Capítulo 3

1442 Palabras
Frederick, con una mezcla de excitación y ansiedad, tomó a Shine con brusquedad de la muñeca, provocando que la jovencita se quejara levemente. Su mirada curiosa exploró cada detalle de su rostro, quedándose admirado por sus hermosas facciones, con esos grandes ojos azules que parecían tener un universo en su interior. Sin poder resistirse, su atención se centró en el cabello cobrizo de Shine, que resaltaba aún más sus delicadas facciones. Con movimientos rápidos y precisos, Frederick se montó en su majestuoso caballo n***o, sintiendo cómo el poder del animal vibraba a través de él. Sin embargo, no pudo evitar deleitarse con la estrechez de la cintura de Shine, aferrándose a ella con su brazo mientras la acomodaba bruscamente delante de él. El contacto de sus cuerpos, la cercanía casi palpable, hacía que su corazón latiera desbocado. Hace tanto no se sentía así con una mujer, pero como no hacerlo, la chiquilla era hermosa, tal cual como a él le gustaban. Mientras cabalgaban juntos, el viento acariciaba sus rostros y el suave aroma a flores que emanaba de la piel de Shine envolvía a Frederick con un halo de dulzura. Esa fragancia era como un hechizo irresistible, el rey sentía que esa niña, que pronto se haría toda una mujer, sería una estupenda reina. Él la forjaria a su imagen y semejanza, hasta convertirla en una mujer digna de la corona. Frederick apenas podía contener el deseo de perderse en esos ojos azules y sumergirse en esa cintura estrecha, pero se recordó a sí mismo que debía ser paciente, que el correr no era la respuesta. Aquel momento era solo el comienzo de su historia, una historia que se prometía llena de emociones y pasiones desbordantes, por que llegando a su reino la tomaría durante toda la noche. Shine se mantuvo en silencio y su cuerpo de a ratos se convulsiona a causa del llanto. Esta asustada, ese hombre prácticamente le triplica la edad y quien sabe que cosas hará con ella. En ese mismo momento desearía detener el tiempo, poder huir de los brazos opresores de quién será su futuro esposo. Pero la suerte jamás estuvo de su lado y en esta ocasión tampoco es diferente. Las horas pasaron como un suspiro y, cuando llegaron a su destino, Frederick ayudó a Shine a bajar del caballo con la misma brusquedad con la que la había montado. Sus ojos se encontraron una vez más, y en ese instante supieron que nunca volverían a ser los mismos. Frederick supo que aquella niña le haría perder la cabeza, mientras que Shine supo que aquel hombre sería su verdugo. En ese momento, la pelirroja se juró a sí misma y por la memoria de su madre que resistiría a todo, algún día tendría la suficiente fuerza y poder para cobrar venganza. Todos aquellos que aportaron en su infelicidad, especialmente Roy, pagarían. Frederick, se acercó a Shine y agarró su mano con firmeza, la pelirroja jadeó en sorpresa, más de dejó arrastrar por el hombre. Sin decir una palabra, comenzó a caminar tirando de ella hacia el centro del bullicioso pueblo que se hallaba reunido en las puertas del palacio para dar la bienvenida a su rey. Shine, con pasos torpes y algo torcidos, seguía a su lado, aturdida por la multitud que les rodeaba. Sus mejillas se tiñeron de un suave rubor y sus manos comenzaron a temblar ligeramente. No estaba acostumbrada a tantas personas, después de todo pasó toda su vida encerrada entre cuatro paredes. A medida que avanzaban, cada vez más personas se unían a la animada bienvenida, saludando con alegría y cantando en honor al rey y su corte de caballeros. El sonido ensordecedor de risas y vítores llenó el aire, haciendo que Shine se sintiera aún más abrumada. Agradecida, la joven suspiró aliviada cuando Frederick la condujo hacia las puertas imponentes del castillo. Los ruidos del exterior dieron paso a una calma serena al cruzar el umbral de la fortaleza. Allí, el silencio envolvió a la pareja y ella comenzó a sentirse más segura, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido frente a sus ojos. Frederick soltó su mano y la miró con curiosidad, capturando la aturdida expresión de Shine. Sus ojos se encontraron, transmitiendo un sinfín de emociones. El rey se acercó lentamente a ella, envolviéndola con sus brazos protectores. El corazón de Shine latía desbocado en su pecho mientras sentía su cercanía. No deseaba tener a ese hombre tan cerca de ella, su solo tacto le aterraba. —No temas, mi querida Shine —murmuró Frederick, su voz llena de calma y seguridad, pero su mirada reflejaba el más ardiente deseo. —Tú eres mi trofeo más deseado, por ahora dejaré que te ambientes, pero pronto te haré mía y te enseñaré lo que es tener un verdadero hombre. Shine asintió, tratando de calmar su nerviosismo, sus piernas temblaban al igual que sus manos. Rápidamente desvío la mirada, sintiendo el aliento tibio del rey golpear en su mejilla. El rey acarició suavemente sus mejillas y se inclinó para depositar un tierno beso en sus labios. En ese instante, el tiempo se detuvo para el hombre, mientras que para Shine, esos escasos segundos que duró el contacto fueron una maldita eternidad. Ante la poca participación de Shine, el hombre decide separarse y con cierta frustración mando a llamar a una de las tantas empleadas del castillo. Una mujer de mediana edad acudió a su llamado e hizo una leve reverencia ante su majestad. —Lleva a mi nueva adquisición al sector de las concubinas, dile a Sasha que la espero esta noche en mi habitación. —Sin esperar respuesta alguna el hombre se alejo. —Acompañeme señorita, —la voz de la mujer era suave y de algún modo hizo sentir mucho más tranquila a la chica. Shine observaban deslumbrada castillo del rey Frederick, un lugar lleno de lujo y esplendor. Acompañada por una de las empleadas del castillo, recorrió los imponentes pasillos mientras sus ojos curiosos no dejaban de observar cada detalle que se presentaba ante ella. Las paredes estaban cubiertas de hermosas pinturas y tapices que contaban historias de antiguas batallas y hazañas de la realeza. Las lámparas colgantes emitían una luz cálida y suave que iluminaba el camino de ambas mujeres. El suelo de mármol brillaba como el agua bajo el sol y cada paso que daba resonaba en la majestuosidad del lugar. Guiada por la empleada, finalmente llegaron a un ala especial del castillo donde habitaban las concubinas del rey. Puertas talladas en madera noble daban paso a habitaciones espaciosas y lujosas, cada una decorada con muebles finamente detallados y suntuosos cortinajes. Shine se quedó sin aliento ante tanta belleza y opulencia. En su antiguo hogar era limitada a una vieja y oscura habitación. La empleada abrió una puerta y condujo a Shine hacia su habitación asignada. El lugar era amplio y agradable, con una cama elaborada en madera maciza y cubierta con finos tejidos bordados. Un tocador de cristal relucía cerca de la ventana, ofreciéndole una vista maravillosa al jardín del castillo. Sin embargo, el sonido de risas y voces provenientes del patio llamaron la atención de Shine. Curiosa y emocionada por conocer a las demás mujeres del lugar, salió al patio. Allí encontró a un grupo de jóvenes, cada una con una belleza única y una mirada llena de desconfianza hacia ella. Con timidez, Shine se acercó a ellas y, con una pequeña reverencia, saludó con educación. Las jóvenes la observaron en silencio, evaluando su presencia. Shine podía sentir su mirada escrutadora y nerviosamente se preguntaba si sería bien recibida en aquel lugar. El silencio se rompió cuando una de las mujeres, de cabellos oscuros y ojos penetrantes, habló con voz ligeramente fría. ─¿Tú eres la nueva adquisición del rey? —Preguntó con cierto tono de superioridad. Shine asintió con delicadeza, tratando de mantener la calma y demostrar respeto. ─Sí, mi nombre es Shine. Me siento honrada de estar aquí ─respondió, esperando no cometer ningún error. Las jóvenes intercambiaron miradas y parecieron debatir un momento en susurros. Finalmente, otra mujer, de cabello rubio y mirada compasiva, se adelantó y sonrió amigablemente. ─Bienvenida, Shine. Soy María. Tenemos nuestras diferencias, pero aquí entre nosotras podemos encontrar apoyo y compañía. Espero que te sientas cómoda en este lugar tan diferente ─dijo con bondad. Shine agradeció internamente las palabras de María y se sintió un poco más segura. Con una mezcla de emoción y nerviosismo, se unió al grupo y comenzó a entablar una conversación, deseando que aquel nuevo capítulo en su vida en el castillo del rey Frederick no fuera tan malo como creía.
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