Los Douglas y sus cuentas pendientes.
Desde pequeña, Joselyn fue criada y educada para vivir en el mundo de los mafiosos, donde le enseñaron a pensar y actuar como ellos, le instruyeron sobre sus negocios, le mostraron cómo utilizar sus armas y métodos de tortura. Aunque jamás estuvo de acuerdo con ello, se resignó a que ése sería su futuro, un futuro que no podía cambiar. Solo una vez se permitió creer que podría fingir ser una chica normal y huir de todo esto. Que tonta. Pensó.
Fue cruelmente engañada.
*FLASHBACK*
—No podemos esperar más, Joselyn y yo nos casaremos en un mes―. Informó Argent al terminar de dar su discurso en la cena. No escuchaba bien, no podía estar escuchando bien.
Más abrumada que molesta por la noticia, salió al jardín. Necesitaba aire, sentía que sus pulmones estaban a punto de colapsar por falta de oxígeno. Dos segundos después de terminar de salir sintió a Argent detrás de ella. Se colocó a sus espaldas abrazándola por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.
— ¿Por qué? ― Preguntó, intentando mantener las lágrimas a raya. —Lo sabes todo, ¿cierto? ―. Prosiguió sin darle tiempo a responder la anterior pregunta.
Contrario a los que todos podrían pensar, en verdad quería a Argent, tal vez no lo amaba como a…él, pero lo quería, y a pesar de toda esa fachada de machito duro, demandante y sanguinario. A su lado se convertía en una gatito tierno y protector. Sí, a pesar de que su relación desde un principio fue impuesta por sus padres, aprendieron a quererse, aun así, no podía casarse con él, no ahora que Fredrick se había metido en su mente y en su alma.
Suspiró cansinamente. —No quiero que salgas herida, no quiero que te lastime―. Voltee a verlo con el ceño fruncido.
— ¿Qué me lastime? —. Pregunté incrédula. — Él jamás me haría algo como eso, no lo conoces—. Susurró más para convencerme a mí misma que a él.
—Eso crees. Lo conozco mejor que tú, pero puedo apostar que hasta ahora no le dijiste quién eres y cuando lo hicieras créeme, te iba a hacer mucho daño, y no puedo permitir eso. Te quiero demasiado como para dejar que un Baeva juegue contigo―. La sola mención de ese apellido le causó repulsión, si había alguien a quién odiar en éste mundo era a ésa familia y a todos sus aliados. La vio con incredulidad, mientras la hacía virar hasta quedar cara a cara contra él. ―Vaya, al parecer el niño pijo no te dijo que es un Baeva, que digo uno, es él Baeva―.
―Mientes―. Gritó ella dando un fuerte golpe en su pecho. ―Mientes como siempre que te quieres salir con la tuya y ni si quiera lo conoces―. Gruesas gotas de agua salada comenzaban a salir por sus ojos. ―Mientes, mientes―. Repetía más preocupada por convencerse a sí misma que a él, en el fondo rogaba que eso no fuera real. Que Fredrick no estuviese jugando con ella. ―Mentiroso de mierda, mientes, mientes―. Decía sin dejar de golpearlo, y el hecho de que no respondiera a sus insultos o golpes, solo la hacía dudar un poco más acerca de su resolución sobre Fredrick y la llevaba a creer en sus palabras.
*FIN FLASHBACK*
―Mamá, mamá, ¿Estás bien? ― El grito preocupado de David la hizo regresar a la realidad.
― Si amor, todo bien. ―Respondió perdida en sus pensamientos. ― ¿Qué pasa cariño? ―.
― ¿Sabes dónde está Andrey? Llevó horas buscándolo y no doy con él―.
―Salió con tu padre a no sé dónde―.
― ¡Maldición! Me dejaron solo con el mierdecilla traicionero―. Gruñó saliendo de la habitación, se montó en su motocicleta rumbo a una de las bodegas, donde se encontraba el tipo al cual habían atrapado anoche tratando de traicionarlos.
Casi llegando al lugar alcanzó a observar a los hombres que asediaban el lugar, era dos de sus hombres de mayor confianza. Altos, fornidos del tamaño de un ropero, cabeza rapada y duros como roca. Ambos ataviados con el característico traje n***o y lentes oscuros “intentando ocultar su identidad”.
―Koslov, Novak. Llévenme con esa mierda―. Pidió mientras otros los remplazaban en la entrada del lugar. Recorrieron los pasillos hasta llegar a una de las últimas bodegas,
Otro grupo de hombres la custodiaba, impidiendo el paso a cualquiera que no tuviese autorización para pisar esa parte del recinto. Se quitó la cazadora de cuero que portaba entregándosela a Koslov.
―Mi manopla― Pidió extendiendo la mano hacía su esbirro. Esté le entrego un objeto en forma de guante metálica, bañada en oro, adornada con pinchos en los nudillos.
Entraron a la habitación posicionándose a ambos lados de esta dejándola totalmente custodiada, por si la rata intentaba escapar, al final entró David, moviendo la cabeza a ambos lados, una sonrisa torcida asomó por sus labios.
―Vaya, vaya... vaya― Una sacudida de cabeza más mientras el hombre amarrado en silla de madera al centro de la habitación lloraba, sus débiles intentos de gritar quedaban apaciguados por la mordaza ball gag que cubría su boca. Haciendo que sus gritos y súplicas se escucharan como simples balbuceos.
―Quítasela― ordenó a uno de los hombres que se encontraban ahí, un hombre de piel morena, alto y brazos torneados se acercó y arranco el gag con hostilidad.
―La princesa quiere hablar― Dijo ocasionando las burlas de los hombres en la habitación.
―Silencio ¿Qué tienes que decir a tu favor Marshall? ― Preguntó David, acercándose amenazadoramente.
―Y…y…yo n…n…no quería, lo…lo…lo juro― chilló Marshall, con hilos de baba cayendo por su barbilla a causa del gag. ―Ellos me obligaron―.
Enarcó una ceja indolente. ― ¿Ellos? ― Preguntó sin alejarse un ápice.
El hombre cerró la boca, dando a entender con ese gesto que no les diría de quién se trataba.
―Marshall, Marshall, Marshall― chasqueó la lengua. ―No me obligues a lastimarte―
Marshall sacudió su cabeza, negándose rotundamente a hablar. David tronó sus nudillos, lanzó su brazo hacía atrás y plantó el primer golpe en el pómulo izquierdo de Marshall, haciendo que la cabeza de éste volteara hacia el otro lado, un hilo de sangre rodó por su barbilla.
― ¿Quiénes son ellos? ―. Volvió a preguntar.
―N…n...no lo sé― contestó escupiendo sangre.
Un segundo golpe cayó en el pómulo del hombre, arrancando un quejido de dolor de su ser. ― No lo repetiré Marshall, ¿QUIÉNES SON ELLOS? ― Gritó en su cara.
― No…no…no lo sé― Apenas y pudo pronunciar sus palabras.
―Marshall me caías bien, pero…no sé, Creo que tu hija me cae mejor ¿Sabes? ― Dijo con sorna.
―No, por favor…por favor mi hija no― Suplicó.
―Sabes lo bien que la pasaríamos los muchachos y yo con la pequeña Darla― Susurró amenazador. Dando otro golpe ahora en su estómago haciéndolo doblarse del dolor.
―Po…po…por fa…fa…favor, n…n…no sé quiénes eran―Susurró apenas.
La paciencia de David estaba comenzando a menguar, se acercó de manera amedrentadora hasta quedar frente a su rostro y gritó―. ¿Quiénes son ellos? Es la última vez que preguntaré―. Golpeando una y otra vez el cuerpo maltrecho del traidor.
―No sé, no sé…no sé― gritaba una y otra vez, sin ser escuchados.
―Ya me hartaste cabrón, tráiganla― pidió a nadie en particular.
Uno de los hombres, el más cercano a la puerta salió y después de algunos minutos, entró arrastrando una mesa, en ella se podía observar una televisión de un tamaño considerable, con sus conexiones. Encendieron la televisión y la colocaron frente a los ojos de Marshall. En ella se podía ver a una pequeña familia conformada por 3 adolescentes, dos adorables jovencitas (entre 15 y 18 años y un joven de 17), conversando, de pronto se escuchó el ruido de una puerta ser abierta.
―Ma que bueno que llegas, David dijo que llegarías pronto― dijo una de las chicas corriendo a abrazar a su mamá.
―Mira, pero que lindos que son―. Exclamó David con demasiado entusiasmo.
Los ojos del hombre se empezaron a llenar nuevamente de lágrimas. ―Piedad por favor, ellos no hicieron nada―. El cese de los golpes momentáneamente ayudó a que su habla fuera un poco más rápida y entendible.
― ¿Quiénes son? ―.
―No lo sé, no lo sé― lloraba. ―solo déjalos ir, haz de mi lo que quieras, pero a ellos déjalos en paz―.
―Dame― exclamó, mientras se quitaba la manopla para poder subir las mangas de su camiseta, uno de los hombres en la sala se acercó y le extendió una navaja. La desenfundo y la pasó por el dorso de su mano dejando un pequeño rastro de sangre ella. ― ¿Qué te ofrecieron Marshall? Que te darían esos perros que nosotros no podíamos, para que quisieras jugárnosla tan feo―. Preguntó, mientras la hoja de la navaja paseaba por el costado izquierdo de su cara, cortando todo a su paso, haciendo brotar ríos de sangre. ― ¿Qué Marshall? ¿Qué valía tanto para arriesgar su vida de esa forma? ― Gritó.
―Nada, nada, no me ofrecieron nada― lloraba desesperadamente intentando quitar su cara del paso del objeto punzocortante. ―Nada, nada―.
―David, ya está lo que solicitaste― dijo un hombre en la entrada de la bodega.
―Bien, bien, eso me agrada― susurró para sí mismo. Ya para ese momento parecía ser una persona completamente diferente a la que todos conocían, sus ojos desorbitados, camisa manchada de sangre, los nudillos raspados y unas gotas de sudor que corrían por su frente lo hacía ver salvaje.
―Trae a la muñeca― ordenó al mismo tipo que había hablado hace un momento, los ojos del Marshall se abrieron en completo terror al suponer que al decir muñeca se refería a una de sus hijas, suposición que descartó rápidamente apenas vio al hombre ingresar a la habitación jalando a un gran tigre siberiano blanco.
El animal era completamente majestuoso, grandes garras y colmillos afilados, el rugido que salió del hocico del animal provocaría que hasta el hombre más valiente se hiciera en los pantalones, pero David se acercó a él como si fuera un lindo gatito.
― ¿Cómo está mi muñeca? ― Canturreó como si llamara a un bebé, “Muñeca” recargó la cabeza en la palma de la mano ronroneando. ― ya regreso, enciendan los micrófonos pidió― saliendo de la habitación acompañado del temible animal. Recorrieron los pasillos hasta llegar a una habitación vacía, se adentró en ella cerrando la puerta detrás de ellos dejando a muñeca al otro lado de la habitación y abrió una nueva al otro costado, entrando en ella.
Los presentes en la otra habitación esperaban expectantes, conocían a su jefe y sus torturas se superaban cada día. David desapareció de su vista para aparecer nuevamente, esta vez acompañado por la pequeña darla, Marshall comenzó a gritar como poseso, pero ya de nada le servía, el no hablar cuando el jefe lo pedía le iba a salir caro y él lo sabía muy bien.
―Daaaaaarrrlaaaaa― el grito desgarrador de Marshall se escuchó por todos los pasillos.
― Te dimos oportunidad y no la aprovechaste― se oyó la voz de David desde los altavoces.
La chica que hasta ese momento se percató de la presencia de la bestia en la habitación soltó un grito ensordecedor que ocasionó que muñeca gruñera en su dirección, acercándose amenazadoramente a ella.
David lejos de ayudar hizo una señal al animal con la cabeza que al parecer entendió perfectamente ya que se lanzó de un salto hacía su presa, la chica quedó tendida en el suelo mientras el tigre clavaba sus garras en sus brazos quedando completamente sobre ella.
―David― El grito aterrado de la muchacha se escuchó hasta la habitación donde se encontraba su familia, éstos al escucharlo intentaron abrir la puerta, pero estaba completamente bloqueada.
Vladivostok Norte de Rusia.
―Quince minutos, estén todos listos― se escuchó por los auriculares de todos los presentes, el tren transiberiano estaba a punto de arribar, dos de sus vagones cargados de armas militares adquiridas en China, y uno de ellos atestado de un grupo de jovencitas que para su desgracia se acababan de convertir en parte de la Asociación de Acompañantes DL” Douglas Ladies”, lugar en el cual a partir de ese momento brindarían “voluntariamente” sus servicios. Eso si no querían terminar como alimento para peces.
Todos los flacos estaban altamente custodiados, querían evitarse sorpresitas ya que recientemente uno de los suyos había intentado vender información, aún no sabían a quién, o si realmente se había chivateado con algo. Precisamente por eso. La mayor parte de sus hombres se encontraban ahí, francotiradores y miembros de la policía, que de vez en cuando prestaba sus servicios a Argent.
―Todo libre por el norte Señor―
― Zona sur totalmente despejada―
―Tengo un avistamiento por el noroeste a las doce en punto, El tren se acerca―.
Varias instrucciones fueron escuchadas al mismo tiempo para Argent y Andrey.
―Todos atentos no queremos sorpresas, preparen los camiones, ¿Dónde demonios esta Nekane? Ya debería de venir por las niñas― gritaba Andrey, tomando el mando de la situación, Argent simplemente observaba como el menor de sus hijos mostraba tener los huevos bien puestos.
El tren se detuvo en su zona, esperaron unos minutos a que el pasaje descendiera y desapareciera de la zona para empezar a descargar.
Las jóvenes empezaron a salir de uno de los vagones como si fueran una pasajera más. A pesar de que en sus rostros se podía observar el terror durante los días que estuvieron retenidas, estaban listas para llegar a su destino final.
Cuando al fin bajaron todas, Argent no pudo evitar observar a la última de ellas, una joven alta de mirada dura, nariz perfilada, su larga cabellera castaña le llegaba por debajo de los hombros, pero eso era nada comparado con sus ojos. Unos grandes orbes negros hermosos que enmarcaban toda su cara y un cuerpo de infarto.
No pudo apartar la mirada de ella. Andrey que también había observado a la chica se acercó a ella con galantería.
―La acompaño a su carruaje bella dama― dijo tendiéndole el brazo, la chica a diferencia de las demás, no parecía espantada o con una pose fingida. Todo en su actitud gritaba que ella estaba ahí porqué quería.
Sin tener oportunidad de protestar, el joven la tomo suavemente del codo y la llevó hacía el camión que se encargaría de llevarlas hasta su nuevo hogar.
Una mujer se acercó a Argent entregándole una caja llena de papeles a él y otra a Aarón que estaba a su lado.
―En esta caja están sus antiguas identidades e información personal― Señalando la caja que tenía Aarón. ― Y ésas son las nuevas, ¿algo más jefe? ―. Argent negó con la cabeza.
―Buen trabajo como siempre Cam, espero y tengas lista una nueva carga para la próxima semana―.
―Cuente con ello jefe― dijo guiñando un ojo. Se dio la vuelta dispuesta a marcharse del lugar.
―Cam― la detuvo cuando estaba a punto de volver a montar en el tren. ―La chica que se fue con Andrey. ¿Quién es? ―.
La mujer río como si esperara esa reacción de su parte.
―Sabía que me preguntarías por ella―respondió negando. ― Su expediente está en la primera carpeta― dijo subiendo al tren dejando al hombre atónito por sus palabras.
―Daaarrlaaaa, mi niña no por favor― gritaba aún el hombre maniatado en la habitación en la que minutos u horas antes había estado siendo torturado, ahora simplemente se limitaba a observar como un gran tigre siberiano mordía los brazos y piernas de su hija. Un torrente de lágrimas incontrolables corrían por su rostro cual diluvió, hace rato que había terminado de intentar retenerlas, le era imposible hacerlo cuando al fondo escuchaba los gritos de desesperación de su esposa y sus dos hijos por no poder llegar a la pequeña y los gritos desgarradores de dolor de Darla, lo hacían cerrar los ojos cada vez que una nueva mordida o zarpazo llegaba al cuerpo de la chica.
David cansado de ser espectador se dirigió a la puerta y lanzando una sonrisa a la cámara, la abrió permitiendo así el pasó del resto de la familia. Que entraron como si el demonio los viniese persiguiendo, lo que jamás imaginaron fue que el demonio se encontraba dentro. Esté cerró la puerta y observó como la familia se detenía con rostro de terror frente a la imagen presenciada.
―Muñeca― llamó a la tigresa que hasta el momento no se había percatado de que le postre acababa de llegar. Ésta se alejó un paso de su víctima analizando a sus nuevas presas, un movimiento de cabeza por parte de David hizo que ésta saltara a la yugular de la mujer mayor, haciendo brotar chorros de sangre, los pequeños horrorizados se acuclillaron en la esquina del cuarto con los ojos llenos de lágrimas.
Darla aprovechando la distracción de la bestia, se acercó hasta sus hermanos protegiéndolos con su cuerpo, intentado ocultar de ellos la horrible imagen de su madre siendo devorada. Mientras David observaba impasible la escena.
―Vamos Marshall tú puedes detener esto― Gritó.
Marshall, ya no sabía qué hacer. Se removía desesperado en la silla sin poder hacer más que observar a su familia siendo masacrada de una forma cruel y todo por su culpa.
No fue hasta que el cuerpo de la mujer dejó de removerse que a muñeca dejó de parecerle atractivo el juego y viendo a su dueño se alejó del cuerpo inerte. David se acercó a Darla y la tomo del brazo, la joven gritó presa del pánico que atacó su sistema. La abrazo desde la espada rodeándola con sus brazos mientras hundía su nariz en su cabello y absorbía su aroma.
Cuando los niños quedaron desprotegidos, muñeca se lanzó por ellos, y como era de esperar en menos de un minuto ambos dejaron de respirar.
Una punzada de dolor atravesó un costado del cuerpo de la joven cuando David plantó el filo de la navaja en ella.
―Fueron los Baeva― Gritó Marshall. ― Fue Baeva. Ese chico Baeva que maneja el hospital, me dijo que, si no lo hacía, no permitiría el ingreso de Bogar para su tratamiento. Fue Baeva―Gritaba desesperado. Aunque jamás se perdonaría, no haber hablado antes. Ahora ya era demasiado tarde, lo supo al ver la sonrisa torcida de David en la pantalla.
―Ves que fácil era― susurró mientras cortaba la garganta de Darla con la navaja y hacia una señal a los hombres en el cuarto de tortura. Uno de ellos se acercó rápidamente apuntando una glock a la cabeza de Marshall, éste simplemente tenía los ojos cerrados, rogando el perdón de su familia e implorando que los Douglas algún día pagaran por todos sus crímenes.
El fuerte sonido del disparo se escuchó por todo el lugar mientras el cuerpo del hombre quedaba rígido y sin vida. mal trecho por tanto golpe.
―David ¿Qué haremos con los Baeva?―
―Infórmaselo a mi padre― Dijo con voz trémula, viendo el cuerpo inerte de Darla. Giró ocultando de la cámara una lágrima que escapo de su ojo derecho.
― ¿Y Bogar, David?― Preguntó uno de ellos. El pequeño de dos se encontraba ingresado en el hospital desde su nacimiento. Los tratamientos que necesitaba solo los tenía el hospital manejado por los Baeva y uno en el extranjero. Pero Marshall se negó a que su hijo y su esposa se fueran del país.
―De eso me encargo yo― Dijo saliendo de la habitación siendo seguido por muñeca.