tanto ansiaba. Ámbar, desesperada por obtener ayuda, se acercó a los guardias reales y les dijo que había comenzado con trabajo de parto. Alarmados y sin saber qué hacer, los guardias decidieron asistirla de inmediato. La llevaron de regreso a la habitación para poder comenzar con la labor, donde intentaron preparar todo lo necesario para recibir al bebé que estaba por venir. El ambiente estaba lleno de tensión y nerviosismo. Ámbar se aferraba a la esperanza de que su bebé naciera de manera segura, mientras los guardias luchaban por mantener la calma y seguir todos los protocolos necesarios. El trabajo de parto fue largo y doloroso. Los guardias, sin experiencia en ese tipo de situaciones, hicieron todo lo posible para ayudar a Ámbar. Fueron momentos intensos, llenos de angustia y preocupación, pero finalmente, después de un último esfuerzo, nació una hermosa niña, de piel muy blanca, un poco de cabello cobrizo y profundos ojos azules, tan parecida a su madre.ñ El llanto del bebé llenó la habitación, llenando el aire de esperanza y alegría. Los guardias, emocionados y aliviados de ver a la pequeña llorando, la envolvieron en una manta y la llevaron hacia Ámbar. Cuando la colocaron en los brazos de su madre, se dieron cuenta de que algo no estaba bien. Ámbar, con lágrimas en los ojos y su mirada perdida había dejado de respirar. Su cuerpo estático alarmó a ambos hombres, quienes no tenían la más remota idea de que hacer. Los guardias, en un intento desesperado por salvar a la joven, comenzaron a realizar maniobras de reanimación. Pero era demasiado tarde. Ámbar había dejado de respirar antes de que pudieran siquiera darse cuenta. °°°°°°°°°°°°°°°°° A la pequeña se le llamó Shine y el rey ordenó que sus concubinas la cuidarán en el castillo, era demasiado pequeña y sin una madre no iba a sobrevivir, después de todo, aquella pequeña era su nieta. Roy, a diferencia de su padre, jamás se interesó en conocer a la pequeña, mucho menos le interesaba el trágico final de Ámbar. Él ahora se sentía pleno y feliz por que su esposa le había dado un hijo varón, un futuro heredero a la corona. En un oscuro rincón del imponente castillo, los suspiros de un rey enfermo resonaban en la vastedad de los pasillos. Las velas temblaban bajo la débil luz, mientras la noche parecía teñirse de sombras. Los médicos se afanaban en torno al lecho, buscando una cura para la extraña enfermedad que agobiaba al monarca. Sin embargo, los esfuerzos resultaron en vano. Los meses pasaron velozmente, llevando consigo la vida del rey. Su último aliento se perdió en el aire, dejando un frío silencio en la cámara real. Roy, su hijo primogénito, tomó el poder. Marcado por una ambición desmedida y una naturaleza cruel, ascendió al trono sin miramientos. Era notorio que sus ansias de control iban más allá de lo que su padre había sido capaz de imaginar. Bajo su mando, el reino se tiñó de oscuridad. Pero fue entonces cuando la historia dio un giro inesperado. Una niña de cabellos cobrizos como rayos de sol y brillantes ojos azules como estrellas apareció en escena. Era Shine, la hija bastarda del antiguo rey, producto del amor prohibido que llevó consigo las sombras de la traición. A medida que Shine crecía, su belleza y encanto eran evidentes. Sin embargo, su infortunio estaba marcado desde su nacimiento. Seducido por la sed de poder, Roy decidió encerrarla en una aislada habitación del castillo, lejos de cualquier mirada indulgente. Esa joven era la prueba viviente de sus errores y lujuria. El frío de aquel encierro no lograba extinguir el fuego valiente que ardía en el corazón de Shine. La determinación y el anhelo de libertad y amor crecían día tras día. Cada latido de su corazón se convertía en un grito silencioso. Pasaron los años y Shine se convirtió en una hermosa mujer, lista para enfrentar el destino que su cruel padre le tenía reservado. Era consciente de que su futuro estaba en manos de un soldado leal, alguien que la tomaría por esposa sin su consentimiento, sin tener en cuenta sus sueños ni su deseo de amor verdadero, aún así, a veces le gustaba soñar, creer que conocería a alguien que la amaría y le enseñaría lo hermoso de vivir. Sin embargo, Shine no estaba dispuesta a renunciar fácilmente a su libertad. En las noches solitarias de su cautiverio, tejía en su mente estrategias para escapar de su prisión dorada. En cada hilo de esperanza, encontraba la determinación para enfrentar a su tirano padre y reescribir su propio destino, sin embargo, esas ideas se difumaban con los primeros rayos de sol. Estaba atrapada, solo le quedaba esperar. °°°°°°°°°°°°° La guerra se desató, el reino del esté, liderado por el monarca Frederick, era uno de los reinos más poderosos, la magia y poder de aquel hombre eran deslumbrantes, sin mencionar el enorme poder del príncipe Kael, a quién todos le temían por la magia oscura que siempre lo rodeaba. En poco tiempo, Frederick se apoderó de casi todos los reinos, asesinado a sus monarcas y dirigentes. Roy, como buen cobarde, decide no pelear y pedir una tregua de paz, a cambio le ofreció a Frederick lo que él quisiera. Simple, él quería una esposa joven y virgen, ya que hace algunos meses su esposa murió. Roy aceptó su petición de forma inmediata, tenía a la candidata perfecta, que mejor que ofrecer a la bastarda de Shine. Frederick llegaría pasado el amanecer, por lo que llamó a las sirvientas del castillos y las mandó a preparar a Shine, que le dieran un buen baño, peinaran su cabello, maquillaran su rostro y la vistieran con los más finos vestidos, la adornarán con joyas y usarán perfumes finos en su piel. La jovencita de solo diecisiete años debía lucir hermosa para cuando Frederick llegara la castillo. —¿Qué harán conmigo? —Preguntó Shine entre quejidos por lo fuerte que la mujer le jalaba el cabello para peinarla. —No lo sé, el rey nos mandó a prepararla y honestamente no nos importa el propósito que él tenga para contigo. —Respondió la mujer de manera hostil Shine prefirió guardar silencio, era mejor tener la boca cerrada si no quería quedar sin cabello. Suspiró aliviado cuando finalice estaba vestida, maquillada y peinada. Sorprendida observó su rostro en el espejo, notando que el maquillaje la hacía lucir un poco más grande de lo que en verdad era. Dos guardias la custodiaron y la llevaron a la cámara real, donde Roy la esperaba impaciente. °°°°°°°°°°°°°°°° En el castillo del reino de Roy, las puertas se abrieron lentamente mientras el ruido de los cascos de los caballos rompía el silencio del lugar. Un grupo de hombres armados, liderados por el imponente rey Frederick, entraron en el recinto. El rey Roy se encontraba nervioso, esperando en el gran salón. Frederick, vestido con una armadura resplandeciente, avanzó hacia el trono donde yacía Roy. Sus ojos oscuros brillaban con malicia mientras miraba fijamente al rey contrario, quien desviaba la mirada con incomodidad. —Has sido valiente al buscar esta tregua, Roy —dijo Frederick con un tono sarcástico. —Pero sabes que esta paz tiene un precio. Roy asintió con timidez, sabiendo que había llegado el momento de aceptar su destino y pagar el precio por salvar a su reino. Respiró hondo antes de responder con una voz entrecortada: —Si, mi señor. Estoy dispuesto a darle todo lo que desee, siempre y cuando no manche mi honor. Frederick soltó una carcajada que resonó por todo el salón, llenando el ambiente de una malévola satisfacción. Miró de reojo a la figura que se mantenía en las sombras, la princesa Shine, quien permanecía en silencio, asustada pero decidida. —¿Honor, dices? —Frederick se acercó más a Roy, su mirada penetrante intimidaba al rey. —El honor es una palabra vacía en tiempos de guerra, Roy. Pero, no te preocupes, no mancharé tu honor. Solo quiero una esposa, joven y virgen. El rey Roy tragó saliva con dificultad, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Sus ojos instintivamente se posaron en su hija ilegítima, Shine, quien permanecía quieta, consciente de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Roy se levantó de su trono y se dirigió a la figura en las sombras. Shine se mantuvo firme, sin mostrar miedo, aunque su corazón latía con fuerza y sus piernas temblaban de miedo. —Hija, te he ocultado durante años, protegiéndote de la crueldad de este mundo. Pero llegó el momento en que debes valerte por ti misma. Acepta el destino que nos ha sido impuesto y salva a nuestro reino. Nuestra seguridad está en tus manos. —Con cierto desprecio acarició la mejilla de la joven, quién se encogió un poco más sobre sí misma. Shine asintió con tristeza, consciente de que su sacrificio era necesario, después de todo su destino sería el mismo independiente de que pudiera pensar al respecto. Mientras el rey Roy se acercaba a Frederick, Shine caminó hacia él, su paso firme y decidido. Sus ojos azules, brillantes como el mar, cautivaron la atención del rey del este. Frederick quedó impresionado por la belleza de Shine, su cabello cobrizo caía en cascada sobre sus hombros y su semblante lleno de valentía contrastaba con su delicada apariencia. —Mi señor, aquí tienes lo que pides. Mi hija, la princesa Shine, cumplirá sus deseos —anunció Roy con voz temblorosa. Cruzaba los dedos para que aquella mocosa fuese del gusto de aquel hostil hombre. Frederick sonrió satisfecho y extendió su mano hacia Shine, quien, con valentía, colocó su mano en la del rey del este. Sus miradas se encontraron y en ese momento Shine supo que su vida había cambiado para siempre. Ya no había salvación para ella, era demasiado tarde para eso... El rey Frederick y Shine abandonaron el salón del trono, dejando atrás a Roy con una amplia sonrisa en su rostro y a un reino a merced de la guerra y la ambición.
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