La última vez que Luka De Santis vio a su padre con vida, no hubo despedidas.
Ni advertencias.
Ni presentimientos que justificaran el peso que más tarde se instalaría en su pecho.
Salvatore De Santis estaba de pie junto a la ventana del despacho, con una copa de whisky en la mano, observando la ciudad como si pudiera leer en sus luces el futuro que se empeñaba en construir. Era un hombre grande, de espalda ancha, con el cabello apenas salpicado de canas y una presencia que imponía silencio sin necesidad de levantar la voz.
—No te quedes ahí parado como un guardia —dijo, sin volverse—. Siéntate.
Luka obedeció.
Tenía veintiséis años y ya llevaba la violencia escrita en los huesos, aunque todavía no en la mirada. Vestía de n***o, como casi siempre, pero su rostro conservaba una dureza contenida, no esa frialdad absoluta que años después haría temblar a quienes lo miraran de frente.
—Bellini pidió una reunión —continuó Salvatore—. Mañana.
El nombre cayó como una piedra.
—¿Marco Bellini? —preguntó Luka, tenso.
—El mismo.
Luka apretó la mandíbula.
—No deberías ir.
Salvatore sonrió apenas, un gesto cansado.
—Eso mismo me dijiste la última vez. Y sigo aquí.
—Esta vez es distinto —insistió Luka—. Hace meses que mueve cosas en las sombras. Cerró rutas, compró silencios. Está preparando algo.
Salvatore finalmente se dio vuelta.
—Siempre prepara algo —respondió—. Es su naturaleza. Pero no va a atacarme de frente. No le conviene.
Luka se levantó.
—Nada de lo que hace Bellini conviene a nadie más que a él.
Salvatore dejó la copa sobre el escritorio.
—Escuchame bien —dijo, con firmeza—. Yo empecé esta guerra mucho antes de que nacieras. Y no voy a ser yo quien la termine escondido.
—No es esconderse —replicó Luka—. Es sobrevivir.
El silencio que siguió fue pesado.
—Tú todavía piensas que esto se trata solo de sobrevivir —dijo Salvatore, con una mueca triste—. Yo ya aprendí que se trata de dejar algo atrás.
Luka frunció el ceño.
—¿Qué tratas de decir?
—Que todo imperio se cobra su precio. Y alguien tiene que pagarlo.
Luka sintió una incomodidad extraña.
—No hables como si te estuvieras despidiendo.
Salvatore lo observó con detenimiento. Había orgullo en sus ojos. Y algo más… algo que Luka no supo nombrar en ese momento.
—Si mañana no vuelvo —dijo—, el clan queda en tus manos.
—No digas estupideces.
—No es una opción —continuó Salvatore—. Es una instrucción.
Luka dio un paso hacia él.
—No voy a aceptar nada así.
Salvatore sonrió por última vez.
—No tienes que aceptarlo. Solo sobrevivirlo.
La reunión se pactó en territorio neutral.
Un restaurante antiguo, discreto, con mesas separadas y un servicio que sabía cuándo desaparecer. Bellini había elegido el lugar con precisión quirúrgica: ni demasiado público para provocar un escándalo, ni lo suficientemente aislado como para levantar sospechas.
Salvatore llegó solo.
Eso, más que un gesto de confianza, fue un mensaje.
Marco Bellini ya estaba allí cuando entró. Impecable, relajado, con una sonrisa educada que no alcanzaba a tocarle los ojos.
—Salvatore —saludó—. Me alegra que hayas aceptado.
—No tenía motivos para rechazar —respondió De Santis, sentándose frente a él—. Dime qué quieres.
Bellini entrelazó los dedos.
—Paz.
Salvatore soltó una carcajada breve.
—Esa palabra no significa nada cuando sale de tu boca.
—Siempre fuiste directo —admitió Bellini—. Y eso es algo que respeto.
Pidió vino para ambos sin consultar.
—Hay movimientos que no puedes seguir sosteniendo —continuó—. Estás forzando límites.
—Los límites los pone el que tiene más poder —respondió Salvatore—. Y ese todavía no eres tú.
Bellini inclinó la cabeza, aceptando el golpe.
—No —dijo—. Pero estoy dispuesto a pagar el precio que sea necesario pagar para serlo.
La conversación se estiró durante más de una hora. Acuerdos rotos. Territorios disputados. Viejas traiciones que ninguno de los dos estaba dispuesto a perdonar.
Cuando Salvatore se levantó, supo que no habían llegado a nada.
—Cuídate, Salvatore —dijo Bellini al despedirse—. Los tiempos están cambiando.
—Siempre lo hacen —respondió él—. Pero algunos no sobreviven para verlos.
Bellini sonrió.
El disparo no ocurrió esa noche.
Ni siquiera al día siguiente.
Ocurrió tres días después, cuando Salvatore salió de un galpón del puerto creyendo que el acuerdo con un intermediario estaba cerrado.
El auto apareció de la nada.
Dos hombres.
Un arma con silenciador.
Un disparo certero en la sien.
Salvatore De Santis murió antes de tocar el suelo.
La noticia llegó a Luka como un golpe seco.
No hubo llanto.
No hubo gritos.
Solo una quietud absoluta, peligrosa.
—Fue Bellini —dijo uno de los hombres del clan, temblando—. No dejó huellas, pero todos saben que fue él.
Luka no respondió.
Se quedó mirando el cuerpo de su padre, cubierto con una sábana blanca, como si aún esperara que se levantara y le dijera que todo había sido una prueba.
—No fue un ataque impulsivo —continuó el hombre—. Fue… una ejecución.
Luka cerró los ojos.
En su mente, la última conversación se repitió como una maldición.
Si mañana no vuelvo…
—Déjenme solo —ordenó.
Cuando el lugar quedó vacío, Luka se acercó al cuerpo.
Apartó la sábana.
El rostro de Salvatore estaba en paz.
Eso fue lo que más lo destruyó.
—Te lo advertí —susurró Luka—. Y no me escuchaste.
Apoyó la frente contra la de su padre, por primera vez permitiéndose sentir.
No lloró.
No todavía.
Esa noche, Luka De Santis tomó el mando del clan.
No hubo ceremonias.
No hubo discursos.
Solo una reunión breve, silenciosa.
—Bellini cruzó una línea, tiene una deuda conmigo —dijo Luka, con voz firme—. Y toda deuda se paga.
—¿Cuándo atacamos? —preguntó alguien.
Luka negó lentamente.
—No ahora.
Los hombres se miraron, confundidos.
—No voy a matarlo rápido —continuó—. No voy a darle una muerte limpia.
Sus ojos eran hielo puro.
—Voy a hacerlo sufrir, voy a quitarle lo único que cree intocable.
El nombre de Alina Bellini todavía no había sido pronunciado.
Pero el destino ya estaba escrito.
Luka levantó la mirada, y por primera vez entendió qué había querido decir su padre.
La herencia no era el poder.
Era la venganza.