El precio del poder
Alina Bellini estaba convencida de que nada malo podía ocurrir un jueves por la tarde.
El sol entraba oblicuo por los ventanales del departamento, tiñendo de dorado las paredes claras y el parquet perfectamente pulido. Había dejado el bolso sobre la silla del comedor, se había quitado los zapatos y caminaba descalza, con una taza de té entre las manos, disfrutando de ese silencio tibio que siempre asociaba con la paz. Su vida era así: ordenada, segura, casi predecible. Tal vez demasiado.
El teléfono vibró sobre la mesada de mármol.
Alina miró la pantalla sin apuro, con una sonrisa automática que se le formó apenas leyó el nombre.
Papá.
—Qué puntual —murmuró para sí misma.
Marco Bellini solía llamarla a esa hora exacta, como si incluso el afecto tuviera que responder a una agenda. Alina deslizó el dedo por la pantalla y contestó con la familiaridad de quien jamás dudó del amor que la esperaba del otro lado.
—Hola, papá.
Del otro lado, el silencio se prolongó más de lo habitual.
No era un silencio incómodo, no al principio. Marco siempre había sido un hombre de pausas medidas, de palabras elegidas con cuidado. Pero algo en ese mutismo le tensó el pecho.
—Alina —dijo finalmente—. Necesito que vengas a casa esta noche.
El tono era calmo. Demasiado calmo.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, apoyando la taza y frunciendo apenas el ceño.
—Nada de lo que debas preocuparte —respondió él—. Pero es importante. Quiero verte.
Alina dudó. No era común que Marco la llamara para “hablar” sin decirle de qué se trataba. Él respetaba su independencia, o al menos eso creía. Vivía sola desde hacía dos años, en un departamento que él mismo había comprado, y nunca se había entrometido más de lo necesario.
—Tenía planes con Clara —dijo—. Podemos vernos mañana.
—No —cortó Marco, sin elevar la voz—. Hoy.
Esa sola palabra bastó para que algo se quebrara.
Alina apretó el teléfono con más fuerza.
—Papá… ¿qué está pasando?
Del otro lado, Marco suspiró despacio, como si cada segundo fuera una pieza que debía encajar con exactitud.
—Te mando a buscar en una hora.
—¿A buscar? —repitió ella, incómoda—. Puedo ir yo sola.
—No —volvió a decir—. Es mejor así.
El llamado se cortó sin despedidas.
Alina se quedó inmóvil, con el teléfono aún apoyado en la oreja, escuchando el pitido seco que marcaba el final de la comunicación. Un escalofrío le recorrió la espalda. No supo explicar por qué, pero la sensación era clara: algo había cambiado.
Una hora después, el automóvil n***o esperaba frente al edificio.
Alina bajó con el corazón acelerado, saludó al chofer —un hombre que conocía desde siempre— y subió sin hacer preguntas. El trayecto hasta la mansión Bellini transcurrió en un silencio espeso. Afuera, la ciudad seguía su curso normal, ajena a la tormenta que empezaba a gestarse dentro de ella.
La casa de su padre se erguía imponente, como siempre. Blanca, elegante, rodeada de jardines impecables. Alina había crecido allí, creyendo que ese lugar representaba seguridad, refugio, familia. Esa noche, sin embargo, la fachada le pareció distante, casi ajena.
Marco la esperaba en el despacho.
No se levantó cuando ella entró.
Estaba de pie junto al escritorio, con las manos apoyadas sobre la superficie de madera oscura. Vestía un traje gris impecable, sin corbata. Su rostro, habitualmente sereno, parecía tallado en mármol.
—Papá… —dijo Alina, acercándose—. Me asustaste. ¿Qué sucede?
Marco la observó en silencio durante unos segundos. Su mirada se suavizó apenas, pero no dio un paso hacia ella.
—Siéntate, hija.
Alina obedeció, aunque cada fibra de su cuerpo gritaba que algo estaba mal.
—¿Es por el trabajo? —intentó—. Si es eso, no tenías que…
—No tiene nada que ver con lo que tú crees que es mi trabajo —la interrumpió.
Ella parpadeó.
—No entiendo.
Marco rodeó el escritorio y se sentó frente a ella. Apoyó los codos, entrelazó los dedos. Ese gesto lo conocía bien: era el mismo que hacía cuando tenía que tomar una decisión importante.
—Alina —comenzó—. Necesito que confíes en mí.
—Siempre confío en vos —respondió ella sin dudar.
El silencio volvió a caer, pesado.
—Vas a casarte.
La frase quedó suspendida en el aire, absurda, imposible.
Alina soltó una risa nerviosa.
—¿Qué?
—Te vas a casar —repitió Marco, con la misma calma—. El compromiso se anunciará en los próximos días.
—Papá… —se levantó de golpe—. Esto no es gracioso.
—No estoy bromeando.
Ella lo miró, buscando una grieta, una señal de que aquello era una exageración, una idea pasajera. No encontró nada.
—¿Con quién? —preguntó, incrédula—. ¿Desde cuándo decidís algo así por mí?
Marco apartó la mirada un segundo.
—Es alguien que puede protegerte.
—¿Protegerme de qué? —alzó la voz—. No necesito que nadie me proteja. Tengo mi vida, mi trabajo, mis planes. ¡No puedes decidir esto por mí!
Marco se puso de pie.
—Sí puedo —dijo, firme—. Y lo hago porque es la única manera.
—¿La única manera de qué? —los ojos de Alina brillaban, llenos de confusión—. Papá, hablá conmigo. ¿Qué está pasando?
Marco dio la vuelta al escritorio y se detuvo frente a ella. Por primera vez, su expresión mostró algo parecido al cansancio.
—Hay cosas que no puedo explicarte —dijo—. No ahora.
—Entonces no esperes que acepte —replicó ella—. No voy a casarme con un desconocido solo porque tú lo digas.
—No es un desconocido —respondió Marco—. Se llama Luka De Santis.
El nombre no significó nada para ella.
—Nunca lo escuché —dijo—. ¿Quién es?
Marco tardó un segundo de más en responder.
—Es un hombre peligroso.
Alina sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Y quieres que me case con él? —la voz le tembló—. ¿Estás escuchándote?
—Justamente por eso —replicó Marco—. Porque es peligroso. Y porque, a su manera, ese peligro puede mantenerte a salvo.
—Esto es una locura —susurró ella—. No te entiendo.
Marco dio un paso hacia ella.
—Todo lo que hago es por tu bien.
—No —negó Alina, con lágrimas contenidas—. Esto no es por mí. Es por algo que no me estás diciendo. Y como no quiero casarme, me voy.
El silencio volvió a caer, más brutal que antes.
—No vas a irte —dijo Marco finalmente—. Te quedarás aquí.
Alina lo miró, atónita.
—¿Cómo que no voy a irme?
—Tu departamento ya no es seguro.
—¡Eso es mentira! —explotó—. ¿Qué hiciste, papá? ¿Qué está pasando en tu vida que de pronto tengo que pagar yo?
Marco cerró los ojos un instante.
—Hay hombres que no perdonan —dijo—. Y hay deudas que no se saldan con dinero.
Alina sintió un frío profundo instalarse en su pecho.
—¿Esto es una amenaza? —preguntó en voz baja.
—Es una advertencia.
Ella negó con la cabeza, retrocediendo.
—No. No voy a casarme. No voy a quedarme encerrada. No voy a obedecer una orden que no entiendo.
Marco la miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—No tienes opción.
La bofetada fue verbal, pero dolió igual.
—Siempre tuve opción —replicó ella—. Y si tengo que irme lejos para conservarla, lo voy a hacer.
Se dio la vuelta, dispuesta a salir del despacho.
—Alina —la llamó Marco—. Si cruzas esa puerta, no podré protegerte.
Ella se detuvo, con la mano sobre el picaporte.
—Entonces dime la verdad —pidió, sin mirarlo—. Toda.
Marco no respondió.
Alina abrió la puerta.
—No voy a casarme —dijo antes de irse—. Y no voy a volver hasta que confíes en mí lo suficiente como para decirme qué pasa realmente.
La puerta se cerró tras ella con un golpe seco.
Marco Bellini quedó solo en el despacho, mirando el lugar vacío donde su hija había estado segundos antes.
Por primera vez en muchos años, supo que había empezado una guerra…
y que el precio no lo pagaría él.